Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —
Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.
Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.
Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.
Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.
Pero el destino no ha terminado con ella.
Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.
Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.
Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.
Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.
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Capítulo 6
Capítulo 6. Cariño
¿Y si alguna vez había vuelto a buscarme?
La pregunta me siguió hasta Polanco.
Tomás me dejó frente al edificio al atardecer. Yo subí en silencio, con la mochila sobre un hombro y el nombre de Santiago dando vueltas en la cabeza como una moneda que no terminaba de caer. Por eso, cuando las puertas del elevador privado se abrieron y un bulto blanco se me lanzó encima, casi grité.
—¡Cariño!
El samoyedo apoyó las patas delanteras en mi falda y me llenó el suéter de pelos. Tenía la lengua afuera, los ojos brillantes y esa felicidad absurda de los perros que nunca calculan si una persona merece amor antes de entregárselo.
Me agaché para abrazarlo.
—Hola, mi vida. Sí, sí, ya llegué.
Cariño gimió como si yo hubiera vuelto de una guerra y me empujó la mano con el hocico para que lo acariciara detrás de las orejas. El nudo que traía en el pecho desde el campus aflojó un poco.
En ese departamento, Cariño era el único que corría hacia mí sin permiso de nadie.
Rosario apareció desde el pasillo con una toalla en las manos.
—Señorita Solano, perdón. Se escapó de la terraza apenas oyó el elevador.
—No pasa nada.
—El Señor pidió que no lo dejáramos brincar sobre usted.
—El Señor pide muchas cosas.
Rosario apretó la boca para no sonreír. Luego bajó la vista a Cariño, que se había sentado sobre mis zapatos como si planeara impedirme moverme otra vez.
—También pidió que cenara temprano.
—¿Está en casa?
—En el estudio. Llegó hace media hora.
Mi mano se detuvo sobre el pelaje de Cariño.
El perro, traidor con corazón de algodón, levantó la cabeza hacia el pasillo justo cuando Adrián apareció.
No venía con traje. Llevaba una camisa negra con las mangas dobladas y el celular en la mano. Parecía menos intocable así, aunque eso no lo hacía menos peligroso.
—Cariño —dijo.
El perro salió disparado hacia él.
Yo me quedé de rodillas en el piso, viéndolos.
Adrián se agachó para recibirlo. No le dio una palmada seca ni esa caricia distraída que algunas personas reservan para los animales de lujo. Le tomó la cara entre las manos y dejó que el perro le lamiera la barbilla. Incluso murmuró algo que no alcancé a entender, una frase baja, casi ridícula, que no combinaba con el hombre capaz de convertirme en prisionera.
Por eso dolía verlo.
Porque si fuera cruel todo el tiempo, odiarlo sería más limpio.
Cariño le mordisqueó el puño de la camisa y Adrián, en vez de apartarlo, le rascó el pecho hasta que el perro se dejó caer panza arriba.
—Lo malcrías —dije sin pensar.
Adrián levantó la mirada.
—Tú también.
Era verdad. Entre los dos habíamos malcriado al perro con sobras de pollo, paseos a deshoras por la terraza y una cantidad indecente de juguetes que ocupaban media lavandería. Pero decir "entre los dos" en mi cabeza me incomodó tanto que me puse de pie.
—Voy a bañarme.
—Primero cena.
—No tengo hambre.
—Nieves.
Cariño giró la cabeza de uno a otro, como si reconociera el tono de esa pelea repetida.
—Comí en la universidad.
—Papas no cuentan como comida.
Me quedé helada.
—¿Quién le dijo?
Adrián se levantó con calma.
—Tienes sal en los dedos.
Miré mi mano. Era cierto. Una línea de chile en polvo se había quedado cerca de la uña.
Sentí una vergüenza absurda, como si me hubiera leído algo más íntimo que una botana.
—No revise mi vida hasta ese punto.
—Entonces cuida mejor tus mentiras.
Quise contestar, pero Cariño metió el hocico entre los dos y soltó un ladrido corto. Adrián bajó los ojos hacia él.
—No la defiendas.
El perro ladró otra vez.
Yo no pude evitar sonreír.
Adrián me vio sonreír. Su expresión cambió apenas, una grieta mínima, y de pronto la sonrisa se me murió en la boca.
No quería regalarle nada. Ni una risa. Ni un gesto. Ni la prueba de que aún quedaban partes vivas en mí.
Esa noche cené en la barra de la cocina con Cariño acostado sobre mis pies. Adrián comió en silencio al otro lado, revisando documentos en una tableta. Rosario iba y venía con platos, fingiendo no notar que ninguno de los dos sabía habitar la misma habitación sin convertir el aire en una cuerda.
Después, cuando él volvió al estudio, llevé a Cariño a la sala.
—¿Quieres música? —le pregunté.
El perro inclinó la cabeza.
—No me juzgues si sale horrible.
Me senté frente al piano. Cariño se acomodó junto al banco, tan cerca que su pelaje me rozaba el tobillo. Coloqué la mano derecha primero. Una melodía sencilla, de esas que mi madre tocaba cuando lavaba platos y fingía que la cocina era un teatro.
La nota inicial salió limpia.
Luego otra.
Por un momento pensé que podía hacerlo si dejaba la izquierda quieta. Solo la derecha. Solo un pedazo de canción. Algo pequeño para un perro que no conocía mi pasado.
Cariño cerró los ojos.
Entonces, desde el estudio, sonó el celular de Adrián.
No fue el timbre. Fue una vibración sobre madera. Una vibración seca, insistente, idéntica a la que había escuchado la primera vez en la casa de la costa cuando él dejó el teléfono junto a la cama y salió a contestar una llamada que terminó con una puerta cerrándose de golpe.
La costa.
El olor a sal me subió a la garganta antes de que pudiera detenerlo.
Yo no había querido ir aquella primera vez. Lo recordaba con una claridad horrible: el coche saliendo de CDMX antes del amanecer, Tomás evitando mirarme por el espejo, Adrián leyendo documentos como si no llevara a una muchacha de dieciocho años hacia un lugar donde nadie podía oírla.
La villa estaba en la costa del Pacífico, aislada detrás de un camino de tierra y bugambilias. Hermosa, sí. De esas casas que aparecen en revistas: muros blancos, terraza abierta, alberca mirando al mar. Pero lo primero que escuché al bajar del coche fueron las olas golpeando las rocas.
No me parecieron románticas.
Me parecieron dientes.
Esa noche, el mar no dejó de sonar. Aunque cerré las ventanas, aunque me tapé los oídos, aunque conté hasta mil. Cada ola llegaba, rompía y se retiraba como si algo enorme respirara junto a la casa.
Adrián dijo que exageraba.
Después dejó de decir nada.
Yo aprendí que hay lugares que no necesitan barrotes para ser peores que una celda. Solo necesitan estar lejos de todos.
—Nieves.
La voz de Adrián me hizo volver. Estaba en la sala, junto al piano. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
La mano derecha seguía sobre las teclas. La izquierda estaba cerrada contra mi pecho.
Cariño se había levantado y apoyaba el hocico en mi rodilla, inquieto.
—Estoy bien —dije, antes de que preguntara.
Adrián no creyó una sola palabra.
—No toques si te hace daño.
—No es la música.
Su mirada se endureció.
—Entonces qué es.
No respondí.
El mar. La casa. Él.
Todo.
Adrián miró a Cariño, luego el piano, luego mi mano cerrada.
—Mañana salimos temprano.
La frase me puso la piel fría.
—¿A dónde?
Su silencio fue respuesta antes que su voz.
—A la costa.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—No.
Adrián sostuvo mi mirada.
—No era una pregunta.
no no me husto