A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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Falsas acusaciones
En un giro inesperado, Diego, quien no podía dejar pasar la oportunidad de estar a solas con Giselle, se inventó una salida de último momento.
—Abuelo, yo puedo conducir. Necesito pasar por mi apartamento para recoger unos documentos y el edificio de la doctora Sandoval está de camino —mintió con una naturalidad asombrosa.
Valerio, siendo un zorro astuto, captó de inmediato el brillo de obsesión en los ojos de su nieto. Con una sonrisa interna, no mostró resistencia alguna a la propuesta.
Giselle, por el contrario, se quedó paralizada. Había creído que la noche de terror finalmente terminaba, pero ahora resultaba que el egocéntrico de Diego Alcázar se había convertido en un caballero de conveniencia. Él se acercó al auto con una sonrisa triunfadora; finalmente la tenía donde quería: sin testigos y bajo su control.
Una vez en marcha, el silencio se instaló en el costoso auto de lujo volviéndose el aire en su interior denso y pesado. Las luces de la ciudad golpeaban intermitentemente sus rostros, revelando la mandíbula tensa de Diego y la mirada perdida de Giselle en la ventanilla.
—Entonces, eres la hija menor de los Sandoval —comentó Diego, rompiendo el hielo con un tono cargado de sospecha.
—Lo fui hace cinco años —contestó ella, sin molestarse en mirarlo—. Ahora solo soy Giselle.
—No parecen una familia muy unida, por lo que pude notar en la cena —insistió él.
—Es una historia larga y dolorosa que no vale la pena contarle a un extraño, señor Alcázar.
Diego apretó el volante. Esa frialdad lo irritaba tanto como lo atraía.
—Voy a ir directo al grano —dijo Diego, deteniendo el auto bruscamente a un lado de la calle solitaria—. Tu familia no es de fiar. Están pasando por un momento crítico y sé que buscan usar a sus hijas como moneda de cambio para recuperar su vida de despilfarro. Y desde ya te advierto: no pienso caer en sus juegos.
Giselle giró la cabeza lentamente, sus ojos centelleando de rabia.
—¿Está insinuando que ando detrás de su dinero, señor Alcázar?
—No lo insinúo, lo afirmo —escupió él, volcando toda la amargura que sentía por la "desaparición" de su anillo—. Eres una Sandoval que ha planeado cada paso. Te acercaste a mi hermana, la usaste para financiar tus estudios y ahora vuelves aquí, instalada en mi clínica, fingiendo ser una mística salvadora.
—¡No le permito que hable así de mí! —gritó Giselle, sintiendo que la sangre le hervía—. Si bien es cierto que su abuelo me ayudó, fue bajo un trato legítimo con Alicia...
—Pero nada. No te quiero cerca de mi familia. No permitiré que sigas aprovechándote de la ingenuidad de mi hermana para escalar posiciones. No eres más que una oportunista con un título brillante.
—Nunca me he aprovechado de ella. Alicia es mi familia, la única que tengo, y no pienso alejarme solo para satisfacer las inseguridades de un hombre que cree que el mundo entero tiene un precio —Giselle intentó abrir la puerta del auto, pero el seguro centralizado se lo impidió—. ¡Abra la puerta ahora mismo!
Diego se inclinó sobre ella, invadiendo su espacio personal hasta que Giselle quedó atrapada contra el asiento. El aroma a pino y menta volvió a inundar sus sentidos, haciéndola temblar, pero esta vez no era de deseo, sino de pura indignación.
—No te vas a ir hasta que me digas qué hiciste con lo que me pertenece —susurró Diego, haciendo alusión al anillo, aunque Giselle seguía sin entender a qué se refería—. No creas que tu cara bonita me va a cegar. Te voy a vigilar de cerca, Giselle Sandoval. Muy de cerca.
—Entonces vigíleme —desafió ella, clavando sus ojos en los de él—, porque lo único que va a encontrar es a una mujer que trabaja el doble que usted para proteger lo que realmente importa. Ábrame la puerta o empezaré a gritar.
Diego, con la respiración agitada y la mirada fija en sus labios, liberó el seguro con un movimiento brusco. Giselle salió del auto sin mirar atrás, caminando hacia la entrada de su edificio con el corazón martilleando en su pecho. Diego la vio desaparecer, sintiendo una mezcla de odio y una atracción devastadora. No sabía que, mientras la acusaba de oportunista, ella subía a su apartamento para abrazar a la hija que él aún no sabía que compartían.
Diego hundió el pie en el acelerador, haciendo que el motor rugiera mientras se alejaba de allí a toda velocidad. Las manos le temblaban sobre el volante, no de miedo, sino de una frustración que no lograba canalizar. Estaba confundido y furioso por el poder que esa mujer ejercía sobre él sin siquiera intentarlo. Necesitaba borrar de su mente el recuerdo de la piel de Giselle y el eco de aquella noche para poder actuar con la cabeza fría, pero cuanto más intentaba odiarla, más se perdía en el laberinto de sus ojos.
Mientras tanto, Giselle entró en la calidez de su hogar, una diferencia abismal con el ambiente frío del auto de Diego. Encontró a su hija ya dormida profundamente y a Irene viendo una película a bajo volumen en la sala.
—Señora, pensé que llegaría más tarde —saludó Irene, poniéndose en pie con una sonrisa.
—La cena terminó antes de lo previsto —respondió Giselle, tratando de ocultar el rastro de la discusión en su voz—. Solo quiero estar con mi hija.
Giselle se aseguró de pedir un taxi de confianza para Irene, despidiéndola con gratitud. Cuando finalmente el silencio se adueñó del apartamento, se dejó caer frente al ventanal. Las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas distantes, ajenas a la tormenta que se desataba en su pecho. Las palabras de Diego —acusándola de trepadora, de oportunista, de usar a Alicia— golpeaban su mente una y otra vez.
—Parece que no importa cuánto me esfuerce —susurró con nostalgia, apoyando la frente contra el cristal frío—. Me siguen acusando de algo que no soy. Ni siquiera el título de cirujana puede borrar el estigma. El apellido Sandoval será la sombra que me perseguirá toda la vida.
Giselle cerró los ojos, sin saber que en ese mismo instante, Diego Alcázar estaba en su despacho abriendo el primer informe de su investigador privado. El destino estaba a punto de arrebatarle el anonimato, y el apellido Sandoval estaba por cruzarse con el apellido Alcázar de una forma que ninguno de los dos podría ignorar.