Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El Peso de un Beso Amargo
Un beso
El frío de la piedra en mi espalda no era nada comparado con el fuego que Keile acababa de desatar en mi boca. Me quedé allí, solo en el balcón, con la respiración entrecortada y el sabor a eucalipto y metal oxidado impregnado en mis sentidos. Era un aroma de guerra, de orden... un aroma que debería detestar, pero que ahora me hacía sentir que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿De qué demonios estás hablando, Keile? —mascullé al aire, aunque él ya se había ido.
Sus palabras daban vueltas en mi cabeza como buitres. "No confíes en la Red Roja". ¿Cómo podía saberlo? Esa reunión era mi jugada maestra, el paso definitivo para que mi propia familia dejara de verme como un cachorro y empezara a temerme como al lobo que estoy destinado a ser. Se suponía que era un pacto de silencio, una alianza entre las sombras para demostrarle a este sistema militar que la mafia no se arrodilla.
Pero él lo sabía. Y lo que era peor: me miraba con una desesperación que no encajaba con el soldado frío que siempre intentaba darme caza.
Me pasé la mano por el cuello, justo donde la marca parecía latir al ritmo de su advertencia. En sus ojos dorados no vi al cazador de siempre; vi a alguien que estaba viendo un fantasma. Me habló de un pasado que no recuerdo, de un precipicio al que supuestamente me dirijo. "Soldadito" se está volviendo loco, o está jugando un juego psicológico tan retorcido que ni siquiera yo, criado entre mentiras y traiciones, logro descifrar.
«No vayas a ninguna reunión con ellos», me había susurrado al oído. Su voz, tan cerca, me había provocado un escalofrío que no era de miedo, sino de una posesividad que me enfurecía. Me sujetó como si fuera suyo, como si tuviera el derecho de salvarme de mí mismo.
Me asomé al borde del balcón y vi su figura alejándose, imperturbable, de vuelta al salón. Mi orgullo me gritaba que fuera a esa reunión solo para llevarle la contraria, para demostrarle que nadie, ni un Alfa de alto rango ni un destino preescrito, me dice qué hacer. Pero había algo en su beso... algo desesperado, como si estuviera intentando sellar una herida que yo ni siquiera sabía que tenía.
—¿Crees que puedes controlar mi oscuridad, Keile? —susurré, apretando los puños sobre el barandal de piedra.
Él dice que no permitirá que el frío me alcance. No entiende que yo soy el frío. O quizás, lo que realmente me aterra, es que tiene razón y que esa reunión con la Red Roja no es el trono que busco, sino la carnicería que él tanto teme.
Saqué el pequeño sobre lacrado de mi bolsillo. El sello de la Red Roja brillaba bajo la luz de la luna, tentador y peligroso.
¿Debo confiar en mi instinto de heredero, o en el hombre que me besó como si estuviera recuperando algo que ya había perdido?