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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Adrián Navarro levantó la mirada cuando Serena Mora dijo que iba a cocinar.

No fue una mirada de esperanza.

Fue la mirada de alguien que acababa de escuchar una amenaza nueva.

Serena decidió ignorarlo por su propia salud mental.

—Necesito una tabla limpia, agua hervida, la olla menos golpeada y que nadie meta la mano en los ingredientes después de tocar barro —dijo.

Rafael Vega levantó las manos.

—Me siento señalado.

—Estás cubierto de lodo hasta el alma.

Miguel Vega empujó a su hermano hacia el arroyo.

—Lávate.

—La autoridad familiar me oprime.

—Y te mantiene vivo.

Valentina Rojas encendió la fogata con una llama pequeña, controlada, casi ofendida de que le pidieran precisión en lugar de espectáculo. Alicia Nieves lavó los tubérculos con agua hervida y Tomás Calvo organizó los cuencos como si repartir cena fuera una operación militar.

León Castellar se sentó cerca, demasiado elegante para admitir curiosidad.

—¿También aprendiste esto moviendo muebles?

Serena tomó el queso de Miguel y lo miró con respeto.

—No. Esto lo aprendí sobreviviendo con poco dinero y demasiada hambre.

Lilo apareció sobre la olla.

—Sugerencia: dorar primero. La reacción de Maillard mejora aroma y sabor.

Serena lo miró.

—No voy a decir "Maillard" en voz alta.

—Cobarde.

—Práctica.

Miguel, que no podía ver a Lilo, frunció el ceño.

—¿A quién le hablas?

—A mi instinto culinario.

Rafael regresó con las manos mojadas.

—Tu instinto suena mandón.

—Porque sabe lo que hace.

Rafael intentó ayudar cortando hierbas.

En tres segundos, Miguel le quitó el cuchillo.

—Estás aplastándolas.

—Les estaba dando carácter.

—Les estabas quitando futuro.

Serena le entregó a Rafael una tarea menos peligrosa: remover los granos tostados sin tirarlos al fuego. Rafael aceptó como si fuera un cargo de alto rango. A los diez segundos, uno de los granos saltó de la plancha y le pegó en la manga.

—¡Me atacó!

—Era un grano —dijo Miguel.

—Uno valiente.

La risa volvió a recorrer el campamento. Incluso los guardias de Héctor, todavía tensos después de la emboscada, empezaron a mirar la olla con una esperanza que Serena decidió considerar presión positiva.

Alicia se acercó con las hierbas limpias.

—¿Por qué separaste estas?

—Porque son más amargas. Si las pongo todas, el guiso va a saber a medicina triste.

—¿Y las otras?

—Aroma primero, amargor al final. Si no tienes ingredientes bonitos, al menos ordena los sabores para que no peleen todos al mismo tiempo.

León, desde su sitio, apoyó la barbilla en una mano.

—Hablas de comida como Tomás habla de estrategia.

Tomás levantó la vista.

—La comida también necesita estrategia.

Serena señaló a Tomás con la cuchara.

—Gracias. Al fin alguien entiende mi arte.

Serena cortó los tubérculos en cubos irregulares, separó las hierbas menos amargas y puso a tostar un puñado de granos secos en una plancha de piedra. El olor cambió primero: de polvo triste a algo cálido, casi dulce. Después doró el queso en láminas delgadas hasta que los bordes quedaron crujientes.

Valentina olió el aire.

—Eso ya no huele a castigo.

—Qué estándar tan bajo.

—Después de Rafael, es alto.

Rafael se llevó una mano al pecho.

—Me están difamando antes de probar mi sopa.

Miguel habló sin levantar la vista del cuchillo:

—Tu sopa sabía a humo y arrepentimiento.

—Esa frase ya se volvió tradición familiar.

Serena puso los tubérculos en la olla con un poco de grasa, sal gruesa y las hierbas picadas. Cuando empezaron a dorarse, añadió agua caliente poco a poco para que el fondo soltara sabor. No era un banquete. No era comida de palacio. Pero el guiso empezó a espesar, y el olor hizo que incluso los guardias de Héctor se acercaran con disimulo.

Lilo infló el pecho.

—Moral grupal subiendo.

—Si empiezas a medir la afinidad con el guiso, te meto en la olla.

—Retiro el comentario.

Alicia probó una cucharada y abrió los ojos.

—Está bueno.

Serena soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

—Está decente.

—No —dijo Alicia, sonriendo—. Está bueno.

Rafael recibió su cuenco como si le entregaran una reliquia.

Probó.

Se quedó quieto.

Miguel se tensó.

—¿Está mal?

Rafael levantó la vista hacia Serena.

—Si la Orden no te acepta, abre una cocina y yo me vuelvo devoto.

Valentina le quitó el cuenco.

—A ver si exageras.

Probó una cucharada.

Su expresión cambió.

—No exagera tanto.

Tomás tomó su ración y, después de probar, asintió con solemnidad.

—Prudencia con las segundas porciones. Somos muchos.

—Eso significa que quiere repetir —tradujo Valentina.

León comió en silencio.

Ese silencio fue más elocuente que cualquier elogio. Terminó el cuenco, miró la olla y luego a Serena.

—No está mal.

—Alteza, voy a guardar esa declaración histórica en piedra.

—No abuses.

Adrián no se acercó.

Serena lo esperaba.

Sirvió un cuenco aparte, con menos hierbas amargas y más caldo, porque lo había visto comer despacio, como si el estómago aún no confiara en la comida. También eligió los tubérculos más suaves y rompió encima media lámina de queso dorado para que se deshiciera sin obligarlo a masticar demasiado.

Lilo la miró desde el borde de la olla.

—Ajuste personalizado detectado.

—Silencio.

—No dije romance.

—Ibas a pensarlo en voz alta.

Serena llevó el cuenco hasta una piedra a varios pasos de Adrián y lo dejó ahí, donde él podía tomarlo sin que nadie lo viera como una concesión.

—Para quien lo necesite —dijo, usando la frase de Alicia.

No lo miró después.

Esa fue la parte difícil.

Se obligó a volver junto a la olla, a escuchar a Rafael declarar que volvería a perderse todos los días si la recompensa era esa cena, a oír a Miguel corregirlo, a ver a Valentina robar una segunda porción pese a la prudencia de Tomás.

Pero por el rabillo del ojo vio a Adrián tomar el cuenco.

No de inmediato.

No con confianza.

Pero lo tomó.

Comió de pie al principio, como si sentarse fuera admitir demasiada comodidad. Después de dos cucharadas, el borde rígido de sus hombros bajó apenas. No sonrió. No cerró los ojos. No hizo nada que pudiera llamarse agradecimiento.

Pero no dejó el cuenco a medias.

Alicia lo vio también y bajó la mirada para no hacerlo demasiado evidente.

La pantalla de Lilo apareció junto a la olla, pequeñita, discreta.

Medidor de Afinidad: -123,439.

Serena apretó la cuchara para no sonreír como una idiota.

Cuatro puntos.

Por un guiso.

Por no insistir.

Por dejarle espacio.

Después de cenar, todos parecían menos dispuestos a morderse. Rafael lavó los cuencos cantando mal. Miguel se disculpó con Alicia por la voz de su hermano. León se ofreció, con mucha dignidad, a "supervisar" el resto del queso. Valentina casi le quemó la manga.

Serena se rió.

La risa le salió cansada, pero real.

Por primera vez desde que despertó en ese mundo, el campamento no se sintió como una amenaza en pausa.

Entonces recordó a Héctor.

Buscó la piedra de comunicación en el cinturón.

No estaba.

Revisó el bolsillo de la capa.

Nada.

La risa se le murió en la boca.

—Lilo —dijo en voz baja—. Perdí la piedra de mi hermano.

El loro abrió los ojos.

—Eso parece una forma rápida de morir por sobreprotección familiar.

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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