Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 16. inyección de veneno
Capítulo 16. Inyección de veneno
Alanis buscó a Sariel en el Observatorio de Marfil, un lugar donde las estrellas parecen estar al alcance de la mano. Lo encontró allí, rígido, con la mirada perdida en el mapa de las constelaciones.
Alanis con voz temblorosa lo nombró
- Sariel…
Al escuchar la voz de ella Sariel se estremeció
- Miguel me ha dicho algo... Algo que yo, en mi ceguera, no supe ver
Sariel no se movió, pero sus alas se tensaron.
- Miguel siempre ha tenido una vista privilegiada para la verdad Alanis, respondió él sin mirarla
Alanis se acercó a él obligándolo a mirarla, pero la llegada de Luzbel en busca de Sariel la hicieron retroceder
- Tengo que irme, otro día vendré a verte Sariel, dijo Alanis y se marchó, dejando a Sariel sumido en el silencio
- Doloroso, ¿verdad?, Ver cómo ella corre a los brazos del ‘Guerrero Perfecto’ después de haber bebido de tu sabiduría. Ella te aprecia, Sariel, pero a él lo desea. Dijo Luzbel
Sariel sin mirarlo respondió
- Vete, Luzbel. Tus venenos no funcionan conmigo.
Luzbel caminó alrededor de él como un depredador
- ¿Venenos? Luzbel sonrió e hizo una oferta
- Pues bien . Yo te ofrezco la cura…. Miguel nunca entenderá a Alanis como tú. Él la obligará a encajar en el molde del Creador. Él la destruirá en nombre de la virtud. Yo, en cambio, quiero que ella sea lo que realmente es, al igual que tú lo quieres
Luzbel se inclinó hacia el oído de Sariel, bajando la voz a un susurro seductor:
- únete a mi rebelión Sariel que no es por un trono, es por el derecho a elegir. Únete a mí. Cuando el orden de Miguel caiga, yo te entregaré el mando del Segundo Cielo.
- Tendrás el poder de protegerla cuando Miguel la abandone por ‘desobediente’. Podrás ser tú quien recoja sus pedazos. Imagínalo, Sariel: Alanis a tu lado, sin reglas, sin secretos… y sin Miguel interponiéndose entre tus ojos y su luz
Sariel cerró los ojos con fuerza. El amor que sentía por Alanis era tan grande que la oferta de luzbel , aunque oscura, se sentía como la única salida para no perderla para siempre cuando la guerra estallara.
Alanis caminaba por los Jardines de Cristal.
Bajo sus pies, la hierba de cuarzo emitía suaves campanilleos, y las flores de luz se abrían a su paso.
Ella se detuvo junto a una fuente de agua viva, sumida en sus propios pensamientos. Notaba la tensión en el aire, una pesadez extraña que hacía que las alas de los querubines se agitaran con nerviosismo, pero en su inocencia, jamás imaginó que ella era el epicentro de aquel sismo.
- Parecen todos tan distantes hoy , susurró para sí misma, rozando los pétalos de una rosa de cristal. Miguel está más severo que de costumbre, y Sariel… Sariel como no me di cuenta
Alanis suspiró, creyendo que la agitación se debía a las recientes incursiones del antiguo mal o a alguna nueva estrategia de guerra. No podía concebir que el destino del cielo pendiera de un hilo debido a lo que ella sentía en secreto por Miguel, ni que su presencia fuera el veneno y la medicina para los dos hermanos portadores del séptimo rayo
Mientras ella miraba su reflejo en el agua, sin sospechar que su nombre era el grito mudo en la garganta de Miguel, en las sombras de los pilares, Uriel y Zadquiel la observaban con una mezcla de envidia y piedad.
- Ella es la paz antes de la destrucción , murmuró Zadquiel. Y ni siquiera sabe que tiene el poder de incendiar el paraíso.
Pero la soledad en el Edén es una ilusión. las sombras de los árboles de cristal se alargaron de forma antinatural. Un frío gélido, muy distinto a la brisa celestial, envolvió a Alanis.
Luzbel surgió de entre las sombras, con sus alas oscuras arrastrándose como mantos de terciopelo sobre el suelo radiante. Sus ojos, pozos de ambición y rencor, se clavaron en Alanis.
—¿Sabes lo que has hecho, pequeña Alanis? —preguntó, caminando en círculos a su alrededor como un depredador—. No eres solo una distracción. Eres la grieta.
Alanis intentó retroceder, pero sus pies parecían anclados al cristal.
—Yo no he hecho nada, Luzbel —replicó ella con valentía, aunque su voz flaqueó.
—¡Lo has hecho todo! —rugió él, deteniéndose frente a ella—. El Séptimo Rayo, la armonía sagrada que sostiene este orden hipócrita, se está fracturando. Y la culpa es tuya. Tú eres el veneno que ha puesto a un hermano contra otro. Por ti, Sariel se consume en celos y Miguel se pudre en la mentira. Por ti, la lealtad de los arcángeles es ahora un cristal roto que nunca volverá a encajar.
Luzbel se inclinó, susurrando directamente en su oído,
- Míralos, Alanis. Mira el caos que has provocado solo con existir. Eres la razón por la que el cielo caerá. Si el Séptimo Rayo se apaga, será tu nombre el que los ángeles maldigan mientras se hunden en el abismo. ¿Cómo puedes vivir sabiendo que eres la destrucción de lo que más amas?
Alanis cayó de rodillas, cubriéndose los oídos, mientras la risa de Luzbel resonaba en el jardín, convirtiendo la belleza del cristal en un laberinto de espejos que solo reflejaban su propia angustia.
Las palabras de Luzbel se filtraron en el alma de Alanis como un ácido lento. Cada acusación golpeaba con la fuerza de una verdad distorsionada, ella era la grieta, ella era el fin de la armonía. Cuando el ángel más brillante se desvaneció, el silencio de los jardines ya no era pacífico, sino sepulcral. Alanis se quedó allí, temblando, sintiendo que su propia luz se volvía gris bajo el peso de una culpa que no sabía cómo cargar.
- ¿Es cierto?, sollozó al aire. ¿Soy yo el fin de todo lo que amo?... Continuará