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EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

Status: Terminada
Genre:Romance / Apocalipsis / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ERROR EN LA CABINA

​El vestíbulo principal era una carnicería. Tres guardias de seguridad yacían en el suelo de mármol en charcos de sangre tibia; dos de ellos convulsionaban violentamente mientras sus córneas se tornaban de un gris opaco y sanguinolento. Varias criaturas de rostro desfigurado y mandíbulas bañadas en fluidos oscuros se alimentaban sobre los mostradores de recepción. Una de ellas levantó la cabeza al escuchar la campanilla del ascensor.

​—¡Cierra! ¡Cierra la puerta, Mateo! —grito Sofía, fuera de sí, presionando compulsivamente el botón de cierre dentro del Ascensor A.

​Las puertas de acero del Ascensor A se cerraron justo cuando una de las criaturas impactó con fuerza brutal contra el metal exterior. El golpe retumbó como una detonación dentro de la pequeña caja metálica.

​Sofía y Mateo se miraron, hiperventilando. Estaban atrapados en el piso 1, con el exterior infectado.

​—Tenemos que subir de nuevo y buscar el paso del techo hacia la terraza o el ala administrativa —dijo Mateo, con la frente empapada de sudor frío—. Pero no podemos quedarnos en el piso 1.

​Fue entonces cuando la logística del edificio jugó en su contra. Al presionar el panel para regresar al piso 4 en el Ascensor A, el indicador parpadeó en rojo y emitió un zumbido continuo de falla: la sobrecarga eléctrica provocada por el caos del hospital había fundido la tarjeta lógica del módulo A en la planta baja. La puerta no se abría, pero el ascensor tampoco subía; había quedado bloqueado en la planta 1 por seguridad de sistema.

​—¡Salte! ¡Usemos el Ascensor B! —ordenó Mateo.

​Con esfuerzo, Mateo usó la fuerza de sus brazos para separar manualmente las puertas atascadas del Ascensor A solo unos centímetros, lo suficiente para que ambos se escurrieran fuera, regresando por breves segundos al pasillo lateral del vestíbulo, cubiertos por una pared divisoria que los ocultaba temporalmente de las hordas de la recepción.

​A su derecha estaba el Ascensor B. Era el elevador antiguo del edificio, una unidad secundaria de carga y residentes antiguos que llevaba semanas presentando fallas severas en sus sensores de piso y variador de frecuencia. Todos los vecinos sabían que el Ascensor B era peligroso: la tarjeta del microprocesador estaba desprogramada, provocando que los pisos se desordenaran en el display, abriendo en plantas al azar sin respetar la secuencia de la botonera.

​—Mateo, ese no —dijo Sofía, sujetándole el brazo con desesperación—. Sabes perfectamente cómo está ese ascensor. Si entramos ahí, no sabremos a dónde nos va a llevar. El panel está descontrolado.

​—¡Es el único que funciona para subir, Sofía! El Ascensor A quedó bloqueado abajo y no va a arrancar. Las escaleras están rotas. ¡No tenemos otra opción!

​Las pisadas pesadas y los gruñidos de la recepción se acercaban al pasillo.

​—¡Iremos a otro lado, Mateo! ¡Busquemos la puerta de mantenimiento! —suplicó ella, retrocediendo hacia la penumbra del pasillo secundario.

​—No hay tiempo. Confía en mí, piso que marque, piso en el que nos salimos —respondió él.

​Sin esperar la aprobación de Sofía, Mateo presionó el botón de llamada del Ascensor B. Las puertas se abrieron con un chirrido metálico. El interior era oscuro, iluminado solo por un tubo fluorescente que parpadeaba intermitentemente. Mateo pisó el interior de la cabina.

​—¡Entra, rápido! —le gritó, extendiendo la mano.

​—¡No, Mateo! ¡Sal de ahí, por favor! —chilló Sofía, aterrada por una premonición amarga.

​En ese milisegundo fatídico, los sensores infrarrojos de la puerta del Ascensor B —fallidos por el pésimo mantenimiento— no detectaron la presencia de Mateo ni la proximidad de Sofía. El sistema interpretó la orden de partida inmediatamente. Las puertas metálicas comenzaron a cerrarse violentamente.

​—¡Sofía! —gritó Mateo, lanzándose hacia adelante para detener las hojas de metal.

​Fue demasiado tarde. Las puertas se sellaron de golpe entre ellos. Sofía vio el rostro aterrorizado de su esposo desvanecerse tras la brecha de acero.

​Un segundo después, un estruendo seco resonó dentro del hueco del Ascensor B. No fue el sonido de una subida suave. Fue el chasquido metálico de un cable primario de tracción deshilachándose bajo una tensión anómala, seguido por el sonido horripilante del chasquido del freno mecánico fallando.

​¡CLANG! ¡FSSSSHHH!

​El contrapeso cedió. La cabina del Ascensor B donde estaba Mateo no subió: se descolgó en una caída libre vertiginosa desde la planta baja hacia el foso profundo del segundo subterráneo, dejando tras de sí un silbido de aire comprimido y el chispazo de fricción que iluminó las rendijas del marco.

​—¡MATEO! —el grito de Sofía desgarró la penumbra del pasillo.

​El impacto retumbó desde las profundidades del edificio como un terremoto menor. Las puertas del Ascensor B en la planta baja quedaron severamente dobladas hacia adentro por la deformación del marco a causa de la onda de choque y la tracción final de los cables secundarios. Quedaron selladas a presión, herméticas, imposibles de abrir desde afuera o desde la planta baja sin equipo hidráulico de rescate pesado.

​Sofía quedó absolutamente sola en la penumbra del vestíbulo.

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