Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capítulo 4
Gianna despertó de golpe.
El cuerpo se le fue hacia adelante cuando el camión frenó bruscamente y el sonido de los frenos la arrancó del sueño.
Miró a su alrededor, completamente desorientada.
Las cajas.
La oscuridad.
El olor a cartón y mercancía.
Entonces recordó.
Había escapado.
Se había escondido en aquel camión.
Y, en algún momento de la noche, se había quedado dormida.
Gianna se llevó una mano al pecho.
—Dios...
El camión estaba detenido.
Escuchó voces provenientes del exterior.
—Voy a comprar algo para desayunar —dijo uno de los hombres.
—Está bien. Yo voy al baño y regreso.
Gianna se quedó inmóvil.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Durante el recorrido el camión había hecho varias paradas. En algunas ocasiones había escuchado cómo abrían las puertas y descargaban parte de la mercancía. Ella había permanecido completamente quieta, escondida entre las cajas, conteniendo incluso la respiración cada vez que alguien se acercaba.
Había pensado varias veces en bajarse.
Pero el miedo siempre había sido más fuerte.
Ahora, sin embargo, algo le decía que debía hacerlo.
Esperó.
Los segundos pasaron.
Nada.
Ni voces.
Ni pasos.
Ni el sonido de las puertas.
Gianna se acercó lentamente a la salida.
Apartó con cuidado una de las cajas que había dejado cerca de ella y abrió la puerta apenas unos centímetros.
La luz del día la obligó a entrecerrar los ojos.
Era de mañana.
Había sobrevivido a la noche.
Miró hacia ambos lados.
No había nadie cerca.
Bajó del camión.
Sus piernas estaban entumecidas por haber pasado tantas horas sentada en aquella incómoda posición. Dio unos pasos y tuvo que detenerse para recuperar el equilibrio.
Miró hacia atrás.
El camión seguía estacionado.
Por un instante pensó en regresar.
Pero negó con la cabeza.
No.
Había decidido quedarse allí.
Aquel lugar estaba lejos de su casa.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
Comenzó a caminar.
No sabía dónde estaba.
No conocía las calles.
No tenía un mapa ni un teléfono.
Caminó durante varios minutos hasta encontrar a una mujer que salía de una pequeña cafetería.
Gianna reunió valor.
—Disculpe...
La mujer se detuvo.
—¿Sí?
—¿Podría decirme qué hora es?
La mujer miró su reloj.
—Son las ocho y cuarenta y cinco.
Gianna abrió ligeramente los ojos.
8:45 a. m.
Había pasado toda la noche escondida en aquel camión.
Más de doce horas desde que había salido de casa.
Miró hacia la carretera.
No podía creer lo lejos que había llegado.
—Gracias.
—De nada.
La mujer continuó su camino.
Gianna siguió caminando.
Sus zapatos estaban mojados, su ropa seguía húmeda por la lluvia de la noche anterior y tenía el cabello completamente desordenado.
Pero ya no le importaba.
Por primera vez podía caminar sin mirar constantemente por encima del hombro.
No sabía qué haría.
No sabía dónde dormiría aquella noche.
No sabía cómo conseguiría trabajo.
Pero tenía algo que nunca había tenido en aquella casa:
la posibilidad de elegir.
Se sentó unos minutos en una banca cercana y abrió su mochila.
Contó su dinero.
No era mucho.
Lo guardó nuevamente.
Después levantó la mirada hacia las calles desconocidas.
—Tengo que encontrar trabajo.
Era lo único que podía hacer.
No tenía estudios. No tenía experiencia profesional, pero sabía limpiar, cocinar, hacer mandados y ayudar en cualquier cosa que fuera necesaria.
Si tenía que empezar desde cero, lo haría.
Se levantó.
Acomodó la mochila sobre su hombro y continuó caminando.
Cada paso la alejaba un poco más de su pasado.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Pedro salió de la habitación.
Había pasado la noche sin sospechar absolutamente nada.
Caminó hasta la sala y encontró a Hortencia todavía dormida sobre el sofá.
Pedro miró el reloj.
—Hortencia.
Ella no respondió.
—¡Hortencia!
La mujer apenas se movió.
Pedro apretó la mandíbula.
—¡Levántate!
Nada.
Entonces entró a la cocina, tomó un balde y lo llenó con agua fría.
Regresó a la sala.
—¡Despierta!
Hortencia abrió los ojos justo cuando Pedro le lanzó el agua encima.
—¡¿Qué haces?! —gritó, incorporándose de golpe.
—¡Ve a preparar a tu hija!
Hortencia lo miró confundida.
—¿Qué...?
—¡He dicho que vayas a preparar a Gianna! Tenemos que salir.
La mujer se quedó mirándolo.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Ya es hora.
Hortencia se levantó lentamente, todavía aturdida.
—Está bien.
Caminó hacia el pequeño cuarto de Gianna.
—¡Gianna! —llamó mientras abría la puerta.
Silencio.
Frunció el ceño.
Entró.
La cama estaba vacía.
Hortencia parpadeó varias veces.
—¿Gianna?
Miró alrededor.
Abrió el armario.
Vacío.
No completamente, pero sí lo suficiente para que el corazón comenzara a golpearle el pecho.
La poca ropa que Gianna tenía había desaparecido.
Hortencia abrió uno de los cajones.
Nada.
Entonces miró debajo de la cama.
La mochila tampoco estaba.
—Pedro...
Él apareció en la puerta.
—¿Qué pasa?
Hortencia lo miró con los ojos abiertos.
—No está.
—¿Qué?
—Gianna no está.
Pedro entró rápidamente.
—¿Cómo que no está?
—Se fue.
Él abrió el armario y comenzó a revisar desesperadamente.
—¡Maldita sea!
—También se llevó sus documentos.
Pedro se quedó inmóvil.
Aquello cambió completamente su expresión.
—¿Sus documentos?
—Sí.
—¡¿Cómo demonios se nos escapó?!
Hortencia comenzó a buscar por toda la habitación.
—Tal vez salió temprano.
—¡No! —espetó Pedro—. Ella no habría salido sin decir nada.
Entonces ambos se miraron.
Poco a poco comprendieron lo ocurrido.
Gianna los había escuchado.
Había descubierto sus planes.
—La estúpida nos escuchó... —murmuró Hortencia.
Pedro golpeó el armario con el puño.
—¡Nos arruinó todo!
Hortencia comenzó a lamentarse.
—Los cinco millones...
—¡Cállate!
—¡Ya estaban asegurados!
—¡Lo sé!
Pedro caminó de un lado a otro, furioso.
Todo el dinero que habían imaginado tener entre las manos había desaparecido en cuestión de horas.
El negocio que habían preparado durante semanas se había venido abajo.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Hortencia.
Pedro la miró con rabia.
—Encontrarla.
—¿Y si ya está lejos?
Él guardó silencio.
Por primera vez, la posibilidad pareció asustarlo.
Gianna tenía sus documentos.
Y quizás había tenido toda la noche para alejarse.
Hortencia se dejó caer sobre la cama.
—No puede haberse ido tan lejos...
Pedro apretó los dientes.
—La vamos a encontrar.
Pero mientras ellos seguían lamentándose por el dinero que habían perdido, Gianna ya estaba muy lejos de aquella casa.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Gianna entró en una pequeña pastelería y compró un pan y una botella de agua. Antes de marcharse, reunió valor para preguntar:
—Disculpe, ¿necesitan a alguien que les ayude?
La encargada negó amablemente con la cabeza.
—Lo siento, muchacha. Por ahora tenemos todo el personal completo, la situación no anda bien, te deseo suerte.
Gianna agradeció y salió del lugar.
Apretó la botella entre sus manos y continuó caminando. Había recibido su primer no, pero no pensaba rendirse. Algún lugar tendría que darle una oportunidad.