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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:270
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Cap 3 — La intrusa

Isabel se despertó temprano esa mañana.

No había dormido bien. Otra vez los álbumes de fotos, otra vez las caras de sus hijos creciendo sin ella. Se lavó la cara, se puso una mascarilla facial y bajó a la cocina a prepararse un café.

Don Refugio ya estaba ahí, limpiando la barra.

—Buenos días, señora. ¿Descansó?

—No mucho, Cuco. Pero estoy bien.

Se sentó en un banco de la cocina con su café. Tenía que pensar. Hoy iba a ir a buscar a Sol al campamento, pero Emiliano le había dicho que el lugar estaba a tres horas de Ciudad Brisa y que necesitaban preparar unos papeles antes de sacarlo.

El teléfono de Don Refugio sonó. Lo miró y frunció el ceño.

—¿Quién es? —preguntó Isabel.

—La señorita Carolina, señora.

—¿Carolina?

—Carolina Montero. Su prima.

Isabel dejó la taza sobre la barra. Carolina. Claro que se acordaba de ella. Su prima mayor, la que siempre miraba con envidia todo lo que Isabel tenía. La que le sonreía con la boca pero nunca con los ojos.

—¿Qué quiere?

—Dice que viene para acá. Que trae unas cosas para la señorita Luna.

—¿Viene seguido?

Don Refugio vaciló. Eso ya era respuesta suficiente.

—¿Cuco?

—Viene mucho, señora —dijo en voz baja—. Estos quince años ha venido mucho. Trae regalos para los niños, habla con el señor, organiza cosas de la casa... Cambia la decoración, elige los muebles, decide qué se compra para la cocina.

—¿Organiza cosas de la casa? —Isabel lo miró fijo—. ¿En mi casa?

—Sí, señora. El señor nunca le puso límites. Creo que le daba igual.

—¿Y tú qué opinas de ella, Cuco?

Don Refugio apretó los labios. Treinta años de servicio le habían enseñado a no hablar mal de nadie. Pero su silencio dijo más que cualquier palabra.

—Entendido —dijo Isabel.

Isabel tomó un sorbo de café. No dijo nada, pero Don Refugio la conocía de sobra y dio un paso atrás.

—¿Sabe que estoy aquí?

—No sé qué sabe exactamente, señora. Pero algo habrá oído. Anteayer el señor salió de la oficina a toda prisa y las secretarias empezaron a hablar.

—Entiendo. —Isabel se tocó la mascarilla que todavía tenía puesta en la cara—. Cuco, cuando llegue, déjala pasar. No le digas quién soy.

Don Refugio la miró.

—¿Señora?

—Quiero ver cómo se comporta cuando cree que soy una desconocida.

Don Refugio asintió. Conocía esa expresión. Era la misma que ponía la señora antes de desaparecer, cada vez que alguien intentaba pasarse de listo.

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Carolina Montero llegó a las diez de la mañana.

Traía un ramo de flores en una mano y una bolsa de regalo en la otra. Vestía un traje sastre color crema, tacones altos, el cabello perfecto. Parecía la dueña de la casa.

Don Refugio le abrió la puerta.

—Buenos días, Cuco. Te traje las flores para el recibidor, las de la semana pasada ya deben estar marchitas. —Le entregó el ramo sin mirarlo—. Y esto es un regalo para Luna, unos pinceles que se le olvidaron cuando se fue de intercambio. ¿Está Emiliano?

—El señor todavía no baja, señorita Carolina.

—No importa, lo espero. Ponme un té, ¿sí? El mismo de siempre.

Se sentó en la sala como si fuera su sala. Cruzó las piernas, sacó el teléfono y empezó a revisar mensajes. Ni siquiera le dio las gracias a Don Refugio.

Isabel observaba todo desde el segundo piso, apoyada en el barandal.

Mira nada más. Se sienta como si esta casa fuera suya.

Bajó las escaleras despacio. La mascarilla le cubría media cara, pero se le veían los ojos, el cuello y la figura. Carolina levantó la vista en cuanto escuchó los pasos.

Se quedó mirándola.

Isabel vio exactamente lo que esperaba ver: los ojos de Carolina la recorrieron de arriba abajo. La cintura, la piel, el pelo. Y su expresión cambió. La sonrisa desapareció y en su lugar quedó algo frío y calculador.

—Cuco, ¿quién es ella? —preguntó Carolina sin quitarle los ojos de encima.

Don Refugio abrió la boca y la volvió a cerrar. No sabía qué decir.

Isabel aprovechó el silencio.

—Buenos días —dijo con voz dulce, casi cantarina—. Perdona la facha, me acabo de levantar. Emi todavía está dormido, pobrecito, estos días ha estado agotado.

Lo dijo a propósito. "Emi". Y "todavía está dormido". Y "pobrecito".

Cada palabra fue una aguja.

La taza de té tembló en la mano de Carolina.

—¿Perdón? ¿"Emi"? —Su voz salió afilada—. ¿Y tú quién eres?

—Yo vivo aquí —dijo Isabel, sentándose en el sofá de enfrente con toda la calma del mundo—. ¿Y tú?

Carolina la miró como si quisiera arrancarle la mascarilla de la cara.

—Yo soy Carolina Montero. Soy familia de Emiliano Salazar. Llevo quince años entrando y saliendo de esta casa. —Se puso de pie—. Y tú eres la primera que tiene el descaro de sentarse en ese sofá como si fuera la señora.

—¿La primera? —Isabel ladeó la cabeza—. ¿Ha habido otras?

—Antes que tú hubo seis. Ninguna duró. ¿Sabes por qué? Porque Emiliano Salazar solo ama a una mujer, y esa mujer está muerta.

Muerta. Así es como hablan de mí.

Isabel no se inmutó.

—Ay, qué linda. Te preocupas mucho por él, ¿no? —Sonrió detrás de la mascarilla—. ¿Eres como su mamá?

La cara de Carolina se puso roja.

—¿Disculpa?

—Digo, por la edad. Pensé que eras su tía o algo así.

Alguien soltó una risa ahogada detrás de la puerta de la cocina. Carolina giró la cabeza, pero no vio a nadie.

—Escúchame bien —dijo Carolina, señalándola con el dedo—. No sé quién te crees que eres, pero este no es tu lugar. Las mujeres como tú van y vienen. Yo me quedo. Y cuando Luna vuelva y vea que hay una cualquiera viviendo en la casa de su madre, te va a sacar ella misma.

Isabel la miró. Ya no estaba jugando. Ya no le hacía gracia.

Usa a mis hijos. Los usa como arma.

Pero no le iba a dar el gusto de verla enojada. Todavía no.

—Tienes razón —dijo Isabel—. Deberías hablar con Emi cuando baje. Seguro te va a escuchar.

Carolina sonrió. Era una sonrisa de triunfo.

—Claro que me va a escuchar. Siempre me escucha.

Justo en ese momento se escucharon pasos en la escalera.

Emiliano bajó al vestíbulo. Camisa negra, pelo peinado hacia atrás, cara de pocos amigos. Miró a Carolina, luego a Isabel, y su expresión no cambió.

—Emi, qué bueno que bajas —dijo Carolina, recomponiendo su postura—. Te vine a traer unas cosas de Luna. Y de paso quería hablar contigo sobre esta... señorita. Creo que no es conveniente que haya personas ajenas viviendo en la casa, sobre todo con Luna a punto de regresar. Ya sabes cómo es ella, se va a disgustar si...

—Cuco —dijo Emiliano, sin mirar a Carolina.

—¿Señor?

—Acompaña a la señorita Carolina a la puerta.

Carolina se calló de golpe.

—¿Qué?

—Acompaña a la señorita Carolina a la puerta —repitió Emiliano con el mismo tono con el que habría dicho "pásame la sal"—. Y de ahora en adelante, cualquier visita a esta casa necesita autorización de mi esposa.

La palabra cayó en la sala como una bomba.

Esposa.

Carolina no se movió. Miró a Emiliano. Luego miró a Isabel. Luego volvió a mirar a Emiliano.

—¿Tu esposa está muerta, Emiliano?

—No —dijo Emiliano—. Está sentada en ese sofá.

Carolina giró la cabeza hacia Isabel tan rápido que casi se lastimó el cuello. Isabel levantó la mano y se quitó la mascarilla despacio, sin prisa.

La cara de Carolina se vació de color.

—¿I... Isabel?

—Hola, prima —dijo Isabel con una sonrisa que no tenía ni una gota de calidez—. Cuánto tiempo sin vernos. Qué bonitas flores trajiste. Las voy a poner en mi recibidor. En mi casa.

Carolina no dijo nada. No podía. Se quedó parada mirando a Isabel como si estuviera viendo un fantasma. Que, en cierto modo, era exactamente lo que estaba viendo.

Don Refugio apareció a su lado.

—Por aquí, señorita Carolina.

Carolina recogió su bolso con las manos temblando. Las flores se quedaron en la mesa, abandonadas. Caminó hacia la puerta sin despedirse de nadie. En la entrada se detuvo y volteó.

—Eso es imposible —dijo, y su voz le salió ronca—. Tú estás muerta. El avión se cayó. Nadie sobrevivió.

—Y sin embargo aquí estoy —dijo Isabel—. Sin una arruga. ¿No es curioso?

Carolina la miró un momento más. Luego salió sin decir una palabra.

Don Refugio cerró la puerta.

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En cuanto la puerta se cerró, Emiliano se dejó caer en el sofá al lado de Isabel.

—¿Cuánto escuchaste? —le preguntó Isabel.

—Desde "¿eres como su mamá?". —Emiliano se pasó la mano por la cara—. Isa, ¿era necesario?

—Completamente necesario. Necesitaba ver quién es de verdad.

—¿Y?

—Es exactamente la misma que era hace quince años. Pero peor, porque ahora cree que tiene derechos aquí. —Isabel lo miró—. ¿Tú y ella alguna vez...?

—No —dijo Emiliano rápido—. Nunca. Te lo juro por mis hijos.

—¿Y ella?

—Ella quería. Yo no.

—¿Y aun así la dejabas entrar a mi casa, sentarse en mi sala, y organizar la vida de mis hijos?

Emiliano no respondió.

—Sofá —dijo Isabel.

—¡Isa, ya llevo dos noches en el sofá!

—Y te quedan muchas más. —Se levantó—. Ahora vamos a lo importante. ¿A qué hora salimos a buscar a Sol?

—Tengo los papeles listos. Podemos salir después de comer.

—Salimos ahora.

—Pero...

—Ahora, Emiliano.

Emiliano agarró las llaves del carro sin protestar.

Don Refugio los vio salir y negó con la cabeza, sonriendo.

Quince años sin la señora, y en tres días ya volvió a poner esta casa en orden.

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En su carro, a dos cuadras de la Casona, Carolina Montero tenía el teléfono pegado a la oreja.

Le temblaban las manos. Le temblaba la voz. Pero su cabeza ya estaba trabajando.

—Luna, mi amor, soy tu tía Carolina. Necesito que me escuches con mucha calma, ¿sí?

Del otro lado de la línea, a miles de kilómetros de distancia, Valentina Salazar Montero frunció el ceño.

—¿Qué pasa, tía?

—Hay una mujer en tu casa. Se está haciendo pasar por tu mamá.

Silencio.

—Luna, ¿me escuchaste?

—¿Qué dijiste?

—Una mujer joven, guapa, que dice ser Isabel. Tu papá le cree. Ya la instaló en la casa como si fuera la señora.

El silencio al otro lado de la línea se volvió peligroso.

—Voy para allá —dijo Luna, y su voz sonó exactamente como la de Emiliano cuando estaba a punto de destruir algo—. Cambio mi vuelo hoy.

Carolina colgó y se quedó mirando la pantalla.

Si no puedo sacarla yo, la sacará su propia hija.

Apretó el teléfono contra el pecho, arrancó el carro y se alejó de la Casona Salazar.

La verdadera guerra no había empezado todavía. Pero la primera ficha ya estaba en el tablero.

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