¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Detrás De La Barra
Gonzalo insistió en salir; Caliope me arrastró riendo, sin saber que esa noche cambiaría mi destino para siempre.
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El lugar elegido era un acogedor resto bar en el corazón de la ciudad, un sitio vibrante donde la música suave se mezclaba con el murmullo de las risas y el tintineo de las copas. El olor a comida gourmet y el brillo de las luces de neón creaban una atmósfera perfecta para desconectar de la rutina. Caliope y yo nos abrimos paso entre la gente, buscando una mesa libre, mientras Gonzalo caminaba delante de nosotras, analizando el espacio con su habitual energía.
Nos acomodamos cerca de la barra, pidiendo algo de tomar para empezar la noche. Todo transcurría con normalidad, entre bromas y anécdotas del trabajo, hasta que de repente la mirada de Gonzalo se congeló en un punto fijo del local. Su expresión distraída cambió por completo; sus ojos se abrieron de par en par con una mezcla de incredulidad y alegría desbordante. A unos metros de distancia, detrás de la barra, un hombre alto y de hombros anchos preparaba un trago con absoluta destreza.
—No puede ser —susurró Gonzalo, levantándose de golpe, casi derribando su silla en el proceso.
—¿Qué pasa? —preguntó Caliope, interrumpiendo su risa y mirándolo con extrañeza.
—Es él... —Gonzalo no esperó a darnos explicaciones. Caminó a paso rápido hacia la barra, esquivando a los meseros.
Lo observamos abrazar efusivamente a aquel desconocido. Era evidente que se trataba de alguien sumamente importante; Gonzalo siempre nos había hablado de un viejo amigo de la infancia, alguien a quien consideraba un verdadero hermano y que la vida se había encargado de distanciar hacía años. Verlos ahí, riendo y dándose palmadas en la espalda, hacía que todo cobrara sentido.
Segundos después, Gonzalo se dio la vuelta y, con una sonrisa que apenas le cabía en el rostro, nos hizo una seña enérgica para que nos acercáramos. Caliope me tomó de la mano, contagiada por la emoción del momento, y caminamos hacia ellos.
—Chicas, tienen que conocerlo —dijo Gonzalo con orgullo en la voz—. Él es el hermano que la vida me regaló y de quien tanto les he hablado.
Fue en ese instante cuando él levantó la mirada, y todo mi mundo se detuvo.
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Me llamo Jester Jiménez, tengo 32 años y me muevo como pez en el agua detrás de una barra y entre fogones. Con mis 1.80 de estatura, me dedico a lo que me apasiona: soy bartender y cocinero, un trabajo donde combino la creatividad, el sabor y el arte de hacer sentir bien a la gente a través de un buen trago o un buen plato.
Mi día a día suele ser bastante movido, por lo que cuando tengo tiempo libre busco simplicidad. Mi pasatiempo favorito es, sin duda, pasarla bien con mis amigos. No necesito que los planes sean perfectos ni complicados; me basta con desconectar del trabajo, compartir unas buenas risas y disfrutar de la buena compañía de la gente que quiero.