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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5 — El Consejo Empresarial

Valentina recibió la invitación a las once de la mañana, impresa en papel grueso y con el logotipo del Consejo Empresarial Unión en relieve.

No decía "invitación". Decía "sesión privada de networking estratégico". En el mundo de Sebastián Montero, hasta tomar café con personas ricas necesitaba sonar como una maniobra de mercado.

Luna leyó la tarjeta sobre su hombro.

—Eso huele a trampa con canapés.

—Huele a inversionistas.

—También.

Valentina dejó la tarjeta sobre la mesa de juntas de Lumina. Rodrigo estaba al otro extremo, revisando una carpeta con la calma de un cirujano.

—¿Usted sabía de esto?

Rodrigo levantó la vista.

—Don Sebastián considera que Lumina necesita exposición controlada.

—No pregunté qué considera Don Sebastián. Pregunté si usted sabía.

—Sí.

Luna soltó un silbido bajo.

—Puntos por honestidad.

Valentina tomó la tarjeta de nuevo. Fecha: esa misma tarde. Lugar: un salón privado en el centro de la Ciudad, dentro del edificio histórico del Consejo. Código de vestimenta: business formal.

—Me avisa el mismo día.

—El Consejo confirmó lista esta mañana —dijo Rodrigo.

—Vaya casualidad.

Rodrigo no mordió el anzuelo.

—Si no quiere asistir, puedo informarlo.

Valentina miró los estados de cuenta abiertos, las facturas vencidas, la lista de proveedores que todavía podían darles aire si alguien con dinero los miraba sin oler cadáver.

—Voy a asistir.

Luna le tocó el antebrazo.

—Jefa, ¿estás segura?

—No voy por él. Voy por Lumina.

Dos horas después, frente al espejo del baño de la oficina, Valentina se recogió el cabello en una cola baja y se puso los aretes pequeños de oro que habían sido de su madre. No podía competir con las joyas de Polanco ni con los apellidos de tres generaciones, pero podía verse como alguien que no pedía permiso para entrar.

Luna apareció en la puerta con una funda negra.

—Traje tu vestido azul marino.

—No.

—Es sobrio, caro sin verse caro, y te hace ver como si fueras a demandar a alguien y ganar.

Valentina la miró por el espejo.

—¿Es un cumplido?

—Es una estrategia.

Al final usó el vestido.

Braulio la esperaba abajo, pero esta vez Sebastián estaba dentro del auto.

Valentina se detuvo al abrir la puerta. Él llevaba traje oscuro, camisa blanca y una corbata gris que hacía que todo a su alrededor pareciera menos ordenado que él. La silla de ruedas no estaba a la vista. En su lugar, el asiento delantero había sido adaptado con espacio suficiente para sus piernas y un bastón plegado junto a la puerta.

Ella miró el bastón un segundo de más.

—Buenas tardes, Valentina.

—Buenas tardes.

No preguntó por la silla. No le dio ese gusto. Subió al auto y dejó el bolso sobre las rodillas.

—¿Va a explicarme por qué debo aparecer en el Consejo cuando Lumina está a punto de sangrar frente a todos?

Sebastián miró por la ventana.

—Porque si no apareces, van a asumir que ya estás muerta.

—Eso sí suena poético.

—Muy práctico.

Valentina apretó el bolso.

—No quiero que crean que usted me llevó de la mano.

—Entonces camina sola.

La frase le molestó porque no sonó a burla. Sonó a permiso.

El edificio del Consejo Empresarial Unión olía a mármol frío, madera antigua y café caro. En el salón privado había unas cuarenta personas, casi todas con traje oscuro o vestidos impecables, hablando en grupos pequeños. Los hombres miraban a Sebastián primero, aunque él entrara apoyándose en el bastón con una lentitud controlada. Las mujeres miraban a Valentina después.

Primero el vestido.

Luego los zapatos.

Después la cara.

Por último, como si estuvieran midiendo cuánto costaba tolerarla, el apellido.

—Sebastián —saludó un hombre de cabello blanco—. Nos alegra verte.

—Don Ernesto.

La mano de Sebastián no tocó la espalda de Valentina. No la empujó ni la presentó como acompañante. Solo se giró un poco hacia ella.

—Valentina Reyes, directora general de Lumina Tecnología.

Directora general.

No protegida. No invitada. No favor.

Valentina sostuvo la mirada de Don Ernesto y extendió la mano.

—Un gusto.

—Ah, Lumina. He oído de ustedes.

El tono dijo otra cosa: he oído que se están hundiendo.

—Espero que haya sido por el piloto de eficiencia energética en Querétaro y no por los chismes —respondió ella.

Don Ernesto soltó una risa breve, sorprendido.

Sebastián no dijo nada.

Ese fue el patrón durante la primera hora. Él la llevaba hasta un grupo, decía su nombre y su cargo, y luego se retiraba medio paso. La dejaba hablar. La dejaba defenderse. La dejaba equivocarse si iba a equivocarse.

No lo hizo.

Cuando una mujer de apellido Robles le preguntó si Lumina tenía capacidad real para escalar sin sus patentes base, Valentina no negó el golpe.

—Perdimos acceso a dos módulos, no al sistema completo —dijo—. Nuestro valor no está solo en el código vendido por Diego Paredes. Está en la data industrial acumulada, en los modelos de consumo y en el equipo que entiende cómo adaptar el software a fábricas medianas, no solo a corporativos gigantes. Si un inversionista quiere comprar humo, no somos su empresa. Si quiere reducir costos energéticos medibles en plantas reales, sí podemos hablar.

Hubo un silencio distinto.

No amable. Atento.

Un hombre más joven, con lentes y reloj demasiado llamativo, levantó la copa.

—¿Y por qué deberíamos creer que usted puede sostener la empresa después de que su socio la dejó así?

Valentina sonrió apenas.

—Porque sigo aquí. Diego Paredes vendió lo que pudo y huyó. Yo estoy dando la cara frente a ustedes.

Alguien murmuró "bien respondido". No supo quién.

Sebastián seguía a su lado, callado. Valentina no lo miró, pero sintió su atención como una línea caliente en la nuca.

Más tarde, cuando el grupo se dispersó y un posible inversionista le pidió enviar proyecciones, Valentina salió al corredor para respirar. No había ganado nada todavía. Pero tampoco la habían devorado.

Sebastián la alcanzó junto a una columna de cantera.

—Nada mal.

Valentina soltó una risa sin alegría.

—Muy generoso.

—No suelo serlo.

—Lo sé.

El silencio cayó entre los dos, menos filoso que otras veces. Ella se obligó a mirar el salón, no su mano sobre el bastón.

—No intervino.

—Me pediste no hacerlo.

—No se lo pedí hoy.

—No hacía falta.

Valentina no supo qué hacer con eso, así que hizo lo de siempre: se movió.

—Voy al baño.

El baño de mujeres estaba al fondo del corredor, detrás de una puerta pesada con herrajes dorados. Dentro olía a perfume caro y flores frescas. Valentina abrió la llave y dejó correr agua fría sobre sus dedos. En el espejo se veía entera. Cansada, sí. Pero entera.

La puerta se abrió.

Camila Herrero entró como si el lugar le perteneciera. Vestido color marfil, labios rojos, diamantes discretos en las orejas. Sonrió al ver a Valentina, y esa sonrisa no tenía nada que ver con amabilidad.

—Valentina Reyes.

Valentina cerró la llave.

—Camila Herrero.

—Me sorprende que recuerdes mi nombre.

—No suelo olvidar a la gente que habla de mí mientras finge que no estoy oyendo.

Camila soltó una risa suave.

—Vaya carácter. Supongo que eso le divierte a Sebastián.

Valentina tomó una toalla de papel.

—Si tiene algo que decir, dígalo.

Camila se acercó al espejo y acomodó un mechón de cabello que ya estaba perfecto.

—Tú sabes cómo son estos eventos. La gente pregunta. La gente recuerda. Una chica de Oaxaca, una empresa quebrada, entrando del brazo del presidente del Consejo...

—No entré de su brazo.

—Da igual. La historia se cuenta sola.

Valentina tiró la toalla al cesto.

—Entonces deje que la gente se entretenga.

Camila giró hacia ella. La sonrisa seguía ahí, más afilada.

—¿Tú sabes lo que eres para él?

Valentina no respondió.

Camila inclinó la cabeza, satisfecha de haber encontrado el punto exacto.

—Solo una obra de caridad.

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