Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16. cuarto cambio parte 3.
"No puedo creer que el regalo de mi padre sean dos hombres…"
Isabella se quedó inmóvil, con la mirada fija en los dos jóvenes que esperaban en la sala. Al levantar la vista hacia sus esposos, notó de inmediato la molestia oscureciendo sus rostros.
"Recuerdo que en mi vida pasada… lo que me trajo de regalo fueron dos niñas del clan Jabalí. Eran tan lindas y regordetas, y sabían dar masajes maravillosos. Por eso bajé corriendo las escaleras, llena de ilusión… Pero esto…"
—¿Padre… qué significa esto? —preguntó con voz suave, sin apartar la vista de los dos desconocidos—. Dijiste que era un regalo… no entiendo.
Isabella miró a su espalda, pero su padre ya no estaba.
—Isabella, ¿puedes explicarnos por qué tu padre trajo a estos sujetos? —la voz de Luca cortó el silencio.
Ella no supo qué responder; todo había sido tan inesperado. Iba a hablar cuando el joven de cabello verde se levantó y tomó la palabra.
—No se molesten —dijo con calma—. La señorita no sabía nada. Somos simples sirvientes.
Los cuatro esposos se relajaron apenas un poco. Al saber que no eran pretendientes, el peso en sus pechos se alivió, y todos pensaron lo mismo: «A Isabella nunca le interesarían siendo sirvientes».
Pero él no se detuvo ahí. Se acercó a ella con una mirada cargada de deseo, tomó su mano y depositó un beso suave sobre sus nudillos. Ese gesto fue suficiente para que Damián, Luca, Kael y Mateo perdieran el control: los cuatro se lanzaron hacia ellos, apartándolo de ella de un empujón y tomando postura de combate.
Damián, que estaba más cerca, la atrajo con fuerza contra su cuerpo, protegiéndola con el suyo.
—¿Te atreves a codiciar a tu señora siendo un sirviente? —bramó Damián—. Hay que enseñarte modales.
Isabella, atrapada entre sus brazos, sintió cómo su corazón se aceleraba. Comprendió entonces que no solo estaban molestos: estaban celosos. Y esa pequeña alegría le recorrió el pecho: si sentían celos, significaba que aún la amaban.
Mientras tanto, arriba, en la habitación…
—Señor, debo pedirle un favor —dijo Renato sin rastro de miedo.
—Apenas me conoces y ya me pides favores —respondió Valerius con una media sonrisa—. Muy bien. Dime qué quieres.
—Solo le pido que aún no revele mi identidad a Isabella. Tengo asuntos pendientes que resolver. ¿Podría presentarme como uno de sus guardias a su servicio?
—Está bien —asintió Valerius—. Acompáñame. Le diré a mi hija que eres uno de mis comandantes.
Damián aún la mantenía pegada a su pecho, con el brazo rodeándole la cintura con posesión y protección, mientras el otro puño cerrado amenazaba con descargarse sobre el joven de cabello verde. Luca, Mateo y Kael formaron un muro entre él e Isabella, con las garras asomando y los ojos brillando con peligroso instinto.
—Retírate —soltó Luca con voz gélida—. Antes de que decidas que no mereces seguir con vida.
El chico, lejos de amedrentarse, se irguió lentamente y les dedicó una media sonrisa burlona, como si sus amenazas no fueran más que el zumbido de una mosca.
—No se alteren así, caballeros —dijo con suavidad, sin apartar la vista de Isabella—. Solo cumplía con el deber de todo aquel que la ve: rendirle el homenaje que se merece. No tiene nada de malo admirar lo perfecto.
—¡Cállate! —rugió Mateo dando un paso al frente, temblando de rabia—. No tienes derecho a mirarla así, ni a tocarla, ni a hablarle como si fuera…
—¿Como si fuera qué? —lo interrumpió él con calma—. ¿Suya? ¿De ustedes? Por lo que he visto hasta ahora, nadie la ha tratado como si fuera algo valioso. Solo la lastimaron.
Esas palabras los dejaron sin aliento, porque en el fondo sabían que eran ciertas. Isabella sintió cómo el cuerpo de Damián se tensaba detrás de ella, y decidió intervenir antes de que todo se saliera de control.
—¡Basta! —ordenó ella, zafándose suavemente del abrazo de Damián para colocarse entre ambos lados—. Todos ustedes. Él no ha hecho nada que justifique una pelea. Y tú… —se giró hacia el joven—. Te agradezco las palabras, pero no necesito que me defiendas de ellos. Son mis esposos. Y los conozco.
El chico inclinó la cabeza con elegancia, aunque la mirada seguía fija en ella, intensa y hambrienta.
—Como ordene, mi señora. Soy Elian, a su entera disposición.
En ese momento, las escaleras crujieron y todos alzaron la vista. Valerius bajaba despacio, con esa apariencia de juventud eterna que lo hacía parecer más un dios que un hombre, y a su lado caminaba Renato, erguido y serio, vestido ahora con el uniforme oscuro de los guardias de élite.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó Valerius sin levantar la voz, y sin embargo todos callaron al instante—. Parece que se preparaban para una guerra en mi propia casa.
—Padre —dijo Isabella, aliviada de verlo—. Solo… hubo un malentendido. Nada más.
Valerius la miró un instante, y luego sus ojos recorrieron a los cuatro esposos, deteniéndose en las manos cerradas de Damián y en las garras aún visibles de Mateo.
—Espero que así sea —respondió con tono que no admitía mentiras—. Les presento a Renato. Es mi comandante personal y se quedará aquí para vigilar la seguridad de mi hija. Obedecerá sus órdenes y las mías. Y nadie, repito, nadie, le impedirá cumplir con su deber.
Renato dio un paso al frente, hizo una reverencia solemne, y sus ojos se encontraron con los de Isabella. Ella sintió un vuelco en el corazón: esa mirada… la conocía. Era la misma mirada tierna y protectora de su gatito. Pero antes de que pudiera decir nada, él habló con voz firme y profesional.
—A su servicio, señora. Haré todo lo posible para protegerla.
Los cuatro esposos intercambiaron una mirada tensa. Otro hombre más en la casa. Y este no era un simple sirviente: era un comandante, fuerte y autorizado por el padre de ella mismo. La amenaza crecía con cada palabra.
—Y tú, Elian —continuó Valerius dirigiéndose al joven de cabello verde—. Tú y Lir se quedarán también. Como sirvientes y asistentes de Isabella. Cumplirán con lo que ella ordene sin cuestionar.
Lir, que había permanecido en silencio junto a la puerta, asintió con respeto.
—Así será, señor.
Isabella miró a todos los presentes: a su padre, imponente y decidido; a Renato, que ocultaba su identidad bajo un uniforme; a Elian, con esa mirada que la hacía sentir observada; y a sus cuatro esposos, con el orgullo herido y el miedo en los ojos de perderla.
—Gracias, papá —dijo ella en voz baja—. Pero no era necesario todo esto.
—Para mí sí —respondió él suavemente, tomándola del hombro—. Ahora descansa, pequeña. Ha sido un día largo. Y ustedes… —se giró hacia los esposos con advertencia—. Cuídense de comportarse. No toleraré que la alteren.
Valerius subió de nuevo las escaleras, dejándolos a todos en un silencio incómodo y pesado. Isabella suspiró, sintiendo que el aire se volvía denso.
—Buenas noches —dijo, y sin esperar respuesta, subió también detrás de su padre.
Abajo Renato, Elian y Kai, y los cuatro esposos. Ninguno se movió hasta que el sonido de sus pasos se perdió en el piso de arriba. Entonces fue Luca quien habló, con voz baja y cargada de advertencia.
—Escúchenme bien —dijo mirando a los tres recién llegados—. No importa qué puesto les haya dado su padre. No importa qué tan fuertes se crean. Isabella es nuestra esposa. Y quien intente interponerse… lo pagará caro.
Renato lo miró sin parpadear, sin miedo, sin dudar.
—No busco problemas —respondió con calma—. Solo busco que ella esté bien. Si ustedes logran eso, no tendremos nada de qué preocuparnos. Pero si vuelven a hacerle daño… no dudaré en intervenir.
Elian sonrió de nuevo, esa sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Qué interesante —murmuró—. Ya veremos quién la hace más feliz.
Damián dio un paso al frente, pero Kael lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.
—No —dijo Kael en voz baja—. No aquí, no ahora. Ya nos equivocamos demasiado. Si queremos recuperarla, peleemos con hechos, no con puños.
Mateo asintió lentamente, con la mirada fija en la escalera por donde ella se había marchado.
—Tiene razón —dijo con amargura—. Ella nos dio una oportunidad. No la desperdiciemos.
Uno a uno, los cuatro se retiraron, dejando a Renato, Elian y Kai solos en la sala. La guerra por el corazón de Isabella apenas comenzaba, y esta vez no sería solo entre ellos: ahora había competencia, y mucho más peligrosa de lo que imaginaban.