Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 5
Cap. 05: Una propuesta demasiado conveniente
Pedir un favor resultó más difícil que clavar una llave en la mano de Damián Vega.
Camila caminó hasta la esquina con la citación doblada dentro del bolsillo y la barbilla levantada como si no sintiera a Marta y Nico mirando desde la ventana. Los dos guardias de Sierra Clara se enderezaron al verla acercarse.
El mayor de ellos, un hombre de barba corta y aroma a cuero limpio, inclinó la cabeza.
—Señorita Rojas.
—Necesito enviar un mensaje al alfa Gabriel.
—Por supuesto.
El guardia sacó una libreta de inmediato.
Camila se quedó mirando el papel.
Tan fácil.
En Casa Vega, pedir cualquier cosa implicaba calcular el humor de Damián, la paciencia de Beatriz, las miradas de los criados, el precio que vendría después. Aquí, un guardia de otra manada había sacado papel como si su voz bastara para mover el mundo un centímetro.
—¿Señorita?
Camila carraspeó.
—Diga que acepto... —Se detuvo, irritada consigo misma—. No. Diga que solicito escolta para la audiencia en la residencia Salazar.
El guardia escribió.
—¿Algo más?
Sí.
No.
Demasiado.
Camila apretó los labios.
—Pregunte si esa escolta puede no parecer una escolta.
El hombre levantó la vista.
Por un segundo pareció a punto de sonreír. Tuvo la inteligencia de no hacerlo.
—Entendido.
—Y no escriba que estoy asustada.
—No uso palabras que usted no autoriza.
Camila lo miró con sospecha.
—Ustedes entrenan eso, ¿verdad?
—En Sierra Clara entrenamos para sobrevivir a gente que lee expedientes antes del desayuno.
Ahora fue Camila quien casi sonrió.
—Mis condolencias.
El mensaje regresó en menos de una hora.
No con el guardia.
Con Gabriel Serrano.
Camila estaba en la cocina intentando convencer a Marta de no plancharle el mismo vestido tres veces cuando Nico asomó la cabeza por la ventana y emitió un sonido que no era palabra ni aullido, pero se parecía a ambos.
—Vino.
Marta tiró la plancha.
—¿Quién?
Nico señaló la calle.
Camila no necesitó mirar para saber.
Su loba ya estaba de pie.
Abeto. Café oscuro. Piedra después de la lluvia.
—No puede ser —murmuró Marta, llevándose las manos al cabello—. Esta casa huele a caldo y humedad.
—Es una casa, mamá. Las casas huelen a cosas.
—No cuando entra un alfa.
—No va a entrar.
Camila fue a la puerta antes de que Marta pudiera esconder las sillas viejas o a Nico.
Gabriel estaba frente al umbral, con traje oscuro, abrigo gris y ninguna prisa. A la luz del día parecía aún más solido -> sólido que bajo la lluvia. No más joven, no más suave. Solo más real.
—Camila.
El nombre le bajó por la espalda como una mano que no tocaba.
—Alfa Gabriel.
—Gabriel.
—Todavía no.
Algo cálido cruzó sus ojos.
—Como quiera.
Marta apareció detrás de Camila con una taza en la mano y una expresión que intentaba ser digna.
—Alfa, café.
Camila cerró los ojos.
—Mamá.
—¿Qué? Ya lo serví.
Gabriel miró la taza, luego a Camila.
—Si la señora Rojas lo permite, lo acepto en el patio. Así no invado la casa.
Marta quedó encantada.
Camila quedó atrapada.
El patio de los Rojas era apenas un rectángulo de tierra con macetas de chile, una cuerda de ropa y una mesa coja. Gabriel se sentó en la silla que Camila revisó dos veces antes de ofrecerle. No hizo ningún comentario sobre la madera vieja. Tomó el café como si no supiera que estaba quemado y demasiado dulce.
Nico fingía leer en la ventana.
Marta fingía no vigilar desde la cocina.
Camila no fingía nada. Se sentó frente a Gabriel con la espalda recta.
—No quería que viniera personalmente.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué vino?
—Porque su audiencia fue trasladada a territorio Salazar. Eso cambia la naturaleza del riesgo.
Camila frunció el ceño.
—Creí que los Salazar eran aliados.
—Lo son. Pero Elena Salazar está prometida a Damián Vega. Su familia pidió observar para evitar un escándalo mayor antes de la unión formal.
—¡Qué considerados!
Gabriel bebió café.
No hizo mueca.
Camila respetó eso.
—No todos en la manada Salazar quieren proteger a Vega —dijo él.
—Pero todos quieren saber qué tan hondo llega el problema antes de permitir que Elena entre en esa casa.
Camila pensó en la mujer del salón. Elena había tenido la voz suave cuando intercedió por ella frente a la espada de Damián en la versión original de su vida, o al menos así la recordaba ahora en este nuevo orden de cosas: una mujer criada para calmar, para sonreír, para no mancharse.
—Ella estaba allí cuando Damián dijo que podían transferirme.
—Sí.
—No dijo nada.
Gabriel dejó la taza sobre la mesa.
—A veces el silencio es cobardía. A veces es entrenamiento.
Camila lo miró.
—Usted siempre habla como si estuviera dictando sentencia.
—Defecto profesional.
—Debe ser agotador.
—Lo es para los culpables.
Camila bajó la mirada antes de sonreír demasiado.
Gabriel la vio. Ella supo que la vio. El calor bajo su piel despertó otra vez, absurdo e inoportuno.
Para no pensar en eso, sacó la citación.
—Necesito una escolta que no parezca escolta.
—Puedo llevarla en mi coche como testigo protegida.
—Eso parece escolta.
—Puedo enviar a dos betas vestidos como asistentes.
—Eso también parece escolta.
—Puedo caminar con usted.
Camila levantó la vista.
Gabriel no sonreía.
Peor. Hablaba en serio.
—Eso parece otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No se haga el inocente, alfa.
Ahora sí sonrió un poco.
—No suelo recibir esa acusación.
—Entonces la gente de Sierra Clara es demasiado amable.
Gabriel apoyó los antebrazos en la mesa. No invadió su espacio, pero la atención se volvió más cerrada.
—Camila, Damián intentará convertir cualquier cosa en prueba de que usted está manipulada por mí. Si voy lejos, dirá que la abandoné. Si voy cerca, dirá que la reclamo. Lo único que importa es que usted sepa cuál es la verdad.
—¿Y cuál es?
La pregunta se le escapó.
Gabriel la sostuvo con calma.
—Que usted pidió protección legal. No pertenencia.
La garganta de Camila se apretó.
—Bien.
—Pero hay algo más.
—Siempre hay algo más.
—Damián no puede reclamarla como pareja destinada porque no lo es. Pero puede intentar reclamarla como antigua loba de servicio si demuestra que su liberación fue inválida y que usted depende económicamente de Vega.
Camila pensó en el dinero sobre la mesa, en la firma de Marta, en los libros de Nico.
—Ya corté eso.
Gabriel inclinó la cabeza.
—¿Cómo?
—Mi madre firmó que ninguna deuda familiar puede obligarme a servicio, matrimonio o juramento.
Esta vez la sorpresa en su rostro fue real.
—¿Hizo redactar un documento?
—Lo redacté yo.
—¿Tiene testigo?
—Mi hermano.
—¿Edad?
—Catorce.
Gabriel cerró los ojos un instante.
Camila se cruzó de brazos.
—No se burle.
—No me burlo. Estoy intentando no corregirlo sin haberlo visto.
—Eso suena peor.
—Probablemente lo esté.
Camila entró por la hoja. Marta intentó interceptarla con una mirada de horror, pero ya era tarde. Camila regresó al patio y puso el documento frente a Gabriel.
El alfa lo leyó con atención absoluta.
No se rió de la letra de Nico. No hizo comentarios sobre la tinta corrida. No la miró con lástima.
—La intención es buena —dijo al fin.
—Eso significa que el papel es malo.
—Significa que puedo mejorarlo.
Camila extendió la mano.
—No.
Gabriel soltó la hoja de inmediato.
El gesto le pegó en algún lugar blando.
Camila se obligó a seguir.
—Puede decirme qué cambiar. Yo lo escribo.
—De acuerdo.
—Y no me cobre.
—No había pensado hacerlo.
—La gente siempre piensa cobrar después.
—Yo cobro a quienes pueden pagar y a quienes deben pagar. Usted, por ahora, no es ninguna de las dos cosas.
Camila no supo si agradecer u ofenderse.
Eligió comer.
Tomó un pan dulce de un plato y le ofreció otro con brusquedad.
—Tome. Para que el café no le destruya el alma.
Desde la cocina, Marta hizo un sonido indignado.
Gabriel aceptó el pan.
—Gracias.
—No es agradecimiento. Es prevención.
—La ley también tiene mucho de eso.
—Vuelve a dictar sentencia.
—Vuelve a alimentarme.
Camila lo miró.
Él lo dijo tan tranquilo que tardó medio segundo en entender la insinuación.
No era una insinuación vulgar. No exactamente. Pero su loba sí la entendió como cercanía, como calor, como un hilo invisible tensándose entre la mesa coja y la piel de ambos.
Camila mordió su pan para no responder.
Gabriel bajó la mirada al suyo, y por primera vez desde que lo conoció, pareció luchar contra una sonrisa completa.
Nico se cayó de la ventana.
Marta gritó.
La tensión se rompió.
Camila se levantó de golpe.
—¡Nico!
—Estoy bien —dijo el chico desde el suelo, con la dignidad destruida—. El marco estaba flojo.
—El marco tiene cuarenta años y nunca se cayó solo.
Gabriel se puso de pie, pero no entró a ayudar hasta que Camila lo miró.
—Puede.
Entonces el alfa cruzó el patio y ayudó a Nico a levantarse como si fuera un testigo importante y no un adolescente avergonzado con polvo en el cabello.
Nico lo miró con adoración inmediata.
Camila vio el peligro y se adelantó.
—No.
—No dije nada —protestó Nico.
—Lo ibas a decir.
—Solo iba a preguntar si los alfas de Sierra Clara entrenan con espadas de plata.
—Eso es decir algo.
Gabriel respondió antes de que Camila pudiera taparle la boca a su hermano.
—No entrenamos cachorros sin permiso familiar.
Nico miró a Camila.
Camila miró a Gabriel.
—Muy diplomático.
—Sobreviví a muchos expedientes.
Marta apareció con más café, ya resignada a que un alfa juez estuviera en su patio hablando con su hijo de armas y comiendo pan dulce barato.
Por unos minutos, la casa pareció otra cosa.
No rica.
No segura del todo.
Pero respirable.
Cuando Gabriel se preparó para irse, Camila lo acompañó hasta la puerta. Afuera, la luz de la tarde había vuelto dorada la calle. Los guardias de Sierra Clara seguían a distancia.
—Iré a la audiencia como representante del tribunal —dijo Gabriel—. No como su escolta personal.
—Eso suena conveniente.
—Lo es.
—¿Y si necesito una escolta personal?
La pregunta salió más baja.
Gabriel la miró.
El aire entre ambos cambió. Otra vez ese calor bajo la piel. Esa sensación de que la loba de Camila reconocía un camino que ella todavía no quería nombrar.
—Entonces tendrá que pedírmela.
Camila tragó saliva.
—¿Y usted aceptaría?
—Sí.
Demasiado rápido.
Demasiado claro.
Camila miró hacia la calle para que no se le notara en la cara.
—Eso también es peligroso.
—Lo sé.
—Para mí.
—También para mí.
Ella volvió a mirarlo.
Gabriel no retiró la frase.
No explicó.
No la llenó de promesas.
Solo la dejó allí, honesta y pesada.
Camila pensó en Marta diciendo que un alfa no caminaba bajo la lluvia por cualquiera. Pensó en Damián diciendo que ella era Vega. Pensó en la audiencia, en Elena Salazar, en todas las personas listas para medir cuánto valía una de bajo rango con una carpeta mojada.
Y pensó, con una claridad que la molestó, que un esposo fuerte cerraría muchas bocas.
Un esposo de Sierra Clara cerraría casi todas.
La idea era práctica.
Solo práctica.
—Alfa Gabriel.
—Camila.
—Sus guardias...
Él esperó.
Camila se obligó a terminar.
—¿Alguno está casado?
Por primera vez, Gabriel Serrano perdió el control de su expresión.
No mucho.
Pero lo suficiente.
Sus ojos se estrecharon, no de enojo, sino de una incredulidad tan seca que Camila sintió ganas de reírse.
—¿Mis guardias?
—Necesito opciones.
—¿Opciones?
—Si Vega intenta usar matrimonio, dependencia o falso reclamo, yo también puedo usar matrimonio, independencia y reclamo verdadero. Legal, quiero decir.
Gabriel la miró como si acabara de convertir un cuchillo de cocina en argumento jurídico.
—Entiendo.
—Entonces, ¿alguno?
—No.
Camila levantó las cejas.
—¿Ninguno?
—Ninguno adecuado.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Fue la respuesta que recibió.
Ahora sí, Camila sonrió.
Gabriel bajó la voz.
—No busque un marido como quien busca un cerrojo, Camila.
—¿No es eso lo que hacen todas las mujeres cuando los hombres se vuelven puertas rotas?
El silencio se asentó entre los dos.
Gabriel la miró con una seriedad que no la aplastó.
—Si algún día pide mi ayuda para cerrar una puerta, la ayudaré. Pero no la convertiré en otra habitación cerrada.
Camila sintió que el pecho le dolía.
No el dolor de Damián.
Otro.
Más peligroso.
—Nos vemos mañana, alfa Gabriel.
—Mañana, Camila.
Él se fue.
Camila entró a la casa con la nota en el bolsillo, el documento corregido en la mano y el corazón haciendo una estupidez contra las costillas.
Marta la esperaba en la cocina.
—¿Y?
Camila tomó otro pan dulce.
—Ningún guardia sirve.
Marta la miró sin entender.
Nico, desde la ventana rota, preguntó:
—¿Para entrenar?
—Para casarme.
Marta se sentó de golpe.
Camila mordió el pan.
Sabía que era mala idea.
Lo terrible era que, por primera vez en mucho tiempo, una mala idea no olía a jaula.
Olía a abeto bajo la lluvia.