Rhyne es un guía omega de fuego, Rango F, descartado por el Imperio Aethelgard que teme su llama. Zarek Thorne es el centinela de hielo más poderoso —y más condenado— de su generación. Cuando un frenesí los enfrenta, el Sistema NEXUS-7 sella entre ellos una resonancia del 100%. Un lazo imposible. Un mariscal que nunca se arrodilla. Un guía que el mundo quiso apagar. Y una llama que, una vez encendida, no pide permiso para arder.
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EPISODIO 22: TRES DÍAS PARA EL INFIERNO
TRES DÍAS PARA EL INFIERNO
La cabaña en la Frontera Norte nunca había sentido tanta tensión en sus paredes de madera.
El niño —que Rhyne había empezado a llamar "Elian" después de que el pequeño murmurara ese nombre entre sollozos— estaba sentado en el centro de la sala, envuelto en la capa de Zarek. Sus ojos dorados, ahora más suaves pero aún brillantes con fiebre, observaban todo con la curiosidad temerosa de un cachorro acorralado.
Rhyne estaba en el sofá, con una manta sobre las piernas y una taza de té que no podía beber. Las náuseas del embarazo se habían intensificado esa mañana, y el aroma dulce y empalagoso de Elian no ayudaba.
Zarek estaba de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y los ojos grises fijos en el niño. Sus feromonas a hielo y cedro llenaban la habitación, creando un perímetro invisible de protección alrededor de Rhyne.
—Bien —dijo Zarek, su voz plana y controlada—. Primer día. Elian, necesito que intentes bajar tu temperatura corporal.
El niño lo miró con ojos grandes.
—No sé cómo —susurró Elian, su voz pequeña y quebrada—. El fuego... el fuego no me obedece. Me obedece a él.
Señaló su propio pecho, donde bajo la piel brillaba débilmente la luz azul del fragmento del Nexus Prime.
Rhyne sintió un escalofrío.
—¿A él? —preguntó Rhyne, inclinándose hacia adelante—. ¿Quién es "él", Elian?
El niño bajó la mirada, sus pequeños dedos retorciéndose en la tela de la capa.
—La voz en mi cabeza —murmuró Elian—. Dice que soy suyo. Dice que debo arder para él.
Zarek tensó la mandíbula. Un gruñido bajo, puramente Alfa, vibró en su pecho. Sus feromonas se volvieron más densas, más frías, como si intentara congelar la propia idea de que algo amenazara a su manada.
—Esa voz no es real —dijo Zarek, su voz gélida—. Es un eco. Un parásito. Y no te va a tocar.
Elian levantó la vista, sus ojos dorados brillando con lágrimas.
—Pero duele cuando no la obedezco...
Rhyne se levantó del sofá, ignorando las náuseas y la advertencia silenciosa de Zarek. Caminó hacia el niño y se arrodilló frente a él, quedando a su altura.
—Elian, mírame —dijo Rhyne suavemente—. Yo también escuché voces. Voces que me decían que era un arma, que debía quemar, que no merecía vivir. Pero te voy a decir un secreto.
El niño lo miró con curiosidad.
—Las voces mienten —susurró Rhyne, posando una mano sobre el pecho del niño, justo donde brillaba el núcleo—. Tú no eres suyo. Eres mío. Eres de Zarek. Eres de Cassian. Eres de la manada. Y la manada no te va a dejar arder solo.
Elian sollozó, inclinando la cabeza hasta que su frente tocó la de Rhyne.
—Tengo miedo...
—Lo sé, pequeño. Lo sé.
Zarek observaba la escena desde la chimenea. Sus ojos grises seguían cada movimiento de Rhyne, cada respiración, cada parpadeo. La posesividad del Mariscal estaba al máximo: su pareja embarazada estaba arrodillada frente a otro omega, exponiendo su cuello, su vientre, su vulnerabilidad. El instinto Alfa le gritaba que separara a Rhyne, que lo marcara de nuevo, que reclamara su territorio.
Pero Zarek no se movió.
Porque entendía algo que ningún otro Alfa en el Guideverse habría entendido: a veces, la posesividad más profunda no es retener, sino confiar.
Aun así, cuando Rhyne se levantó y volvió al sofá, Zarek cruzó la habitación en dos zancadas y se arrodilló frente a él, sus manos grandes cubriendo las rodillas del omega.
—¿Estás bien? —preguntó Zarek, su voz ronca, sus ojos escaneando el rostro de Rhyne en busca de cualquier signo de dolor o incomodidad—. ¿Te afectaron sus feromonas? ¿El bebé...?
—Estamos bien, Zarek —dijo Rhyne, sonriendo suavemente y acariciando la mejilla del Mariscal—. Solo estoy cansado. Y tengo náuseas.
Zarek cerró los ojos, inhalando profundamente el aroma de Rhyne. Ceniza, sal, leche y miel. El olor de su pareja, de su cachorro, de su hogar.
—Descansa —ordenó Zarek, besando la palma de Rhyne—. Yo me encargo de él.
Rhyne asintió, recostándose en el sofá y cerrando los ojos. Zarek se quedó arrodillado a su lado durante varios minutos, simplemente respirando su aroma, antes de levantarse y caminar hacia Elian.
El niño lo miró con cautela, sus ojos dorados brillando con desconfianza.
—Siéntate —dijo Zarek, señalando el suelo frente a él.
Elian obedeció, cruzando las piernas pequeñas.
Zarek se sentó frente a él, manteniendo una distancia respetuosa pero firme.
—Vas a aprender a controlar tu fuego —dijo Zarek, su voz plana, sin rastro de la ternura que usaba con Rhyne—. No porque yo te lo ordene. Sino porque si no lo haces, vas a lastimar a la persona que más amas en este mundo.
Elian parpadeó, confundido.
—¿A quién?
Zarek señaló a Rhyne, dormido en el sofá.
—A él. Es tu hermano. Y está llevando un cachorro. Si tu fuego se descontrola, los matas a ambos.
Los ojos de Elian se abrieron de par en par. Miró a Rhyne, luego a su propio pecho, y luego a Zarek.
—No... no quiero hacerles daño...
—Entonces escúchame bien —dijo Zarek, inclinándose hacia adelante, sus ojos grises clavados en los dorados del niño—. El fuego no te controla. Tú controlas el fuego. Es una herramienta, no un amo. Y si esa voz en tu cabeza te dice lo contrario...
Zarek levantó su mano derecha. El hielo brotó de su palma, formando un copo de nieve perfecto, brillante, que flotó en el aire entre ellos.
—...le dices que el hielo siempre se apaga al fuego. Y que yo estoy aquí.
Elian miró el copo de nieve, fascinado. Lentamente, extendió su pequeña mano hacia él. En el momento en que sus dedos tocaron el hielo, el copo se derritió, convirtiéndose en una gota de agua que cayó sobre su palma.
El niño sonrió. Una sonrisa pequeña, tímida, pero real.
—Lo hice... —susurró Elian, mirando la gota en su mano—. Lo derretí.
—Bien —dijo Zarek, asintiendo una vez—. Ahora hazlo de nuevo.
Durante las siguientes horas, Zarek y Elian trabajaron en silencio. El Mariscal enseñaba con paciencia metódica, creando pequeños copos de nieve que el niño debía derretir con su calor. Cada vez que Elian lo lograba, Zarek asentía. Cada vez que fallaba y el fuego se descontrolaba, Zarek lo contenía con su hielo, sin gritar, sin castigar.
Rhyne observaba desde el sofá, con una mano sobre su vientre, sintiendo una paz extraña en medio del caos.
Pero esa paz se rompió cuando Elian gritó.
Fue un grito agudo, doloroso, que hizo que Rhyne se incorporara de golpe. Zarek ya estaba en movimiento, arrodillado frente al niño, sus manos sobre sus hombros.
—¡Elian! ¿Qué pasa?
El niño se agarraba el pecho, sus ojos dorados muy abiertos, llenos de terror.
—¡La voz! —sollozó Elian, su cuerpo temblando—. ¡La voz está gritando! ¡Dice que debo arder! ¡Dice que debo destruirlos!
-【SISTEMA NEXUS-7 - ALERTA CRÍTICA】
-【FRAGMENTO DEL NÚCLEO: ACTIVIDAD ANÓMALA DETECTADA】
-【NIVEL DE ENERGÍA: 45%... 60%... 75%...】
-【ADVERTENCIA: EL NÚCLEO ESTÁ INTENTANDO TOMAR CONTROL DEL HUÉSPED】
Rhyne corrió hacia ellos, ignorando las náuseas y el mareo.
—¡Elian, mírame! —gritó Rhyne, posando sus manos sobre las mejillas del niño—. ¡Escucha mi voz! ¡No la suya!
Pero Elian no lo escuchaba. Sus ojos dorados comenzaron a brillar con una intensidad cegadora, y el calor en la habitación subió diez grados en un segundo.
Zarek gruñó, sus feromonas a hielo explotando en la habitación, intentando contrarrestar el fuego.
—¡Rhyne, aléjate! —ordenó Zarek, sus ojos grises oscureciéndose—. ¡Se está descontrolando!
—¡No! —gritó Rhyne, negando con la cabeza—. ¡No lo dejes solo! ¡Zarek, el lazo! ¡Úsalo!
Zarek entendió al instante. Cerró los ojos y activó el lazo invertido. No para darle poder a Rhyne, sino para anclarlo*ñ. Para recordarle al niño que no estaba solo, que había una manada, que había amor.
Rhyne sintió el frío de Zarek en su mente, y lo usó. Inhaló profundamente y dejó que su aroma a ceniza, sal, leche y miel llenara la habitación. No era un aroma de poder. Era un aroma de hogar.
—Elian —susurró Rhyne, su voz resonando con una calma absoluta—. Huele esto. Huele a casa. Estás en casa.
El niño parpadeó. Sus ojos dorados, brillando con furia, se clavaron en los marrones de Rhyne.
—Hermano... —sollozó Elian, su voz quebrada—. Duele...
—Lo sé, pequeño. Lo sé. Pero no estás solo.
Rhyne lo abrazó, ignorando el calor abrasador que le quemaba la piel. Zarek los envolvió a ambos con sus brazos, su hielo creando una burbuja protectora alrededor de los tres.
Poco a poco, el fuego de Elian comenzó a apagarse. Sus sollozos se transformaron en suspiros. Sus ojos dorados se cerraron, y el niño colapsó contra el pecho de Rhyne, agotado.
Zarek los sostuvo a ambos, sus brazos temblando por el esfuerzo, sus feromonas a hielo y cedro llenando la habitación con una promesa silenciosa: Nadie los va a lastimar. Nadie.
Rhyne levantó la vista hacia Zarek, agotado, con el niño dormido en sus brazos.
—El núcleo... —susurró Rhyne, su voz temblando—. Está despertando, Zarek. Y no se va a detener.
Zarek besó la sien de Rhyne, sus ojos grises brillando con una determinación feroz.
—Entonces lo destruiremos —dijo Zarek, su voz gélida y absoluta—. Juntos.
Pero mientras Zarek sostenía a su pareja y al niño, Cassian, que había estado observando desde la esquina de la habitación, miró su propia mano izquierda. La luz azul bajo su piel brillaba con más fuerza que nunca.
Y en su mente, una voz susurró:
"Pronto, Sujeto 02. Pronto serás libre."