Elian Varela, un chico de diecisiete años, sobrevive
en silencio a los abusos de su tío junto a su única madre.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, un poder antiguo
despierta en él: magia roja que crea vida y luz, y magia
violeta que deshace y absorbe la fuerza de los demás.
Tras perderlo todo , conoce a Damián,
un jefe de policía que no lo salva, sino que camina a su lado.
A lo largo de , enemigos oscuros, aliados
dudosos y el precio de cada hechizo lo obligan a elegir:
¿crear para proteger… o tomar para sobrevivir?
Una historia realista, sin finales felices garantizados,
donde el poder más grande no es destruir, sino seguir de pie.
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CAPÍTULO 1 La casa de Belleville
París, enero de 2026.
Son las tres y cuarenta y siete de la madrugada.
Ali Varela está despierto en el sofá cama del salón, escuchando. No duerme casi nunca estas noches. Se pasa las horas acostado de lado, con una manta delgada que no quita nada el frío que se cuela por las rendijas de la ventana vieja, contando los segundos entre un ruido y otro. El departamento es pequeño, decrépito, en el quinto piso de un edificio sin ascensor en el barrio de Belleville, con paredes finas que dejan pasar todo: los coches de la calle de abajo, los gritos de la pareja del tercer piso, la respiración pesada y borracha de su tío Marcos que viene de la habitación del fondo, y el sonido casi imperceptible de su madre llorando en silencio, tapándose la boca con la mano para que nadie la oiga.
Huele a tabaco quemado, a vino barato y a la sopa de verduras que se quedaron sin cenar. El suelo de madera cruje si pisas fuerte. El radiador hace ruidos extraños y casi no calienta. Es el único hogar que Ali ha conocido en los últimos dos años, desde que su madre se mudó con Marcos después de perder el trabajo en la fábrica y no tener a dónde más ir. Una casa prestada. Una vida prestada. Un dolor que también lo es, pero que parece no tener fin.
Tiene diecisiete años. Tiene el pelo negro y revuelto que se le pega a la frente por el sudor frío, los labios partidos por el frío y moretones morados y verdes en las costillas que le arden cada vez que respira hondo. Tiene cortes secos en los nudillos de haberse golpeado la pared una noche que no aguantaba más, y una marca de mano entera en el cuello, morada y fea, que intenta ocultar levantando el cuello de la sudadera rota que fue de su padre antes de que se fuera sin dejar una nota. El tío Marcos se la ha dado esta tarde. Primero le gritó por haber dejado un plato sin lavar en el fregadero. Luego por haber mirado mal. Luego, simplemente, porque estaba borracho y aburrido y porque sabía que ninguno de los dos iba a defenderse: ni Ali, ni su madre.
Ali se sienta despacio en el borde del sofá. Sus manos tiemblan un poco. Las aprieta entre sus rodillas para que no se note. En el bolsillo del pijama sigue la navaja pequeña que robó hace una semana de la caja de herramientas del tío. No se la quita nunca. Ni para dormir. Todavía no se ha atrevido a usarla. Pero sabe que está ahí. Sabe que, en algún momento, ya no habrá más fuerzas para aguantar.
—Ali… —susurra una voz débil desde el pasillo.
Es su madre.
Él se levanta rápido, descalzo, y va a su encuentro. Ella está apoyada en el marco de la puerta, con una camiseta vieja y un moretón enorme en la mejilla derecha, de color morado oscuro que ya empieza a tornarse amarillento en los bordes. Sus ojos están hinchados de llorar. Tiene treinta y nueve años, pero parece cincuenta. El desgaste de los golpes, del miedo, de callarse y aguantar por su hijo, se le ha ido quedando grabado en la cara línea por línea.
—¿Te hizo algo otra vez? —pregunta Ali en voz baja, con la garganta cerrada, como si cada palabra le rasgara.
Ella niega con la cabeza demasiado rápido. Siempre niega. Siempre dice que no es nada, que se ha tropezado, que se ha dado contra la puerta. Las mismas mentiras que él ya se sabe de memoria, las mismas que ambos repiten como un rezo para no tener que enfrentarse a la verdad: están atrapadas. Y nadie viene a salvarlas.
—No, mi vida. Nada. He tenido una pesadilla, nada más —dice ella, y le acaricia la cara con una mano que también tiembla. Sus dedos son fríos, tienen callos de limpiar casas de extraños para ganar unos euros—. Tú… ¿estás bien? ¿No te desperté?
Él no contesta. Solo le pasa el dedo muy suave por el moretón, sin apretar, como si con solo tocarlo pudiera borrarlo. Ella cierra los ojos, y una lágrima se le escapa por la comisura y cae en la mano de Ali.
En ese momento, siente que el pecho le arde.
La llama ROJA empieza a latir fuerte, descontrolada, como si quisiera salir por sus costillas. Es cálida, suave, le susurra que puede arreglarlo. Que puede hacer que el moretón desaparezca, que las heridas se cierren, que todo lo malo se desvanezca. Que solo tiene que desearlo con todas sus fuerzas.
Ali cierra los ojos un segundo. Se concentra. Piensa solo en ella. Piensa en su piel suave cuando él era pequeño y ella lo bañaba, en su voz cuando le cantaba canciones en español antes de dormir, en cómo le acariciaba el pelo hasta que se quedaba dormido. Siente cómo el calor sube por su brazo, llega a su mano, a sus dedos que siguen tocando la mejilla de su madre… y luego… nada.
Nada pasa.
El moretón sigue ahí, morado y feo. Su madre sigue sufriendo. Él sigue sin servir para nada.
La llama roja se apaga de golpe, frustrada, y la VIOLETA despierta de inmediato, fría y afilada como un cuchillo. Esa sí que no tiene dudas. Esa sí que sabe lo que quiere. *Vamos a la habitación del fondo —le susurra, dulce y venenosa al mismo tiempo—. Entra mientras duerme. Quítale toda la fuerza que tenga. Que no pueda volver a levantar la mano contra nadie nunca más. Hazlo ahora que está borracho y no se puede defender. Hazlo y todo se acaba. Hazlo por ella*.
Ali aprieta los dientes hasta que le duelen las mandíbulas. Traga esa voz. La traga entera, aunque le queme la garganta. No. No puede. No quiere convertirse en alguien así. No quiere ser un monstruo. Aunque a veces, en el fondo, tenga miedo de ya serlo.
—Vuelve a la cama, mamá —le dice, muy suave, y le da un beso seco en la frente, evitando el moretón—. Yo cuido aquí. Nada te va a pasar. Lo prometo.
Es una mentira. Él no puede prometer nada. No puede protegerla de nada. Pero ella le sonríe igual, una sonrisa rota y triste, y vuelve a su habitación cerrando la puerta con mucho cuidado, casi sin ruido, como si cualquier ruido fuerte pudiera despertar al monstruo que duerme al fondo del pasillo.
Ali se queda solo en la oscuridad. Mira hacia la habitación del tío. Se queda ahí cinco minutos, diez, veinte, con las manos cerradas, peleando contra las dos llamas que le quieren salir por los ojos. No entra. No hace nada. Como siempre. Como el cobarde que es.
Al final, se vuelve al sofá. No se acuesta. Se queda sentado mirando por la ventana sucia hacia los tejados de Belleville, grises y desiguales bajo el cielo que empieza a clarear un poco. París se despierta despacio. Él no se dormirá más esta noche.
Siete de la mañana.
El ruido empieza de golpe.
Una silla que se cae. Un grito. El sonido seco de una mano contra carne.
Ali salta del sofá como si le hubieran pinchado con un alfiler. Corre hacia la cocina, descalzo, el corazón latiéndole a mil por hora, las dos llamas rugiéndole dentro del pecho ya sin control.
Allí está.
Marcos de pie, grande, gordo, con la camisa abierta y el pelo revuelto, olor a alcohol y rabia que inunda toda la habitación. Su madre en el suelo, contra la nevera, la mano en la cara, sangrándole un poco el labio partido. Un plato de cerámica blanca roto en mil pedazos sobre el suelo de linóleo. El café caliente se extiende por el suelo formando una mancha marrón y oscura.
—¡Pedazo de mujer inútil! —grita Marcos, con la voz ronca y llena de veneno, escupiendo al hablar—. ¡Me has echado el café encima! ¿Estás tonta o qué? ¡Te lo dije mil veces que tengas cuidado, que esta camisa es nueva!
—Fue un accidente… —balbucea ella, llorando, intentando levantarse resbalando con el café—. Lo siento mucho, Marcos, de verdad, yo no quería…
—¡CÁLLATE!
Le levanta la mano otra vez.
Ali no lo piensa.
Se pone delante de su madre de un salto, todo delgado, todo pequeño contra el cuerpo enorme de su tío, pero con la mirada clavada en él, sin bajarla ni un segundo. El corazón le late tan fuerte que cree que se le va a salir por la boca. Las dos llamas rugen, roja y violeta, mezcladas, listas para salir y quemarlo todo.
—No le toques —dice Ali. Su voz tiembla, pero suena más firme de lo que se cree.
Marcos se detiene. Le mira de arriba abajo, y una sonrisa fea, cruel, se le dibuja en la cara gorda. Baja la mano… pero solo para plantársela con toda su fuerza en la mejilla derecha de Ali.
El golpe es tan fuerte que lo manda hacia atrás tres pasos. Se cae sentado encima de los restos del plato roto. Un trozo afilado de cerámica le atraviesa la palma de la mano izquierda. Sangra al instante, roja, caliente, igual que la llama que le quema por dentro.
—¿Y ahora quién te crees que eres, mocoso? —gruñe Marcos, acercándose despacio, amenazante, cada paso que da haciendo temblar el suelo—. ¿El héroe de la película? ¿Te olvidas de que aquí mando yo? ¿De que os doy techo y comida a los dos sin que sirváis para absolutamente nada? ¡Tu madre es una tonta que no sirve ni para hacer un café bien, y tú eres un error del que nadie se quería hacer cargo! Si no fuera por mí, estaríais los dos en la calle pidiendo limosna. ¡O muertos!
Se agacha delante de él. Le agarra del cuello con una mano enorme y sucia, los dedos cerrándose justo encima de la marca vieja que aún le duele. Lo levanta del suelo sin esfuerzo, como si pesara nada. Ali patalea. No puede respirar. Ve puntos negros delante de los ojos. Siente cómo la llama violeta le pide a gritos que reaccione, que le quite la vida, que lo haga desaparecer. Él se resiste. Se resiste con todas sus fuerzas. No. No. No quiere ser como él.
—Oye bien, niño —le dice Marcos muy cerca de la cara, con aliento que huele a vino podrido y tabaco—. Aquí no mandas tú. Aquí no existen tus derechos ni tus ganas. Lo que yo digo, se hace. Y si alguna vez vuelves a interponerte entre tu madre y yo… te juro por lo que más quieras que no volverás a levantarte. ¿Entendido? ¿Me oyes bien, pedazo de mierda?
Ali no puede hablar. Solo asiente, muy poco, con la vista nublada, las uñas clavándose en la mano herida sin darse cuenta.
Marcos lo suelta de golpe. Él cae de rodillas en el suelo, tosiendo, jadeando, con la mano en el cuello, sangrándole por la palma izquierda que sigue abierta. Marcos le da una patada fuerte en las costillas, justo donde tenía los moretones viejos, por si acaso. Ali dobla el cuerpo como un papel mojado, sin emitir ningún sonido. No quiere darle el placer de oírlo gritar.
—Y ahora limpia esto —le dice su tío, dándole una patada suave en la cabeza para que baje la mirada—. Y que para cuando vuelva esté todo brillante. Si no, te va a ir peor.
Coge su abrigo viejo, sus llaves, y se va del departamento dando un portazo que hace temblar las lámparas colgadas del techo. Se va a beber, seguro. O a jugar a las cartas con sus amigos. O a donde sea, con tal de estar lejos de ellos y seguir gastando el poco dinero que su madre gana limpiando casas.
El silencio vuelve a la casa. Más pesado que antes. Más frío.
Su madre se arrastra hasta él. Le abraza por detrás, llora en su pelo, le pide perdón una y otra vez, le dice que lo siente mucho, que algún día todo será diferente, que van a salir de ahí, ya verás, ya verás… Ali no le contesta. No la abraza. No dice nada. Siente la sangre caliente resbalando por su muñeca, cayendo gota a gota sobre el suelo de linóleo, mezclándose con el café frío y los trozos de plato roto. Siente el dolor de las costillas nuevas que se suman a las viejas. Siente el cuello que le arde como si le hubieran quemado con fuego.
Y dentro de él… las dos llamas están fuera de control.
La roja llora con él. Quiere curar. Quiere arreglar. Quiere que todo sea mentira.
La violeta… la violeta sonríe.
Mientras su madre lo sigue abrazando, temblando, Ali cierra la mano herida con fuerza. La sangre se le escapa entre los dedos, cae al suelo, forma una pequeña mancha roja, brillante, húmeda. Y en ese momento, sin que él lo quiera, sin que lo piense siquiera, justo en medio de esa mancha… empieza a crecer algo.
Un tallo delgado, verde oscuro. Dos hojas pequeñas. Un capullo cerrado.
Se abre despacio.
Es una flor.
Rojo carmesí, igual que la sangre. Igual que la llama. Tiene cinco pétalos perfectos, suaves como la seda, y huele a lluvia y a jazmín, igual que la otra noche en el callejón. Su madre deja de llorar de golpe. Se queda quieta, con los ojos muy abiertos, mirando la flor que nace de la sangre de su hijo en el suelo sucio de la cocina. Ali también la mira, sin respirar.
Dura cinco segundos exactos. Cinco segundos enteros en los que todo parece detenerse. Cinco segundos en los que los golpes, el frío, el hambre, el miedo, todo parece desaparecer.
Y luego… los pétalos se marchitan. Se vuelven grises. Se deshacen en polvo fino que se mezcla con la sangre y el café en el suelo. No queda nada. Nada más que una mancha oscura.
Su madre aparta la mirada de golpe. No dice nada. No pregunta qué ha sido. No le dice que está bien, que no pasa nada, que él no es un monstruo. Solo se levanta despacio, se limpia las lágrimas con la manga de la camiseta, y va a por un trapo y una fregona al armario. Empieza a limpiar la sangre, el café y el polvo gris de la flor, sin mirar a Ali. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera visto nada.
Ali se queda solo en el suelo, de rodillas, mirando el lugar donde estuvo la flor.
Entiende, por primera vez del todo, lo que la mujer de negro le dijo aquella noche en el callejón, aunque aún no sabe su nombre:
Nadie logra llevar las dos llamas dentro sin romperse por la mitad.
Se levanta despacio, con el cuerpo dolorido. Va al baño sin decir nada. Se lava la mano herida bajo el chorro de agua fría, no grita aunque le arde muchísimo. Se pone una curita vieja que encuentra en el cajón de los medicamentos. Se viste con unos vaqueros rotos y una sudadera negra con capucha, para ocultar bien el cuello. Coge su mochila vieja del suelo. Se pasa por el espejo del pasillo un segundo: se ve más pálido que nunca, la mejilla derecha hinchada y roja por el bofetón, los ojos oscuros, hundidos. No se reconoce.
Mete una mano en el bolsillo del pantalón. Vuelve a rozar el metal frío de la navaja.
Desde la cocina, su madre sigue fregando el suelo sin mirarlo. No dice que vaya con cuidado. No dice que vuelva pronto. No le desea un buen día. Ninguno de los dos se atreve a hablar de la flor. Ninguno se atreve a hablar de lo que está pasando. Es más fácil fingir que todo es normal. Que él es solo un chico normal que va al instituto. Que no tiene dos monstruos peleando dentro del pecho. Que no hace flores con su propia sangre.
Ali sale del departamento sin decir adiós. Baja las escaleras de cinco en cinco escalones, el dolor de las costillas latiéndole al compás de su corazón. Sale a la calle.
París ya está despierta del todo. Gente corre para coger el metro. Las panaderías huelen a croissant caliente y mantequilla. Coches pitan. Un perro ladra. Un niño pasa corriendo con una mochila de superhéroes, riendo, cogido de la mano de su padre que le sonríe. Todo es normal. Todo es igual. Nadie sabe que en el quinto piso de aquel edificio feo hay un chico que hace flores con sangre y que lleva dos monstruos peleando dentro del pecho. Nadie mira. A nadie le importa.
Pasa por delante de una tienda de electrónica. Los televisores de exposición están encendidos, todos en la misma noticia. La presentadora habla seria, mirando a cámara:
—… seguimos sin explicación para el apagón masivo que afectó ayer a toda la ciudad de Lyon durante más de tres horas. Testigos hablan de una figura joven que tocaba los cables de alta tensión justo antes de que todo se quedara a oscuras. Las autoridades piden calma y aseguran que no se trata de ningún ataque terrorista, aunque fuentes cercanas a la policía hablan ya de “incidentes relacionados con individuos con capacidades fuera de lo normal”. Seguimos informando…
Ali se detiene un segundo. Siente un cosquilleo extraño en el cuello, justo donde el tío le había agarrado. Se toca esa zona con los dedos. La piel está caliente, arde un poco. Si tuviera un espejo delante, vería que debajo de la piel empieza a dibujarse una marca tenue: mitad roja, mitad violeta, que aún no brilla, pero que ya está ahí, esperando para salir.
Él no lo sabe. Sigue caminando hacia el instituto con la cabeza baja, la capucha puesta, ocultando la cara.
Hoy es un día cualquiera.
Como todos los demás.
Solo que hoy, por primera vez, cuando mete la mano en el bolsillo y toca la navaja… ya no se pregunta si tendrá el valor de usarla.
Hoy se pregunta cuándo.