A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 7
Cap 7: Divorcio y denuncia
El lunes siguiente, Camila se levantó a las cinco y media sin despertador. Se sentó en la orilla de la cama, miró los pies descalzos sobre la loseta beige y dijo, para sí misma:
—Hoy.
Después se metió a bañar.
* * *
Abuela Inés estaba esperando en la puerta del Ministerio Público desde un cuarto de hora antes. Llevaba el suéter bueno —el rojo, el de las misas grandes—, una bolsa de mandado vacía y el rosario en el bolsillo.
—¿Trajiste todo, mija?
—Todo.
Camila abrió el folder. Capturas impresas: los mensajes de Gerardo con Bernal de la semana antes del resort, los acuerdos sobre la "cena", la frase que Gerardo había escrito —"don Octavio, todo arreglado para el sábado, no se preocupe, ella no se entera de nada"—; el USB con la voz de Gerardo diciéndole a Memo, dos semanas después, que había sido "un acuerdo"; la nota de ingreso a urgencias del hospital privado al que Damián le había llevado un médico la mañana de la suite, con la sospecha de sedante en observaciones; la copia del registro del IMSS por el aborto. Su declaración, redactada con el abogado de orientación legal.
—¿De dónde sacaste el audio? —preguntó Abuela Inés.
—Brenda. Lo subió a un grupo de WhatsApp de la familia para humillarme. Una sobrina del primo me lo reenvió la semana pasada.
Abuela Inés se persignó.
—Diosito sí escribe derecho con renglones torcidos.
Subieron juntas las escaleras.
* * *
El agente del MP era un hombre cansado con bigote a la antigua. Recibió a Camila, encendió la grabadora, empezó. Hizo las preguntas lentas. Camila respondió con la calma del comedor de los Pacheco. Repitió la noche del resort en orden. Mencionó al desconocido que le abrió la puerta —dio el nombre de Damián Tejada—.
—¿Le ofreció el señor Tejada presentar la denuncia esa misma mañana?
—Sí. Yo decliné en ese momento.
—¿Y luego?
—Luego cambié de opinión.
—¿Por qué cambió?
—Porque perdí al bebé. Y porque ese bebé era de esa noche.
El agente la miró por encima de los lentes. Anotó la fecha del IMSS al margen.
Entregó las capturas, el audio, el ingreso a urgencias, la declaración.
Cuando llevaba treinta minutos hablando, el agente se quitó los lentes.
—Señora Lazcano. ¿Algo más?
—Sí. Yo no soy una mujer importante. No tengo apellido. No tengo dinero. Lo que tengo son los papeles que le acabo de dar y la cabeza para acordarme de la noche exactamente como pasó. Si la denuncia no va a llegar a ningún lado por ser yo, dígame ahora. Para no perder la mañana.
El agente la miró por encima del armazón.
—Con el audio, los mensajes y la nota de urgencias, la denuncia va a llegar a donde tenga que llegar. Voy a integrar la carpeta esta mañana. Esté disponible esta semana.
—Voy a estar disponible.
—¿Terceros involucrados en el suministro de la sustancia?
—Eso no lo sé. Pero les voy a preguntar.
—¿Tiene asesoría jurídica privada?
—Tengo oficina de orientación legal. Gratuita.
—Le sugiero, sin meterme en su vida, que si tiene posibilidad consiga una privada para coadyuvancia. Esta carpeta va a tener más capítulos de los que cabe leerle a un abogado de turno los lunes en la mañana.
—Lo tomo en cuenta.
—Una cosa más, señora.
—Dígame.
—Cuando esto se mueva, va a aparecer en grupos de WhatsApp del rumbo. Su nombre. Va a aparecer también en el chisme corporativo de la empresa donde dice trabajar el señor Pacheco. ¿Eso le va a doler?
—Sí.
—¿Va a hacer que se eche para atrás?
—No.
—Bien.
Camila se levantó. Le tendió la mano. El agente se la estrechó dos segundos.
—Adelante, señora. Una cosa más, antes de que se vaya.
—Sí.
—¿Conoce usted el nombre del rescatista del resort?
—Damián Tejada.
—¿De los Tejada de Grupo Tejada?
—Sí.
El agente la miró otros tres segundos. Después anotó, sin comentario, el nombre en una hoja aparte que no metió a la carpeta general. Camila no preguntó qué iba a hacer con esa hoja.
Salieron del MP con Abuela Inés. En la banqueta, la abuela le tomó del brazo y la apretó dos veces. Sin palabras. Camila apretó de regreso.
* * *
Fueron Brenda y Memo, sin querer, quienes lo dijeron. Una conversación grabada por la misma Brenda, esta vez sin intención de humillar.
—Ay, brenda, ni te calientes, fue tu hermano. Y, bueno, la otra le dijo a tu hermano dónde conseguir el frasco. Mi prima, la que vivía en su casa.
—¿Brisa?
—Pues sí. Si esa morra siempre la odió.
Camila escuchó el archivo dos veces. Brenda se lo había mandado al salir del MP, con una sola línea: "No estoy de su lado pero tampoco voy a tapar esto."
Brisa.
Brisa Lazcano. La hija de Soraya. La que de niña le pintaba los lápices de colores. La que en la adolescencia le destruía las libretas.
El daño no venía de un solo punto. Venía de toda una geografía. Y esa geografía empezaba en su propia casa.
Le mandó el audio al agente esa misma tarde. El agente le respondió por correo, formal, a las once de la noche: la responsabilidad material de Brisa Lazcano Mireles quedaba integrada a la carpeta como coimputada por participación. Hasta que Brisa rindiera declaración, no se le notificaba.
Camila imprimió el correo. Lo guardó en una carpeta nueva, sin nombre, en la repisa del clóset.
* * *
El miércoles, la juez familiar firmó el divorcio incausado. La audiencia duró diecisiete minutos. Camila contestó sí cuando le tocaba contestar sí. Firmó cuando le tocaba firmar.
Gerardo no estuvo presente —ya tenía abogada de oficio asignada a su propio expediente penal, y la abogada no había podido conseguir traslado del reclusorio en doce horas—. Su defensa firmó por él un poder simple, válido para divorcio incausado por separación, sin réplica.
La juez leyó la sentencia en voz alta. Camila la escuchó parada, las manos a los costados. Cuando se llegó al nombre completo —Camila Lazcano Robles— Camila apretó la mandíbula. El nombre, por primera vez en tres años, salió sin el "de Pacheco" colgando del final como una etiqueta vieja.
—Felicidades, señora —dijo la juez, sin sonreír—. Le deseo lo mejor.
—Gracias.
Camila salió al pasillo con la hoja en la mano. Fernanda la esperaba sentada en la banca, con dos churros calientes envueltos en papel grasoso.
—¿Cómo te sientes?
Camila masticó. Tragó.
—Como si me hubieran quitado una losa de encima que no sabía que estaba cargando.
Fer no se rio. La abrazó. La abrazó con la cabeza apoyada en el hombro de Camila durante un rato largo, sin decir nada.
—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó Fer cuando se soltaron.
—Quiero caminar.
—¿Sola?
—Sola. La voy a sentir mejor sola hoy. Mañana ya no.
—Trato.
Camila caminó las quince cuadras desde el juzgado hasta el departamento. El churro frío en el bolsillo. La hoja del divorcio enrollada en la mano. Pasó por una iglesia. Se asomó cinco segundos. No entró. Siguió.
* * *
Más tarde, Camila se enteró de la detención de Gerardo por una llamada del abogado.
—Lo presentaron a audiencia inicial esta tarde. Está detenido con vinculación a proceso por administración de sustancias sin consentimiento y tentativa de abuso. La defensa pidió libertad bajo medidas cautelares, pero el juez de control le decretó prisión preventiva por riesgo de fuga e intervención en testigos.
—¿Y don Octavio Bernal?
—Citado a declarar el lunes. La carpeta lo nombra como segundo imputado, por agresión sexual con sustancias. Si no se presenta, orden de aprehensión.
—¿Va a presentarse?
—Su gente ya pidió cita con un despacho de Polanco. Va a presentarse. Va a negar todo. Pero el audio y los mensajes de su jefe lo enmarcan. No va a ser una semana cómoda para él.
—¿Cuánto puede durar el proceso?
—Meses. Pero los dos detenidos. No va a salir ninguno de inmediato.
Camila cerró los ojos. Esperó sentir alguna versión de "triunfo". No la sintió.
—Gracias, licenciado.
—Felicidades, señora Lazcano.
—No me felicite todavía.
* * *
Esa noche, sentada en la mesa redonda, Camila tomó el teléfono.
Buscó "Gerardo Pacheco". Lo bloqueó. Buscó "Remedios suegra". Lo bloqueó. Buscó "Brenda P." Lo bloqueó.
Le quedaba uno. Lo miró un rato largo con el pulgar arriba del nombre. Después lo desbloqueó.
—Brisa Lazcano —leyó en voz alta, despacio.
Abrió la conversación. Estaba en silencio desde hacía meses. La última cosa que Brisa le había escrito era un "ja ja ja" de hacía dos años.
Camila tecleó:
> "Ya sé lo que hiciste. Ya está con las autoridades. No voy a perdonarte, pero tampoco voy a pasarme la vida odiándote. Cuídate."
Lo leyó tres veces. Lo envió. No esperó la palomita azul.
Apagó el teléfono. Lo dejó boca abajo sobre la mesa. Salió al patio interior del edificio. Sintió el aire frío en la cara. Volvió. Cerró la ventana.
* * *
Durmió de corrido por primera vez en meses.
No soñó.
Cuando despertó, lo primero que pensó —antes del café, antes del bostezo— fue una pregunta nueva. Una pregunta que no se le había permitido hacer en años.
"Ahora, ¿qué quiero yo?"
No tuvo respuesta esa mañana. No le hizo falta tenerla.
Se levantó. Puso a hervir agua. Sacó una taza limpia del escurridor.
Sonó el teléfono. Un mensaje. Lupita.
> "Comadre. Acabo de leer el chisme en el grupo de la empresa. ¿Estás bien?"
Camila tardó un minuto en contestar.
> "Sí."
> "¿Necesitas algo?"
> "Birria el sábado."
> "Hecho. Yo invito."
Apagó el teléfono. El agua hirvió. Camila se sirvió el café para sí misma, no para sostener a otra persona, por primera vez desde la Riviera.