Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XIII La señora Volkov
La recepción de la boda no era una celebración; era un despliegue de opulencia diseñado para humillar a cualquiera que no perteneciera a ese círculo. El salón del Gran Hotel estaba decorado con cascadas de flores blancas y cristales que reflejaban la luz de las velas, creando una atmósfera de ensueño que contrastaba con la pesadilla que yo estaba viviendo.
Alexander cumplía su papel a la perfección. Me mantenía cerca, con su mano firme en mi cintura, presentándome ante embajadores y empresarios como si fuera su trofeo más preciado. Sin embargo, su toque era distante, casi mecánico.
—Quédate aquí. Tengo que hablar con unos inversionistas de Londres —me dijo al oído, su aliento rozando mi mejilla—. Intenta no causar un escándalo en los próximos diez minutos.
—Haré lo que pueda, esposo —respondí con una sonrisa cargada de un sarcasmo que lo hizo tensar la mandíbula antes de alejarse.
Me quedé sola cerca de la torre de champán, tratando de procesar el peso del anillo en mi dedo. Fue entonces cuando la vi. Claudia Villegas caminaba hacia mí, luciendo un vestido rojo demasiado ajustado para ser la asistente del abuelo en una boda formal. Su mirada era una mezcla de envidia pura y triunfo malicioso.
—Vaya, la nueva Señora Volkov —soltó Claudia, lo suficientemente alto para que un grupo de señoras de la alta sociedad se girara a mirar—. Me sorprende que el vestido blanco no se haya prendido fuego en cuanto entraste a la iglesia, Isabella.
Un par de risas ahogadas se escucharon a mi alrededor. La Isabella del pasado habría gritado, habría lanzado su copa o habría iniciado una pelea que terminaría en los tabloides. Yo, en cambio, tomé un sorbo de mi bebida y la miré con una calma que pareció descolocarla.
—Claudia, querida. Veo que confundiste la invitación de una boda real con la de un club nocturno —dije, recorriendo su vestido con una mirada de fingida lástima—. Pero supongo que es difícil comprar clase con el sueldo de una asistente, por mucho que te esfuerces en... "atender" a tus jefes.
El rostro de Claudia se puso lívido. Dio un paso hacia mí, bajando la voz.
—No te hagas la digna conmigo. Sé que este matrimonio es una farsa. Alexander me lo dijo. Me dijo que te desprecia, que solo eres un trámite. Esta noche, cuando tú estés sola en tu habitación de porcelana, él estará pensando en mí.
—Si Alexander te dedica sus pensamientos, es un asunto que debes tratar con él —respondí, manteniendo mi postura impecable y la voz lo suficientemente clara para que los que nos rodeaban notaran mi compostura—. Sin embargo, mientras lleves ese tono de voz tan vulgar, solo logras que me pregunte por qué el abuelo Dimitri no ha contratado a alguien con mejores modales.
El servicio en esta casa debe ser impecable, Claudia. Asegúrate de que tu próxima intervención sea para ofrecerme otra copa, no tu opinión.
Claudia levantó la mano, cegada por la rabia, pero se detuvo en seco al sentir una presencia imponente tras de ella.
—¿Hay algún problema aquí? —la voz de Alexander cayó como una sentencia de muerte.
Claudia se giró, tratando de fingir una sonrisa.
—No, Alexander... solo le daba mis mejores deseos a tu esposa.
Alexander no la miró a ella. Sus ojos grises estaban fijos en mí, analizando mi expresión. Había escuchado lo suficiente para saber que yo no había cedido al impulso del escándalo.
—Claudia, ya es tarde. Mañana tienes mucho trabajo en la oficina del abuelo. Retírate —ordenó Alexander. Su tono no admitía réplicas.
—Pero Alexander... —intentó protestar ella.
—He dicho que te retires. Ahora.
Claudia salió del salón casi corriendo, con las mejillas ardiendo de humillación. Alexander se giró hacia mí, acortando la distancia hasta que su cuerpo casi tocaba el mío. Su mirada era intensa, una mezcla de sospecha y una admiración que intentaba ocultar.
—Isabella Castillo nunca habría dejado pasar un insulto así sin tirar el champán encima de alguien —dijo en voz baja—. ¿Dónde aprendiste a usar el silencio como un arma, Isabella?
—A lo mejor es que en el pasado me sobraban las palabras y me faltaba dignidad, Alexander —respondí, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Pero hoy soy una Volkov, ¿no? Y según tú, este apellido debe estar en la cima. No voy a rebajarme al nivel de tu asistente.
Alexander me tomó de la barbilla, obligándome a mirar la tormenta que se gestaba en sus ojos. Por primera vez, no vi desprecio absoluto; vi una duda que lo estaba volviendo loco.
—Me estás resultando una extraña muy peligrosa —susurró—. Pero no olvides que sigo siendo yo quien dicta las reglas de este juego.
—Entonces asegúrate de que tus peones no me estorben, esposo —le devolví el susurro, alejándome de él con una elegancia que lo dejó allí, de pie, observándome como si fuera la primera vez que me veía realmente.
Esa noche, la alta sociedad no habló de los excesos de Isabella. Hablaron de la nueva e imperturbable Señora Volkov. El primer round era mío, pero sabía que Alexander no descansaría hasta encontrar la grieta en mi armadura.
ojalá no bajen la Guardia