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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El espejismo de Berlín.

El espejismo de Berlín

El vuelo privado había aterrizado en Berlín con el sigilo de un secreto bien guardado. Laura Müller, antes Laura Lombardi, la gemela que siempre había encontrado su lugar demostrando ser una mujer fuerte y poderosa, nunca en la sombra de nadie, ajustó el cuello de su abrigo de cachemir mientras el coche con chófer la dejaba frente a la imponente sede central de Angora VS Asociado en Berlín.

Luego de 3 horas de firmar documento y revizar contratos toma la decisión, que había nacido de un impulso cálido, un deseo casi adolescente de recuperar la chispa que el poder y la distancia habían ido erosionando en su matrimonio con Fred Müller. Sabía que él estaba sumergido en negociaciones con los rusos, pero ella, que había aprendido a leer los silencios de su esposo mejor que nadie, creyó que una interrupción dulce y oportunista sería el bálsamo perfecto para sus largas semanas de separación por viajes de trabajo que demandaba su condision de jefe de la mafia Alemana.

La recepcionista, una mujer de mirada metálica y sonrisa profesional, ya alzaba el teléfono para anunciar su llegada, pero Laura levantó una mano enguantada y susurró un "es una sorpresa" que desarmó cualquier protocolo. Cruzó el vestíbulo de mármol con la determinación de quien ha navegado por las aguas turbulentas de la mafia germano-rusa, y presionó el botón del ascensor privado que la llevaría al penthouse ejecutivo. Cada número que descendía en el panel era un latido acelerado, una promesa de reencuentro que ella había tejido en su imaginación durante todo el viaje: Fred levantando la mirada de sus papeles, su sorpresa tornándose en deseo, la oficina vacía para ellos dos. Nada, absolutamente nada, la preparó para la imagen que la esperaba.

El pasillo del último piso olía a dinero y a tabaco de contrabando, un aroma que Laura conocía bien y que siempre le había parecido el perfume del poder. La asistente y la secretaria, dos mujeres rubias de rasgos angulosos y trajes sastre impecables, se interpusieron en su camino como una barrera humana, sus voces superpuestas tejiendo una excusa torpe sobre una reunión "de suma importancia" y "estrictamente privada". Laura sintió el frío en el estómago, ese sexto sentido femenino que nunca falla, pero su carácter, forjado en los años de competencia silenciosa con Lorena, la impulsó a seguir adelante.

Apartó a la asistente con un movimiento seco de hombro y giró el pomo de la puerta de roble macizo sin titubear. Lo que sus ojos registraron en la fracción de segundo siguiente sería un antes y un después en su vida. Su esposo, el temido Fred Müller, yacía semirrecostado en su sillón de cuero negro, los ojos cerrados en una mueca de placer absoluto, mientras entre sus piernas, una rubia de melena larga y movimientos rítmicos realizaba una felación que no dejaba espacio para las dudas.

Laura no gritó; su cuerpo reaccionó con una velocidad autómata, girando sobre sus talones y cerrando la puerta con un golpe seco que resonó como un disparo. Corrió. No hacia el ascensor, sino hacia la escalera de emergencia, arrastrando sus tacones de aguja por los peldaños metálicos mientras las lágrimas, finalmente, comenzaban a borrar el delineado perfecto de sus ojos. En su mente solo existía una palabra, repetida como un mantra: "humillación". No era la primera vez que veía infidelidad, pero sí la primera que la tocaba a ella, que despedazaba la ilusión de un amor que creía a prueba de balas.

En el interior de la oficina, Fred Müller abrió los ojos sobresaltado, la bruma del placer disipándose de golpe como un velo rasgado. La rubia, una agente de enlace con la mafia de Kazajistán que había llegado bajo el pretexto de un informe financiero, alzó la cabeza con una sonrisa confusa, pero él la apartó con un gesto brutal, ajustándose la bragueta mientras su mente procesaba la catástrofe. Llamó a su secretaria a través del intercomunicador, y la voz temblorosa de la mujer confirmó lo que ya sabía: su esposa había entrado, visto y huido. "Que mi jefe de seguridad la intercepte en el vestíbulo, ordenó con una frialdad que solo años de dirigir un imperio criminal podían otorgar, que la lleve a casa sin excusas y que recoja su teléfono. No quiero llamadas, no quiero abogados, no quiero que nadie se entere de esto. ¿Entendido?" Mientras tanto, Laura ya había atravesado las puertas giratorias, su rostro desencajado bajo el cielo gris de Berlín, cuando un hombre de traje oscuro y auricular en la oreja la tomó del brazo con la fuerza justa para no lastimarla, pero la firmeza suficiente para que supiera que no había opción.

"La señora Müller debe regresar a casa", dijo, y ella, vacía, se dejó llevar al coche blindado. Las calles de la ciudad desfilaron ante sus ojos como un sueño febril mientras su mente ya planeaba la huida: llamaría a los mejores abogados, pediría el divorcio, la custodia de su pequeño Fred. Pero la realidad era más cruel que sus fantasías. Cada llamada a una agencia legal terminaba con un "lo siento, no podemos aceptar su caso" apenas mencionaba el apellido Müller. El apellido que la había elevado era ahora la cadena más pesada que la ataba a su verdugo, y ella, sentada en la mansión vacía, comenzó a destrozar las almohadas de plumas, los jarrones de porcelana y los recuerdos de una vida que se había roto en mil pedazos frente a una puerta de roble.

Cuando Fred llegó a la residencia, pasadas las once de la noche, la oscuridad de la mansión solo se veía interrumpida por una luz temblorosa en la suite principal. Subió los escalones de mármol con la parsimonia de quien ha ganado todas las batallas, pero en su pecho latía una inquietud que no sentía desde sus años mozos. Al abrir la puerta, encontró a Laura sentada en el suelo, rodeada de escombros sentimentales: fotografías rotas, su vestido de novia rasgado con sus propias manos, y la cuna vacía de Fred, que ella había arrastrado hasta el centro de la habitación como un altar de acusación.

Su rostro, hinchado por el llanto, se alzó para enfrentarlo con una furia que Fred no le había visto ni en los momentos más álgidos de sus disputas de pareja. "Quiero el divorcio", escupió ella, su voz cascada pero firme, "y la custodia total de mi hijo". Fred se detuvo en el umbral, sus manos enguantadas de cuero aún portando el frío de la calle, y la miró con la distancia calculadora que empleaba con sus subordinados. "Si te divorcias dijo, cada palabra un clavo en el ataúd de sus ilusiones, te vas sola. Mi heredero se queda aquí, conmigo, es un Müller, y los Müllers no se crían en el exilio ni en la debilidad de una madre que abandona su puesto." La sentencia cayó como una losa sobre los hombros de Laura, que sintió cómo hasta el aire se le escapaba de los pulmones.

Fred dio media vuelta, y antes de cruzar la puerta hacia el corredor iluminado por candelabros, agregó con una indiferencia que dolía más que cualquier insulto: "Cuando se te pase el berrinche, llama al personal de limpieza para que organicen esto. Cuando estés calmada, hablamos. Pero no esperes que cambie de opinión." El eco de sus pasos se perdió en la inmensidad de la mansión, dejando a Laura sola entre los escombros de su matrimonio, con la certeza de que el hombre al que amaba nunca había existido, y que ahora, su única batalla era por el alma de su hijo, una guerra que recién comenzaba.

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