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Atrapé Al Diablo

Atrapé Al Diablo

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Reencuentro / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Marion Cecilia Coloma Aguirre

La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.

NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22

El lunes desperté antes de que saliera el sol.

Era el día en que Valentina debía comenzar las clases en la Academia Valmont, pero mientras me arreglaba frente al espejo comprendí algo importante:

Después de todo lo que había vivido en las últimas semanas, merecía un día para simplemente ser feliz.

Bajé a desayunar y encontré a mis padres en la cocina.

—Buenos días, princesa —dijo mi padre.

—Buenos días.

—¿Por qué esa sonrisa? —

preguntó mi madre.

—Porque hoy Valentina no irá al colegio.

Mi padre levantó una ceja.

—¿Ah, no?

—No.

Hoy tendremos un día en familia.

Quiero que ella venga a casa, se pruebe oficialmente su uniforme y pase el día con nosotros.

Mi madre sonrió de inmediato.

—Me gusta esa idea.

—A mí también —admitió mi padre—.

Entonces queda decidido:

hoy nadie estudiará.

—¿Eso incluye a Ferrer? —

pregunté.

—Especialmente a Ferrer.

Ese muchacho necesita dormir tres días seguidos.

Reí y tomé las llaves de mi auto.

Una hora después llegué al edificio de los Ferrer.

Valentina abrió la puerta todavía en pijama.

—¡Amalia!

¿Ya es hora del colegio?

—Cambio de planes, princesa.

—¿Qué hiciste? —

preguntó Matías desde el fondo del departamento.

—Los estoy secuestrando.

—Lo sabía.

Valentina dio un pequeño salto.

—¿Entonces no iremos a clases?

—No hoy.

Hoy tendremos un día en familia en mi casa.

—¡Mati, escucha!

¡Tenemos un día en familia!

—Sí, lo escuché la primera doce veces.

Subimos al auto y condujimos hasta la mansión Valmont.

Valentina pasó todo el camino pegada a la ventana, maravillándose con cada calle y cada árbol.

Cuando cruzamos el enorme portón, abrió la boca.

—¿Aquí vives?

—Sí.

—Amalia, esto no es una casa.

Esto es un reino.

—Mi papá estaría feliz de escuchar eso.

Apenas entramos, mi madre la abrazó como si la conociera desde siempre.

—Buenos días, princesa.

—¡Ahora todos me dicen princesa! —

protestó ella entre risas.

—Es contagioso —dijo mi padre apareciendo en el vestíbulo.

Después del desayuno, una encargada llegó con una caja perfectamente doblada.

—Señorita Ferrer, su uniforme está listo.

Valentina tragó saliva.

—¿Ya?

—Ya.

La llevamos a uno de los vestidores y desapareció detrás de la puerta durante varios minutos.

Yo esperaba nerviosa cuando finalmente salió.

El uniforme azul marino le quedaba perfecto.

La falda caía justo a la altura correcta, el blazer estaba impecable y la corbata hacía que pareciera una estudiante de la

Academia desde siempre.

Valentina se quedó inmóvil frente al espejo.

—¿De verdad soy yo?

—Sí —respondí sonriendo—.

Y te ves hermosa.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—Es adorable.

Mi padre asintió orgulloso.

—Una verdadera alumna de la Academia Valmont.

Matías permaneció en silencio.

Cuando Valentina se acercó girando sobre sí misma, él le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Te ves exactamente como siempre soñaste, enana.

La niña sonrió con los ojos brillantes.

—Gracias, Mati.

Y así comenzó oficialmente el día de las golosinas.

Llenamos la sala de chocolates, galletas, caramelos, helados y hasta una fuente de malvaviscos que mi padre insistió en comprar porque, según él, “toda celebración necesita exageración”.

—Papá, estás peor que yo.

—Lo aprendí de la mejor.

Pasamos horas jugando juegos de mesa, viendo películas y riéndonos hasta que nos dolió el estómago.

Incluso Matías terminó participando, aunque fingía que todo aquello le daba vergüenza.

—Ferrer, te estás divirtiendo.

—Eso es una acusación grave.

—Lo vi sonreír —gritó Valentina.

—Traición.

Cuando llegó la noche, Valentina estaba acostada sobre la alfombra rodeada de envoltorios vacíos.

—No me quiero ir —murmuró.

Me senté a su lado.

—Puedes volver cuando quieras.

Ella levantó la cabeza y me miró con esperanza.

—¿Puedo dormir contigo hoy?

Antes de que pudiera responder, mi padre apareció en la puerta.

—Obvio que sí, hija.

Valentina soltó un gritito y corrió a abrazarlo.

—¡Gracias, señor rector!

—Aquí no soy el rector.

Soy el papá de Amalia.

Mi madre comenzó a preparar la habitación mientras yo reía.

—¿Y yo dónde dormiré? —

preguntó Matías.

—En la habitación de al lado —respondió mi padre—.

Ya está preparada.

Matías suspiró.

—Creo que oficialmente he sido adoptado por esta familia.

—Demasiado tarde para escapar —dije.

Valentina entró corriendo a mi habitación y se lanzó sobre la cama.

—¡Es gigantesca!

—Comportarte.

—Nunca.

Nos acomodamos entre almohadas mientras ella me contaba todas las cosas que quería hacer cuando empezara las clases.

Poco a poco su voz se fue apagando hasta quedarse dormida abrazando uno de sus nuevos peluches.

Me quedé observándola en silencio y luego levanté la vista hacia la puerta entreabierta.

Al otro lado del pasillo estaba la habitación donde dormía Matías Ferrer.

Y mientras aquella casa llena de risas se sumergía lentamente en el silencio de la noche, una última pregunta apareció en mi corazón.

¿Por qué sentía que este falso día en familia comenzaba a parecerse peligrosamente a la vida que siempre había soñado?

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