En un valle oculto por la magia de las hadas, una loba blanca destinada a un matrimonio impuesto encuentra a un lobo negro moribundo cuyo olor despierta en ella la certeza de haber hallado a su verdadero amor. Juntos desafiarán a un tirano, unirán dos manadas separadas por siglos de mentiras y demostrarán que ni la distancia, ni la guerra, ni la muerte pueden contra el poder de los destinados por la Diosa Luna.
Una historia de amor imposible, magia ancestral, pasión y rebeldía que te hará creer en el destino.
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capitulo 16
La celebración duró hasta el amanecer.
Hubo música, hubo baile, hubo comida y bebida en abundancia. Los lobos blancos y negros compartieron historias alrededor de las hogueras, y las diferencias que parecían insalvables días atrás se desvanecieron como niebla bajo el sol.
Luna y Night eran el centro de todas las miradas. Bailaron juntos, rieron juntos, recibieron los abrazos y felicitaciones de todos. Pero cuando la luna comenzó a descender en el horizonte, algo cambió.
Un cosquilleo. Un calor. Una necesidad.
—¿Lo sientes?
susurró Night al oído de Luna.
Ella asintió, con la piel erizada.
—Es el pacto de sangre
dijo él.
—Está... completándose.
Luna lo miró a los ojos y vio en ellos el mismo deseo que ardía en ella. Un deseo que iba más allá de lo físico. Una necesidad de estar tan cerca que nada pudiera separarlos.
—Vámonos —susurró ella.
Se escabulleron entre la multitud sin que nadie los notara. Caminaron de la mano hacia el bosque, hacia la cueva de los susurros, hacia el lugar donde todo había comenzado.
La cascada brillaba bajo la luz de la luna cuando llegaron. El agua caía como un velo plateado, ocultando la entrada a su santuario privado.
—Aquí fue donde me escondiste
dijo Night, deteniéndose frente a ella
—Donde me curaste. Donde me llamaste Night por primera vez.
—Aquí fue donde supe que no podía dejarte ir
respondió Luna.
Entraron.
La cueva estaba igual que la última vez. Las pieles seguían en el suelo, el musgo brillaba en las paredes, el murmullo del agua creaba una melodía hipnótica. Pero ahora había algo más. Algo mágico. Algo inevitable.
Night se volvió hacia ella y le acarició la mejilla con una ternura infinita.
—Eres tan hermosa
susurró.
—La primera vez que te vi, en aquel claro, con la sangre manchándote el vestido y las lágrimas en los ojos, supe que eras ella. Mi destinada. Mi hogar.
—Yo no sabía qué eras
admitió Luna.
—Solo sabía que no podía dejarte morir. Que si morías, algo dentro de mí moriría también.
—Y ahora estamos aquí. Vivos. Unidos.
—Para siempre.
Se besaron. Fue un beso diferente a los anteriores. Más profundo, más intenso, más hambriento. El pacto de sangre ardía en sus venas, reclamando su cumplimiento.
Las ropas cayeron al suelo como pétalos de flores. Sus cuerpos se encontraron bajo la luz del musgo brillante, bajo la mirada de las hadas que velaban desde las sombras, bajo el amparo de la Diosa Luna que todo lo veía.
Night recorrió el cuerpo de Luna con sus labios, aprendiendo cada curva, cada suspiro, cada pequeño temblor. Ella se aferraba a él como si fuera a desaparecer, como si todo fuera un sueño del que pudiera despertar en cualquier momento.
—No me sueltes
susurró ella.
—Nunca
respondió él.
Y entonces se unieron.
Fue como si el mundo estallara en mil pedazos y volviera a recomponerse. Fue como si el tiempo se detuviera y se acelerara al mismo tiempo. Fue como si dos almas, separadas desde el principio de los tiempos, por fin encontraran el camino de regreso la una a la otra.
Las paredes de la cueva brillaron con una luz plateada. Las hadas, escondidas en los rincones, cubrieron sus ojos diminutos con sonrisas pícaras. Y fuera, en el cielo, la luna pareció brillar con más fuerza que nunca.
Cuando todo terminó, quedaron abrazados sobre las pieles, con la respiración entrecortada y los corazones latiendo al unísono.
—Te Amo
susurró Luna, con la cabeza apoyada en su pecho.
—Te amo
respondió él, besándole el pelo
—Más que a mi propia vida.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Ahora
dijo Night, acariciándole la espalda
—empezaremos a construir nuestro futuro. Juntos. Gobernaremos las manadas unidas. Tendremos cachorros. Veremos crecer a nuestros hijos en un mundo donde la sangre blanca y la sangre negra ya no importan.
Luna sonrió, con los ojos brillantes.
—¿Cachorros?
—Muchos
bromeó él.
—Una manada entera solo de nuestros hijos.
—¡Qué exagerado!
—Es la verdad. Porque cada cachorro que tengamos será la prueba viviente de que el amor puede vencer cualquier barrera. Cualquier mentira. Cualquier odio.
Luna se incorporó y lo miró a los ojos.
—Prométeme algo.
—Lo que sea.
—Prométeme que pase lo que pase, siempre recordaremos esto. Esta noche. Esta cueva. Este momento. Prométeme que cuando las cosas se pongan difíciles, cuando el mundo intente separarnos, volveremos aquí. A nuestro lugar.
Night le tomó la mano y la besó.
—Te lo prometo. Por la Diosa Luna. Por las hadas. Por mi vida. Siempre volveré a ti. Siempre.
Se besaron de nuevo, con la calma de quienes tienen toda la eternidad por delante, y se maaron nuevamente con esa pasión que empezaba a correr por sus venas.
Afuera, el sol comenzaba a despuntar sobre las montañas. Un nuevo día nacía en el valle. Un nuevo día para los lobos blancos y negros. Un nuevo día para Luna y Night.
Pero dentro de la cueva, el tiempo no existía.
Solo existían ellos.
Solo existía su amor.
Continuará...