Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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Un palacio lleno de puertas cerradas 1
Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad que, lejos de hacerme sentir cómoda, despertaba cierta desconfianza.
Después del incidente en el comedor, mis pertenencias habían sido finalmente instaladas en la habitación y una doncella había quedado asignada a mi servicio. Lucrecia, por su parte, parecía haber decidido mantener cierta distancia. Cuando coincidíamos durante alguna comida, apenas intercambiábamos las palabras necesarias y su hija seguía exactamente el mismo comportamiento.
No sabía si aquella repentina calma se debía a la intervención de Kael o si simplemente estaban esperando una mejor oportunidad para incomodarme.
Fuera cual fuese la razón, no pensaba desperdiciar mi tiempo intentando descubrirlo.
Había pasado suficientes días dentro de aquella habitación y comenzaba a sentir que conocía mejor las páginas de mis libros que el lugar donde tendría que vivir durante los próximos dos años.
Aquella mañana, mientras Elara (la sirvienta a la que anteriormente le había dado las monedas, fue designada como mi doncella) terminaba de arreglar mi cabello frente al espejo, decidí preguntarle algo que llevaba varios días despertando mi curiosidad.
—Elara, ¿quién se encarga realmente de administrar este palacio?
La joven levantó la mirada hacia mi reflejo.
—La emperatriz Lucrecia, señora. Lo ha hecho durante muchos años.
—¿De todo?
—Principalmente de los asuntos internos. Supervisa al personal, los proveedores, los gastos de la casa imperial, las recepciones, los banquetes y algunas otras gestiones.
La observé a través del espejo.
—Entonces debe ser una mujer terriblemente ocupada.
Elara pareció no saber si hablaba en serio.
—Supongo que sí, señora.
—Curioso. Cada vez que pregunto por ella, alguien me dice que está tomando té, recibiendo visitas o haciendo compras.
Elara bajó la mirada, intentando ocultar una sonrisa.
Lo noté.
—Puedes decirlo —murmuré, divertida—. También te parece curioso que alguien tan ocupada tenga tanto tiempo para el té.
La joven alzó la vista, sorprendida, y terminó sonriendo.
—No me corresponde opinar, señora.
—Entonces no opines —respondí con una pequeña sonrisa—. Pero al menos no pongas esa cara, porque terminarás delatándote sola.
Elara dejó escapar una risa breve.
Y, por alguna razón, aquello hizo que la habitación se sintiera un poco menos ajena.
Me levanté del asiento y acomodé ligeramente las mangas de mi vestido.
—¿Y qué se supone que debo hacer yo?
—¿Señora?
—Estoy casada con el emperador. Imagino que eso debería significar alguna responsabilidad dentro del palacio.
La expresión de Elara respondió antes que sus palabras.
—Bueno… usted todavía no ha sido reconocida oficialmente como emperatriz.
—Eso ya lo sé.
—Entonces las funciones continúan bajo la autoridad de la emperatriz Lucrecia.
Esperé algo más.
No llegó.
—Comprendo. ¿Y mientras tanto?
Elara dudó.
—Puede hacer lo que desee.
—Qué generosos.
—Siempre que respete las normas del palacio —añadió rápidamente.
La miré.
—Ah. Por un momento pensé que realmente era libre.
Elara volvió a contener una sonrisa.
No me molestaba no participar en las gestiones del palacio. Había llegado a Draken para cumplir un acuerdo de dos años, no para disputar un título que jamás había solicitado. Si Lucrecia disfrutaba administrando sirvientes, organizando banquetes y pasando las tardes rodeada de nobles que bebían té mientras hablaban de personas ausentes, podía conservar aquel privilegio.
Lo que sí me incomodaba era no conocer el lugar donde vivía.
Tomé uno de los libros que había dejado sobre la mesa y luego cambié de opinión, volviendo a dejarlo.
—Vamos a conocer el palacio.
Elara parpadeó.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Desea visitar algún lugar en particular?
—No conozco ningún lugar en particular. Ese es precisamente el problema.
Salimos de la habitación.
Hasta entonces, mi conocimiento del Palacio Imperial de Draken se reducía a los corredores que comunicaban mi habitación con el comedor y algunos salones principales. Sin embargo, bastaron unos minutos caminando para comprender que aquel lugar era mucho más grande de lo que había imaginado.
Había galerías interminables, patios interiores, salas de música, pequeñas capillas, bibliotecas y corredores que comunicaban diferentes alas del edificio. Sirvientes aparecían y desaparecían por puertas laterales mientras soldados custodiaban accesos que, a simple vista, parecían conducir a lugares de mayor importancia.
—¿Cuántas personas viven aquí? —pregunté mientras descendíamos por una amplia escalera.
—No sabría decirle con exactitud.
—Espero que al menos alguien lo sepa. Sería preocupante descubrir que tenemos personas viviendo aquí desde hace años sin que nadie se haya dado cuenta.
Elara soltó una pequeña risa.
Continuamos hasta llegar a una extensa galería cubierta de retratos.
Reduje el paso.
Había generaciones enteras de la familia imperial observando desde las paredes: emperadores, esposas, herederos, generales y niños vestidos con una solemnidad que parecía excesiva para sus edades.
Uno de los cuadros llamó mi atención.
El padre de Kael aparecía mucho más joven, acompañado por una mujer que no reconocí.
—¿Quién es ella?
Elara se acercó un poco.
—La primera esposa del Antiguo Emperador.
Volví a observarla.
—La madre de Kael.
—Sí, señora.
Seguí avanzando.
En retratos posteriores, aquella mujer desaparecía y Lucrecia ocupaba su lugar. Junto a ella aparecía una niña que reconocí inmediatamente como la hermana de Kael.
Resultaba curioso observar la evolución de una familia a través de pinturas. Las sonrisas podían ser perfectas, las posturas impecables y las vestimentas extraordinarias, pero había cosas que ningún pintor conseguía ocultar por completo.
Distancias.
Miradas.
Ausencias.
No pregunté más.
Todavía tenía mucho que descubrir.