Segunda parte
Isabella creía haber dejado atrás los secretos del pasado, hasta que un contrato inesperado la obliga a unir su destino con el misterioso heredero Blackwood.
Un matrimonio por conveniencia, una regla que no pueden romper y sentimientos que jamás estuvieron en el contrato. 💍❤️
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Capítulo 5 — El heredero que debía estar muerto
Isabella no podía apartar los ojos de aquella fotografía.
La imagen era clara.
No había dudas.
El hombre que aparecía detrás de ellos era el padre de Damián.
El mismo hombre cuyo funeral se había celebrado años atrás.
El mismo hombre cuya muerte había sido confirmada por médicos, documentos y autoridades.
El mismo hombre que Damián había llorado durante años.
—No puede ser él —murmuró Damián.
Isabella lo miró.
—Pero tú lo reconoces.
—Sí.
Damián tomó la fotografía con manos temblorosas.
La observó durante varios segundos.
—Es mi padre.
Isabella tragó saliva.
—Entonces está vivo.
Damián negó lentamente.
—No sé qué creer.
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Sobre la mesa seguía la caja que habían encontrado en el sótano.
Isabella tomó la carta.
El sobre llevaba su nombre.
“Para Isabella. Solo abrir cuando el contrato haya sido firmado.”
Ella miró a Damián.
—Esto fue escrito para nosotros.
—Ábrelo.
Isabella rompió cuidadosamente el sello.
Dentro había varias hojas.
Comenzó a leer.
> “Si estás leyendo esto, significa que finalmente firmaste el contrato con un Blackwood.”
Isabella levantó la mirada.
—Tu abuelo sabía que esto iba a suceder.
Damián permaneció serio.
—Continúa.
Ella siguió.
> “No confíes en las apariencias. El verdadero peligro no está en quien lleva nuestro apellido, sino en quien ha pasado años utilizando nuestros apellidos para esconderse.”
Isabella sintió un escalofrío.
> “El hombre que todos creen muerto no murió.”
Damián cerró los ojos.
—Mi padre.
Isabella continuó.
> “Pero tampoco es el único que sobrevivió.”
Las manos de Isabella se quedaron quietas.
—¿Qué significa eso?
Damián negó.
—No lo sé.
Ella siguió leyendo.
> “Cuando llegue el momento, busca a la persona que tenga la segunda mitad del símbolo.”
Isabella observó la hoja.
El conocido círculo atravesado por una línea aparecía dibujado al final.
Pero había algo diferente.
Debajo había otro pequeño símbolo.
Una segunda mitad.
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—Tenemos que encontrarla —dijo Isabella.
—¿A quién?
—A la persona que tiene la otra mitad.
Damián tomó la carta.
—No sabemos quién es.
—Entonces empezamos por los archivos.
—Los archivos de mi familia fueron destruidos.
—No todos.
Damián la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Isabella señaló la caja.
—Tu abuelo escondió esto durante años. Si preparó todo para nosotros, seguramente dejó más pistas.
Damián asintió.
—Entonces buscamos.
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Pasaron las siguientes horas revisando documentos.
Cada fotografía parecía esconder una pieza del rompecabezas.
Hasta que Isabella encontró un pequeño registro.
Era una lista de nombres.
Había cuatro personas marcadas con una estrella.
Una de ellas era el padre de Damián.
Otra era el abuelo de Isabella.
La tercera era Mónica.
Y la cuarta…
Isabella se quedó inmóvil.
—Damián.
Él se acercó.
—¿Qué?
Ella señaló el nombre.
Alexander.
Damián frunció el ceño.
—¿Alexander?
Isabella sintió que algo no estaba bien.
—¿Por qué estaría él en esta lista?
—No lo sé.
—Es mi familia.
—Lo sé.
—Y ha estado a mi lado desde el principio.
Damián tomó el documento.
—No significa que esté involucrado.
—Pero tampoco podemos ignorarlo.
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El teléfono de Isabella comenzó a sonar.
Era Alexander.
Ella contestó.
—¿Hola?
—¿Dónde estás?
Isabella miró a Damián.
—Estoy con él.
Hubo silencio.
—¿Con Damián?
—Sí.
Alexander tardó unos segundos en responder.
—Isabella, tienes que volver a casa.
—¿Por qué?
—Encontré algo.
—¿Qué?
—Una persona está buscando los documentos de tu abuelo.
Isabella se puso seria.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Dónde estás?
Alexander no respondió.
—Alexander.
La llamada terminó.
Isabella miró el teléfono.
—Algo pasa.
Damián tomó las llaves.
—Vamos.
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Cuando llegaron a la fundación, encontraron a Alexander en la biblioteca.
Estaba solo.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Isabella.
Alexander cerró la puerta.
—Encontré esto.
Le entregó un pequeño dispositivo.
—¿Qué es?
—Una grabación.
Damián lo observó.
—¿De dónde salió?
—Estaba escondido dentro de uno de los libros antiguos.
Isabella lo conectó a una computadora.
La grabación comenzó.
La voz era antigua.
Era la voz del abuelo de Isabella.
—Si están escuchando esto, significa que alguien volvió a buscar el archivo original.
La grabación se detuvo unos segundos.
Después continuó.
—No confíen en ningún miembro de la familia Blackwood.
Damián quedó inmóvil.
Isabella lo miró.
—Espera.
La grabación continuó.
—Excepto uno.
Todos guardaron silencio.
—El heredero que reciba el contrato deberá proteger a Isabella aunque eso signifique perderlo todo.
Damián levantó lentamente la mirada.
Alexander permaneció serio.
La grabación terminó.
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—¿Tu abuelo sabía que Damián iba a recibir el contrato? —preguntó Alexander.
Isabella negó.
—No lo sé.
Damián respondió:
—Tal vez el contrato fue diseñado para mí desde el principio.
Alexander lo miró.
—Entonces alguien estuvo preparando esto durante años.
—Sí.
Isabella se acercó a Damián.
—¿Y si el contrato no fue creado para proteger nuestras familias?
Damián la miró.
—¿Qué quieres decir?
—¿Y si fue creado para reunirnos porque alguien sabía que, juntos, encontraríamos algo?
Nadie respondió.
Porque todos pensaron lo mismo.
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Esa noche, Isabella recibió otro mensaje.
“No busques a tu suegro.”
Ella frunció el ceño.
Llegó otro.
“Él no quiere encontrarte.”
Y finalmente uno más.
“Pero yo sí.”
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Quién eres? —escribió.
La respuesta llegó inmediatamente.
“Alguien que conoce el verdadero motivo por el que Damián se casó contigo.”
Isabella miró a Damián.
Él había visto el mensaje.
—No respondas.
—¿Por qué?
—Porque quieren provocarte.
—¿Y si dicen la verdad?
Damián sostuvo su mirada.
—Entonces yo mismo te lo contaré.
—¿Cuál es el verdadero motivo?
Damián guardó silencio.
Isabella sintió que su corazón se aceleraba.
—Damián.
Él respiró profundamente.
—Hay una cosa que no te conté.
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Damián tomó asiento.
—Cuando te ofrecí el contrato, no fue únicamente porque necesitara proteger mi herencia.
Isabella se quedó quieta.
—Entonces ¿por qué?
—Porque mi padre me dejó una instrucción antes de desaparecer.
—¿Desaparecer?
Damián asintió.
—Antes de que todos creyeran que había muerto, me dejó una carta.
—¿Qué decía?
—Que algún día conocería a una mujer llamada Isabella.
Ella abrió los ojos.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Cómo podía saberlo?
—No lo sé.
Damián bajó la mirada.
—Pero había algo más.
—¿Qué?
—Me dijo que cuando te conociera, debía hacer todo lo posible para protegerte.
Isabella sintió que el mundo se detenía.
—¿Por qué?
Damián respondió:
—Porque tú eras la última pieza.
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Alexander permaneció en silencio.
Valentina, que acababa de entrar a la biblioteca, escuchó las últimas palabras.
—¿La última pieza de qué?
Todos se giraron.
Isabella negó.
—No lo sabemos.
Valentina miró a Damián.
—Entonces será mejor descubrirlo.
Damián asintió.
—Estoy de acuerdo.
Valentina se acercó.
—Pero hay algo que ustedes están olvidando.
—¿Qué? —preguntó Isabella.
Valentina señaló la caja.
—Todavía no hemos revisado el fondo.
Isabella volvió a mirar la caja.
La levantó.
Debajo había una pequeña abertura.
Damián introdujo una herramienta.
El compartimiento secreto se abrió.
Dentro había una segunda llave.
Y una fotografía.
Isabella tomó la fotografía.
Su rostro cambió.
—No…
Valentina se acercó.
—¿Qué pasa?
Isabella giró la fotografía.
Aparecían cuatro personas.
Su abuelo.
El abuelo de Damián.
Mónica.
Y…
Una mujer desconocida.
Pero en el reverso había un nombre.
Victoria Blackwood.
Damián palideció.
—Mi abuela.
Isabella lo miró.
—¿Tu abuela?
—Mi familia dijo que murió antes de que yo naciera.
Valentina observó la fotografía.
—Entonces tenemos otro Blackwood que quizá nunca murió.
Damián tomó aire.
—Y ahora entiendo por qué mi padre desapareció.
Isabella sostuvo la fotografía.
—¿Por qué?
Damián la miró.
—Porque probablemente estaba buscando a su madre.
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En ese momento, todas las luces de la biblioteca se apagaron.
Valentina dio un paso atrás.
—Otra vez no…
El teléfono de Isabella vibró.
Un mensaje.
“Ya encontraron la primera parte.”
Otro.
“Ahora busquen la segunda.”
Y el último:
“Pero tengan cuidado. La segunda parte está en manos de alguien que ustedes conocen.”
Isabella levantó la mirada.
Todos se observaron.
Nadie sabía en quién confiar.
Entonces se escuchó un golpe en la puerta.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Damián se acercó lentamente.
—¿Quién es?
Una voz respondió desde el otro lado.
Una voz que Isabella conocía perfectamente.
—Soy yo.
Isabella abrió los ojos.
Era la voz de Alexander.
Pero Alexander estaba dentro de la habitación.
El verdadero Alexander estaba parado junto a ella.
Los dos se miraron.
Y comprendieron al mismo tiempo.
Alguien estaba afuera usando la voz de Alexander.
La puerta comenzó a abrirse.
Y el misterio de los Blackwood estaba a punto de revelar su secreto más peligroso.