Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante
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18
El estruendo sacudió la montaña.
Laira dio un pequeño salto del susto.
La explosión hizo vibrar las paredes de la cueva, mientras pequeñas piedras caían desde el techo.
La joven retrocedió instintivamente.
Después...
Todo quedó en silencio.
Un silencio absoluto.
No se escuchaba el rugido de la criatura.
Ni el sonido de la magia.
Ni siquiera el viento.
Solo el constante caer del agua de la cascada.
Laira sintió un nudo en el estómago.
—Asterion...
Susurró.
No obtuvo respuesta.
Los segundos comenzaron a hacerse eternos.
Quiso salir.
Pero recordó la orden del Archimago.
"Quédate aquí."
Apretó las manos con fuerza.
Nunca antes había esperado a alguien con tanta desesperación.
Un minuto.
Dos.
Tres...
Hasta que una silueta apareció detrás de la cortina de agua.
Laira abrió los ojos con alivio.
—¡Asterion!
Corrió hacia él sin pensarlo.
Y, antes de darse cuenta de lo que hacía, lo abrazó con fuerza.
El Archimago se quedó completamente inmóvil.
No esperaba aquello.
Bajó lentamente la vista hacia la muchacha, que seguía aferrada a él.
—Pensé...
Pensé que...
Laira no terminó la frase.
Solo respiró aliviada al comprobar que estaba bien.
Asterion permaneció en silencio unos instantes.
Finalmente habló con su habitual calma.
—Estoy bien.
Aquellas dos palabras bastaron para que Laira se separara, un poco avergonzada.
Fue entonces cuando notó algo.
La túnica del Archimago estaba completamente empapada.
El agua caía de su cabello y formaba pequeños charcos a sus pies.
—Está todo mojado.
Él miró su ropa como si acabara de darse cuenta.
—La cascada.
Laira asintió varias veces.
—Debe quitársela o se resfriará.
Asterion arqueó una ceja.
—¿Resfriarme?
—Claro.
Voy a secarla junto al fuego.
El Archimago la observó durante unos segundos.
Después una leve chispa azul recorrió su ropa.
En apenas un instante...
Toda la humedad desapareció.
La tela quedó completamente seca.
Laira abrió mucho los ojos.
—¡Ah!
Cierto...
Puede hacer eso.
Asterion cruzó los brazos.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio.
Entonces, con una expresión completamente seria, preguntó:
—Aunque...
¿Acaso querías verme sin ropa?
Laira tardó tres largos segundos en procesar aquellas palabras.
Después su rostro se volvió completamente rojo.
—¡¡¿Qué?!!
—Es una posibilidad.
—¡Yo jamás dije eso!
—Pero pediste que me quitara la ropa.
La joven comenzó a mover las manos, completamente nerviosa.
—¡Porque estaba mojada!
¡No porque quisiera...!
¡Ay, qué hombre tan insoportable!
Asterion permanecía con el mismo rostro inexpresivo.
Eso la hizo enfadarse todavía más.
—¡Pues quédese solo!
Laira dio media vuelta.
Cruzó la pequeña cueva.
Y se acomodó lo más lejos posible de él, dándole la espalda con los brazos cruzados.
—No le pienso hablar.
Asterion la observó unos segundos.
Después desvió la vista hacia la entrada de la cueva.
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.
Levantó discretamente una mano.
Un diminuto hechizo salió disparado hacia la oscuridad exterior.
Un instante después...
Un rugido estremeció la cascada.
Laira dio un pequeño grito.
—¡¡Asterion!!
Corrió tan rápido que casi tropezó.
Sin pensarlo dos veces se escondió detrás del Archimago y sujetó su brazo con ambas manos.
Respiraba agitada.
Miró hacia la entrada esperando ver otra criatura.
Pero no había nada.
Solo el bosque.
Y el sonido de la cascada.
Frunció lentamente el ceño.
Volteó a mirar a Asterion.
Él seguía completamente serio.
Demasiado serio.
Entrecerró los ojos.
—...¿Fue usted?
El Archimago tardó unos segundos en responder.
—Tal vez.
Laira abrió la boca, indignada.
—¡Me asustó a propósito!
—Funcionó.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Eso no tiene ninguna gracia!
—Volviste.
—¡Porque pensé que nos atacaban!
Asterion desvió la mirada para ocultar una expresión que casi parecía una sonrisa.
Laira lo observó unos segundos.
Y terminó soltando una risa entre resignada y divertida.
—Definitivamente...
Usted sí tiene corazón.
Solo que está muy escondido.
El Archimago no respondió.
Pero aquella frase permaneció dando vueltas en su mente mucho después de que ambos volvieran a guardar silencio.