Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22
Gael
Antes de que todo se convirtiera en un caos, había algo que me estaba causando más gracia de la que debería.
Alejandra.
La supuesta mejor amiga de Valentina había decidido coquetear conmigo desde que llegamos.
Y no lo hacía precisamente de manera discreta.
—¿Siempre eres así de serio o solo cuando estás conmigo? —me preguntó, apoyándose ligeramente en la mesa.
—Siempre.
—Qué lástima. Yo podría hacerte sonreír.
La miré.
—Ya lo estás intentando demasiado.
Ella sonrió.
—Tal vez me gustan los retos.
—Eso parece.
Unos minutos después volvió a acercarse.
—¿Sabes? El negro te queda muy bien.
—Gracias.
—Aunque creo que sin corbata te verías mucho mejor.
—Es posible.
—Podría ayudarte a quitártela.
La miré durante un segundo.
—No hace falta.
Ella soltó una risita.
—Eres difícil.
—Eso me dicen.
No podía creerlo.
Una persona que decía ser amiga de Valentina estaba intentando coquetear descaradamente con el hombre que protegía a su amiga.
Me parecía, como mínimo, extraño.
Y yo no confiaba en las casualidades.
—Alejandra, ¿verdad?
—Sí —respondió de manera insinuante.
La observé con atención.
Había algo en su voz que me resultaba conocido.
Miré por encima de su hombro.
Valentina estaba hablando con Helenita.
Volví a mirar a Alejandra.
—Tu voz se me hace conocida de algún lado.
Por primera vez perdió un poco la sonrisa.
—Soy una modelo famosa.
—No es por tu trabajo.
Su expresión cambió.
—¿Entonces?
—Tú llegaste hace una semana, ¿verdad?
Palideció.
—No.
—¿No?
—Yo llegué hoy.
La observé unos segundos.
—De pronto me confundí.
—Sí. De pronto.
—Adiós.
Me alejé sin darle oportunidad de continuar.
Saqué el teléfono y le escribí a Thiago.
"Investiga la relación de Alejandra con Augusto Montenegro."
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Hay movimientos cerca de la casa. No te alejes de Valentina."
Fruncí el ceño.
Escribí:
"Ten listo el plan B."
La respuesta apareció unos segundos después.
"Sí, hermanito."
Guardé el teléfono.
Entonces los vidrios se rompieron y el humo lleno el espacio.
---
Todo sucedió demasiado rápido.
El vidrio de las ventanas explotó.
Las luces se apagaron.
El humo comenzó a llenar el salón.
Los gritos se mezclaron con los disparos.
Cubrí a Valentina con mi cuerpo, cada fragmento de vidrio cayó sobre mí.
La tomé de la mano.
—¡Vamos!
—¡Mis padres!
—¡Muévete!
—¡Alejandra está...!
Me detuve en seco.
La miré.
—¿Qué?
Ella estaba aterrada.
—Mi amiga.
La tomé del rostro con ambas manos.
—Escúchame.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No te va a pasar nada, ¿sí?
Asintió.
Me quité el saco y se lo puse sobre los hombros.
—No sueltes mi mano.
—Gael...
—Si te suelto por algún motivo, sostente de mi ropa. ¿Entendido?
—Sí.
Me dio un beso rápido.
Me quedé sorprendido durante un segundo.
A pesar del humo y del caos, no pude evitar reír.
—¿En serio?
—Necesitaba hacerlo.
—Estás loca.
Le di otro beso.
—Ahora sí. Vamos.
La tomé de la mano.
—Agáchate.
Ella obedeció.
Me arrodillé y le quité los tacones.
—¡Gael!
—No vas a correr con eso.
Saqué del vehículo un par de zapatos bajos que llevaba preparados para ella.
Los había llevado, aunque Valentina es una experta usando tacones, y los ama, una cosa era una pasarela o ciudad y, otra muy diferente tener que correr con un vestido ceñido al cuerpo y tacones en medio de la noche.
Ella se los puso rápidamente.
—Qué prevenido eres.
—Empiezo a conocerte.
Me puse de pie.
Ella se sujetó de mi espalda mientras avanzábamos.
—No me sueltes.
—No pienso hacerlo.
---
Salimos por una zona lateral y llegamos a las caballerizas.
—¿Seguro que este camino es bueno? —preguntó.
—¿Seguro de qué?
—Del camino.
—Esta era mi finca.
—Tienes razón.
—La conozco mejor que nadie.
Y era verdad.
Conocía cada sendero, cada desnivel, cada entrada.
Sabía dónde estaban los puntos ciegos y cuáles eran las rutas de evacuación.
Por eso aquella finca seguía siendo un lugar seguro para la familia.
El problema era que alguien había convertido la celebración en una trampa.
Se escucharon varios disparos.
Saqué mi arma.
—Quédate detrás de mí.
La cubrí con el brazo y avanzamos agachados.
Otro disparo.
Después otro.
Sentí un golpe seco en el costado izquierdo.
Por un instante pensé que alguien me había empujado.
Después llegó el dolor.
Miré hacia abajo.
Sangre.
Una bala me había alcanzado.
—Gael...
—Sigue caminando.
La sujeté con más fuerza.
No iba a detenerme.
No mientras ella estuviera conmigo.
Subimos por una pequeña colina que daba hacia la parte posterior de la propiedad.
Entonces escuchamos una explosión.
Nos giramos.
La casa estaba envuelta en fuego.
—Puta mierda...
Valentina gritó.
—¡Mamá! ¡Papá!
Intentó correr hacia la casa.
La detuve.
—¡No!
—¡Tengo que volver!
—¡Tus padres tuvieron que ser evacuados!
—¡No lo sé!
—Existe un protocolo de emergencia.
—¡Pero...!
—Valentina, mírame.
Ella se giró.
Estaba llorando.
—Tu familia tiene un equipo de seguridad preparado para situaciones como esta. Si siguen el protocolo, ya están fuera.
Ella puso las manos sobre mi cintura.
Entonces sintió la sangre.
Sus ojos se abrieron.
—Estás herido.
—Vamos.
—¿Por qué no tenías chaleco?
—Porque no había.
—¿Y Thiago?
—Está con Helenita.
Sentí alivio al recordar que ella estaba fuera de peligro.
Entonces escuché un motor.
Una camioneta apareció detrás de nosotros.
Thiago bajó.
—¡Suban!
Ayudé a Valentina a entrar y después subí yo.
Thiago miró mi camisa ensangrentada.
—Ese hijo de perra de Augusto...
Lo miré inmediatamente.
—Ahora no.
—Gael...
—Sácanos de aquí.
Thiago arrancó.
Presioné la herida con mis manos y la camisa doblada en un extremo.
El dolor comenzaba a intensificarse.
Valentina estaba a mi lado.
No dejaba de mirarme.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si estuviera muriéndome.
—¡Estás sangrando!
—Todavía puedo discutir contigo.
—Eso no significa nada.
Thiago soltó una carcajada.
—Definitivamente estás bien.
—Cállate y conduce.
---
Cuando llegamos a la finca, las puertas se abrieron inmediatamente.
Todo estaba preparado.
Personal esperando.
Vehículos listos.
Martha apareció en la entrada.
Primero miró a Valentina.
Después a mí.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó?
—Una bala.
—Entra.
Me sentó en una silla.
Valentina permaneció detrás de mí.
Martha miró mi camisa.
Después miró a Valentina.
—Tú eres la hija de Augusto Montenegro.
Valentina tragó saliva.
—Sí.
Martha soltó el aire lentamente.
—Con razón me dabas mala espina.
—¡Martha! —protesté.
—No ahora, Gael.
Thiago me abrió la camisa por completo.
La herida estaba en el costado.
La sangre salía de manera constante.
Martha se acercó.
—Hace mucho que no hago esto.
—¿Qué?
—Hace mucho dejé la profesión de enfermería.
La miré.
—Martha, solo sácala.
—Eso intento.
Valentina comenzó a llorar.
Thiago la miró.
—Creo que sería bueno que mordieras algo.
Ella lo miró horrorizada.
—¿Por qué?
—Porque eso se ve horrible.
Y salió de la habitación.
—Cobarde —murmuré.
Martha empezó a trabajar.
El dolor fue inmediato.
—¡Mierda!
—Quédate quieto.
—Estoy quieto.
—No lo suficiente.
Sentí las pinzas.
Apreté los dientes.
—Aquí está.
Martha levantó el proyectil.
—Por poco y te perfora el intestino.
Cerré los ojos durante un segundo.
—Perfecto.
—Acuéstate.
—Tengo que...
—Te vas a acostar.
No discutí.
Con Martha no valía la pena.
Me administró medicamentos y preparó todo para cerrar la herida.
Entonces escuché el teléfono de Valentina.
Ella contestó.
—¿Sí?
Su expresión cambió.
—¿Todos están bien?
Escuchó unos segundos.
Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.
—¿Mamá?
Se quedó en silencio.
Después respiró profundamente.
—¿Y papá?
Me incorporé ligeramente.
Ella me miró.
—Están bien.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que comenzaron los disparos, pude respirar tranquilo.
—¿Alejandra?
Valentina volvió a escuchar.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué?
Silencio.
—¿Cómo que no saben dónde está?
Martha y yo nos miramos.
Thiago apareció nuevamente en la puerta.
—¿Qué pasó?
Valentina bajó lentamente el teléfono.
—Mi mamá y mi papá están a salvo.
—Eso es bueno —dijo Thiago.
Ella negó con la cabeza.
—Pero no encuentran a Alejandra.
El silencio cayó sobre la habitación.
Yo recordé inmediatamente nuestra conversación.
Su voz.
Su reacción.
La mentira sobre cuándo había llegado.
Y la extraña sensación de haberla escuchado antes.
Miré a Thiago.
Él entendió lo mismo.
—Gael... —dijo.
—Lo sé.
Valentina nos observó.
—¿Qué saben?
No respondí.
Porque todavía no tenía pruebas.
Pero una cosa comenzaba a quedar demasiado clara.
Viktor no era el único que había estado jugando con nosotros.
Y mientras Martha terminaba de cerrar mi herida, solo podía pensar en una pregunta.
¿Dónde estaba realmente Alejandra cuando comenzaron los disparos?