Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 17. Los Muertos No Votan
La sala del Primer Pacto seguía temblando.
Los fragmentos de cristal blanco cubrían el suelo.
Las raíces invocadas por Isolde continuaban aferradas a las paredes.
Y el Registro abierto permanecía sobre el pedestal como una herida imposible de ignorar.
La verdad ya había sido descubierta.
Ahora venía la parte difícil.
Contarla.
—Odio esta parte —dijo Damián.
—¿Cuál? —preguntó Celeste mientras limpiaba el cristal de su espada.
—La parte donde la responsabilidad aparece.
—Eso suele ocurrir después de descubrir conspiraciones.
—Lo sé. Y nunca mejora.
La reina avanzó hasta el Registro.
Las páginas todavía brillaban ligeramente.
Sobre ellas continuaban visibles los nombres borrados durante siglos.
Nombres ocultos.
Cambiados.
Eliminados.
Damián observó aquellas líneas en silencio.
Cada una representaba una historia que alguien había decidido esconder.
Y ahora todo aquello estaba a punto de regresar a la superficie.
—No bastará con encontrar la verdad —dijo Isolde.
—Lo sé.
—Hay que reconocerla.
—También lo sé.
—Y hacerlo públicamente.
—Estoy empezando a sospechar que todos disfrutan repitiéndome cosas dolorosas.
—A veces ayuda —contestó Basilio.
—No ayuda.
—Un poco sí.
Antes de que la discusión pudiera continuar, todas las superficies reflectantes de la sala comenzaron a vibrar.
Espejos rotos.
Fragmentos de cristal.
Metal pulido.
Incluso partes de las armaduras.
Todo reaccionó al mismo tiempo.
—Ah, no —murmuró Damián.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó Elena.
—La Corte escuchó.
—¿Y?
—Y no le gustó.
Aquello resultó ser una descripción extremadamente moderada.
De los reflejos surgieron docenas de figuras blancas.
Más copias.
Más servidores de la Corte.
Pero esta vez venían acompañados por algo peor.
Detrás de ellos aparecieron antiguos rostros.
Figuras tomadas de la memoria.
Personas olvidadas.
Personas perdidas.
La Corte estaba utilizando recuerdos como armas.
—Eso es despreciable —dijo Celeste.
—Sí.
—Muy despreciable.
—Muchísimo.
Las figuras comenzaron a avanzar.
La reina levantó la espada.
Isolde invocó raíces.
Elena reunió fuego plateado entre las manos.
Y Damián sonrió.
Lo cual nunca era una buena señal.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Celeste.
—Acabo de tener una idea.
—Tus ideas me asustan.
—A mí también.
Damián observó los reflejos.
Después el Registro.
Después los espejos.
Y finalmente comprendió exactamente cómo ganar.
—La Corte lleva siglos usando los reflejos para ocultar la verdad.
—Correcto.
—Entonces usaremos los mismos reflejos para mostrarla.
Silencio.
La reina fue la primera en entender.
—¿A todo el reino?
—A todo el reino.
Basilio levantó lentamente la vista.
—Eso es una idea terriblemente peligrosa.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Damián colocó ambas manos sobre el Registro.
Las sombras surgieron alrededor del pedestal.
Las páginas comenzaron a moverse por sí solas.
El aire se llenó de nombres.
Fechas.
Historias.
Voces.
Todo aquello que había sido enterrado durante generaciones.
La luz emergió del libro.
Entró en los espejos.
Y desde allí se extendió por Aurelia.
Por toda la capital los reflejos comenzaron a activarse.
Ventanas.
Fuentes.
Cristales.
Espejos domésticos.
Superficies de plata.
Todos mostraron la misma imagen.
La reina de Aurelia.
De pie junto al Registro.
Observando directamente a su pueblo.
Las calles quedaron en silencio.
Los mercados se detuvieron.
Los soldados dejaron de moverse.
Y la reina habló.
—Durante siglos les hemos ocultado la verdad.
Damián escuchó la declaración desde la sala.
Sabía lo difícil que era.
Precisamente por eso respetó cada palabra.
La reina continuó.
Contó los pactos.
Contó las omisiones.
Contó los nombres borrados.
Contó la historia de la Primera Cerradura.
Y por primera vez en siglos Aurelia escuchó aquello que debía haber conocido desde el principio.
Los retratos de los fundadores comenzaron a agrietarse.
Uno por uno.
La luz avanzó sobre ellos.
Y las pinturas antiguas empezaron a deshacerse.
Como si la mentira que las sostenía ya no pudiera mantenerse en pie.
—Está funcionando —susurró Elena.
—La deuda está escuchando —respondió Isolde.
Pero la Corte aún no había terminado.
El reflejo blanco apareció.
Esta vez más grande.
Más nítido.
Más peligroso.
Y sostenía algo entre las manos.
Un corazón de cristal negro.
El salón quedó inmóvil.
Damián reconoció lo que era inmediatamente.
Porque lo había visto antes.
Y porque llevaba años intentando no pensar en ello.
—No.
El reflejo blanco lo observó.
—Sí.
—No hagas esto.
—La verdad exige completarse.
El corazón brilló.
Entonces la voz de la Corte resonó por toda Aurelia.
—La verdad de la corona ha sido revelada.
Silencio.
—Ahora corresponde la verdad de Umbra.
Damián cerró los ojos.
Supo exactamente lo que venía.
Y por primera vez no intentó detenerlo.
El reflejo levantó el corazón.
—¿Quién entregó el nombre de Elena Umbra?
El silencio pareció extenderse por el reino entero.
Celeste observó a Damián.
Elena también.
La reina.
Basilio.
Todos.
La Corte sonrió.
Esperando que huyera.
Esperando una mentira.
Esperando una excusa.
Damián avanzó.
—Yo.
La palabra resonó en toda la sala.
Y mucho más allá.
—Yo entregué su nombre.
El reflejo parpadeó.
Aquello no era lo que esperaba.
—Intenté encontrarla.
Intenté salvarla.
Creí que podía decidir por ella.
La voz de Damián permaneció firme.
Aunque dolía.
Aunque resultaba humillante.
Aunque sabía exactamente cuánto iba a empeorarlo todo.
—Confundí amor con derecho.
Silencio.
—Y utilicé algo que no me pertenecía.
Los reflejos comenzaron a quebrarse.
Uno tras otro.
Porque la Corte vivía de las verdades ocultas.
No de las reconocidas.
Elena bajó la cabeza.
Durante unos segundos nadie supo qué haría.
Luego avanzó.
Muy despacio.
La flor negra apareció sobre su mano.
El símbolo de su nombre.
De su historia.
De su elección.
—Mi nombre es mío.
La luz atravesó toda la sala.
Las últimas cadenas invisibles se rompieron.
Las raíces se iluminaron.
El corazón negro estalló en miles de fragmentos.
Y la Corte retrocedió por primera vez.
No había perdido por una espada.
Ni por una sombra.
Ni por una batalla.
Había perdido porque la verdad ya no podía usarse como arma.
Los últimos retratos se hicieron polvo.
Los fundadores desaparecieron.
La sala quedó en silencio.
Entonces la corona comenzó a abrirse.
Lentamente.
Como una flor dorada.
No para romperse.
No para caer.
Sino para dejar de ocultar.
La deuda estaba siendo reconocida.
Finalmente.
Después de siglos.
Fulgor observó todo aquello durante varios segundos.
Luego rugió.
Muy fuerte.
Demasiado fuerte.
Una lámpara cayó del techo.
Basilio la esquivó por centímetros.
—¿Era necesario?
Fulgor volvió a rugir.
—Entiendo.
—¿Qué dijo? —preguntó Celeste.
—Que considera esto una celebración.
—Claro que sí.
Por primera vez desde que había comenzado aquella locura, nadie discutió.
Porque, de un modo extraño, el dragón tenía razón.
No era un final.
Ni mucho menos.
Pero era el primer paso.
Y a veces los reinos no cambiaban cuando ganaban guerras.
A veces cambiaban cuando, por fin, dejaban de mentirse a sí mismos.