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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una audición y un romance sin querer

El camerino olía a laca, a nervios y a café recalentado.

Diño estaba sentado en una silla de plástico, frotando resina contra el arco, cuando Valeria se dejó caer en la silla contigua con el estuche del violín entre las piernas y una sonrisa que no le cabía en la cara.

—Oye, Mozart. ¿Viste el partido del City ayer?

Diño parpadeó. Levantó la mirada.

—¿El City?

—Sí. El segundo gol. El pase cruzado desde la banda izquierda. Fue una locura. Yo estaba en el sofá gritando como si me fuera la vida en ello.

Diño sintió que una sonrisa enorme se le dibujaba en la cara. No era una pregunta sobre Sibelius. No era una pregunta sobre vibratos ni sobre compases. Era fútbol.

—¿Bromeas? Ese pase fue ridículo. El defensa estaba completamente descolocado. Si yo hubiera estado ahí, habría cortado la jugada antes de que cruzara el mediocampo.

Valeria ladeó la cabeza, divertida.

—¿Tú? ¿Cortando jugadas? Eres violinista.

—Violinista con instinto de mediocampista. Son compatibles.

Valeria soltó una carcajada. Se inclinó hacia delante, con los ojos brillando.

—A ver, estratega. ¿Qué habrías hecho en el minuto ochenta? El entrenador sacó al delantero centro y metió un lateral. Un desastre.

Diño dejó el arco sobre la mesa. Se olvidó de las escalas. Se olvidó de Paganini. Se olvidó de que estaba a punto de tocar en la final de la Sinfónica.

—Habría mantenido al delantero y subido al lateral izquierdo. Así tenías presión arriba y cobertura abajo. El rival no habría tenido espacio para respirar.

Valeria lo miró. Abrió la boca. La cerró. Y sonrió de una forma que Diño no supo descifrar. Como si acabara de encontrar algo que llevaba mucho tiempo buscando.

—Eres muy raro, Mozart.

—Me lo dicen mucho.

—No es un insulto. —Valeria se puso de pie. Recogió su violín—. Me encanta.

—¡Valeria Katsaros! —llamó una voz desde el pasillo—. Eres la siguiente.

Valeria respiró hondo. Se ajustó el violín bajo el brazo.

—Deséame suerte.

—No necesitas suerte. Necesitas un mediocampista.

Valeria rió. Caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral y se giró.

—Si sobrevivo, te invito a un café.

—Si sobrevives, te invito yo.

Ella sonrió. Desapareció por la puerta.

---

Diño la observó desde el lateral del escenario, entre bambalinas. Valeria caminó hasta el centro del auditorio, colocó el violín bajo la barbilla y levantó el arco.

—¿Qué pieza interpretará? —preguntó el juez principal.

—*El verano*, de *Las cuatro estaciones* de Vivaldi.

Los jueces asintieron. Clara, en la tercera fila, apretó las manos sobre el regazo. El abuelo Adriano, a su lado, se cruzó de brazos y entrecerró los ojos.

Valeria atacó las cuerdas.

El primer movimiento salió limpio. Rápido. Con una energía que Diño reconoció: la misma urgencia de un delantero que busca el primer gol. Los jueces asentían. Clara sonreía.

Pero en el segundo movimiento, algo se rompió.

Valeria llegó al compás cuarenta y tres. Levantó el arco. Y se detuvo.

El silencio cayó como una losa.

Diño se inclinó hacia delante. Vio cómo los hombros de Valeria empezaban a temblar. Vio cómo sus dedos buscaban una nota que no existía. Vio cómo miraba hacia los jueces con los ojos enormes, llenos de un pánico que Diño conocía demasiado bien. El pánico del vacío. El pánico de olvidar la letra en medio de la canción.

Los jueces intercambiaron miradas. Uno de ellos carraspeó. Otro miró su reloj.

Valeria levantó el arco otra vez. Lo bajó. Lo levantó. Nada. La pieza se le había borrado de la cabeza. El auditorio estaba en silencio, y ese silencio era peor que cualquier abucheo.

Diño no pensó.

Agarró su violín. Salió de bambalinas. Caminó por el escenario con pasos rápidos, seguros, y se colocó a tres metros de Valeria. Levantó el arco.

Y tocó.

Empezó exactamente en el compás cuarenta y tres. La nota que Valeria no encontraba. La nota que se le había escapado. Diño la sostuvo, la hizo crecer, la convirtió en un puente.

Valeria giró la cabeza. Lo miró. Y en sus ojos, el pánico se transformó en sorpresa. Después en alivio. Después en una sonrisa enorme, luminosa, que le iluminó la cara como un foco encendido.

Levantó el arco. Y continuó.

Tocaron juntos. No como un dueto ensayado. No como una pieza escrita para dos. Tocaron como dos futbolistas que se encuentran en el campo por primera vez y descubren que hablan el mismo idioma. Valeria llevaba la melodía principal y Diño la acompañaba, la sostenía, la empujaba cuando hacía falta. En los pasajes rápidos, sus arcos se movían en paralelo, perfectamente sincronizados. En los lentos, uno respiraba mientras el otro cantaba.

El auditorio contuvo la respiración. Clara se llevó una mano a la boca. El abuelo Adriano descruzó los brazos.

Cuando la última nota se extinguió, el silencio duró un segundo. Después, aplausos. No los aplausos corteses de las audiciones anteriores. Aplausos con sorpresa. Con admiración. Con algo parecido a la alegría.

El juez principal se inclinó hacia el micrófono.

—No nos dijeron en ningún momento que iba a ser una presentación en dueto.

Diño agachó la cabeza. Un gesto rápido, respetuoso.

—Era una sorpresa, señor. Y no es una presentación en dueto. Yo solo la acompañé. —Hizo una pausa—. Yo también tengo mi presentación en un momento. Que espero que les agrade tanto como esta.

Los jueces intercambiaron miradas. El de la derecha asintió.

—Ah. Ya. Solamente era un acompañamiento. Perfecto.

Diño hizo una reverencia y caminó hacia bambalinas.

Valeria lo siguió. Lo alcanzó en el pasillo lateral, antes de que llegara al camerino. Le tomó la mano. Diño se detuvo. La miró.

Valeria tenía los ojos brillantes y una sonrisa que le temblaba en los labios.

—Gracias, Mozart. Me salvaste. Estaba tan nerviosa que se me olvidó todo. Si no hubieras sido tú… seguro que no habría podido continuar.

Diño sintió que el corazón le daba un vuelco. No era un vuelco de miedo. No era un vuelco de adrenalina. Era algo nuevo. Suave. Como una nota que no esperas y que, sin embargo, encaja perfectamente en la melodía.

—De nada —dijo.

—¡Mozart Steimos! —llamó la voz del asistente desde el escenario—. Eres el siguiente.

Valeria soltó su mano. Le dio un apretón rápido, cómplice.

—Ve. Demuéstrales lo del mediocampista.

Diño sonrió. Caminó hacia el escenario.

---

La luz le golpeó la cara. El silencio del auditorio era denso, físico. Diño caminó hasta el centro. Colocó el violín bajo la barbilla. Levantó el arco.

—¿Qué pieza interpretará? —preguntó el juez.

Diño respiró.

—Una nueva versión de *El lago de los cisnes*.

Los jueces intercambiaron miradas. El de la izquierda levantó una ceja.

—¿Una nueva versión?

Diño apretó el arco. Levantó un poco más la voz.

—Sí.

El juez principal asintió lentamente.

—Correcto. Toque.

Diño cerró los ojos. Sintió el compás en la planta de los pies. Y atacó.

*El lago de los cisnes* estalló en el auditorio con una melancolía limpia, casi líquida. Las notas de Tchaikovsky flotaron en el aire como plumas sobre un espejo negro. Los jueces cerraron los ojos. Clara se inclinó hacia delante. El abuelo Adriano se quedó inmóvil.

Y entonces, en el compás treinta y dos, Diño cambió.

El arco se aceleró. La melodía del lago se transformó. Las notas se volvieron más percusivas, más rítmicas, con un pulso que no pertenecía a Tchaikovsky. Pertenecía a otro siglo. A otro mundo.

*Umbrella*, de Rihanna. En un violín. En una final de la Sinfónica.

Diño mezcló los dos mundos. Iba y venía entre el lago y la tormenta, entre la elegancia del cisne y el golpe seco del paraguas contra el asfalto. Sus dedos volaban. El arco cortaba el aire con una velocidad que hizo vibrar los atriles. En los pasajes de Tchaikovsky, el auditorio contenía la respiración. En los de Rihanna, los pies de los jueces empezaron a moverse debajo de la mesa.

En la tercera fila, el abuelo Adriano abrió los ojos como platos. Se inclinó hacia Clara.

—¿Qué está tocando?

Clara sonrió.

—Te lo dije, papá. Nuestro niño tiene talento.

—No conozco de música moderna —murmuró Adriano, sin poder apartar la vista del escenario—. Pero sé que esa pieza me gusta. Hasta me da ganas de…

—¿Bailar? —sugirió Clara.

Adriano la miró. Asintió lentamente.

—Sí. Esa es la palabra. A todos les da ganas de bailar.

Diño dio el último arcadazo. La nota final quedó suspendida en el aire, temblando, como un cisne que levanta el vuelo antes de desaparecer.

Bajó el arco.

Silencio.

Después, aplausos. De pie. Los otros participantes se habían levantado de sus butacas. Los jueces sonreían.

El juez principal se inclinó hacia el micrófono. Tenía los ojos brillantes.

—Tú pasaste de frente a esta etapa, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Pues fue una buena elección. Y te anticipo: eres uno de los que consideraremos para la siguiente etapa. Felicidades. —Hizo una pausa—. Y espero que sigas haciendo este tipo de actualizaciones de las versiones. Demostrando que los clásicos jamás mueren.

Diño hizo una reverencia. Caminó hacia bambalinas con las piernas temblando.

Valeria lo esperaba entre bastidores. Con los ojos rojos de emoción y una sonrisa que no le cabía en la cara.

—Mediocampista —dijo.

Diño se rió.

—Violinista.

Y por un segundo, con el corazón latiéndole y el arco todavía en la mano, Diño olvidó que no era Mozart. Olvidó la mentira. Olvidó el disfraz.

Solo era un chico que acababa de tocar *El lago de los cisnes* con un paraguas de Rihanna, y una chica que lo miraba como si acabara de salvarle la vida.

Y eso, pensó Diño, era exactamente lo que era.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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