Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 4 NUEVAS RAISES
Durante toda esa primera semana, el olor a jabón concentrado y el vapor caliente de los lavabos se convirtieron en mi compañía constante. Salía de las aulas con el bolso al hombro, los zapatos aún manchados del polvo del patio universitario, y caminaba rápido hacia el ala de la cocina industrial: no por los platos que me esperaban, sino por Rosa. Ella era mi ancla, mi único consuelo en un país que todavía sonaba extraño a mis oídos, donde hasta el aire se sentía distinto, más frío y con un matiz de leña y trigo que no conocía.
Casi siempre había un señor barriendo el salón principal cuando yo llegaba. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con la espalda un poco encorvada pero los movimientos firmes y rítmicos, como si cada barrido fuera una danza que repetía desde hacía décadas. Llevaba una camisa de trabajo azul descolorida, manchada en los puños de harina y salsa seca, y unos pantalones grises que le quedaban grandes, sujetos con una correa de cuero gastada. Su cabello era blanco como la espuma del mar, muy corto y siempre despeinado, y tenía las manos gruesas, llenas de cicatrices viejas —seguramente de cortes con cuchillos o quemaduras en los fogones— y uñas con restos de tierra. No hablaba mucho, pero cada vez que me veía cruzar la puerta, levantaba la vista, me dedicaba una sonrisa pequeña y tranquila, y asentía con la cabeza. Sus ojos eran claros, de un tono grisáceo como el cielo nublado de esas tierras, y siempre parecían ver más de lo que decía. A veces, mientras yo llenaba los cubos de agua, silbaba una melodía antigua, lenta y melancólica, que se mezclaba con el ruido de los cubiertos chocando entre sí; nunca supe qué canción era, pero me hacía sentir menos sola, como si el silencio de la cocina no fuera tan vacío después de todo.
Esa noche, cuando por fin terminé de secar el último plato y guardé los delantales, subí a mi habitación con el cuerpo cansado pero la mente inquieta. Eran las once de la noche aquí, lo que significaba que en Canadá apenas empezaba la mañana, y justo cuando me acomodaba entre las sábanas, con la computadora apoyada sobre las piernas, la llamada apareció en la pantalla. El rostro de mi hermana se iluminó frente a mí, con el sol de canada detrás suyo, iluminando sus mejillas iguales a las mías.
—¡Hola, hermana! —dijo ella, sonriendo con esa alegría que siempre le salía de los ojos—. ¿Cómo amaneciste? Bueno, ¿cómo te va yendo?
—Bien, Rosa —respondí, y sin darme cuenta una sonrisa se me dibujó sola en los labios—. De hecho, cada día me siento un poquito mejor.
Ella soltó una risa suave, y yo me reí con ella: verla así, tan cerca aunque estuviéramos a miles de kilómetros, me quitaba todo el peso de la jornada.
—¿Y tú qué me cuentas? —me pregunto rosa, acomodándose mejor contra la almohada.
—No mucho la verdad —menie la cabeza, y un mechón de pelo se me cayó sobre la frente—
—¿Y has hecho amigos ya? —pregunto rosa con curiosidad.
—La verdad es que no —suspiré, mirando hacia la pared como si pudiera ver el salón desde allí—. Cuando llego, todas ya están instaladas en sus puestos, la clase ya ha empezado. Yo entro un poco más tarde para terminar de lavar lo que queda de la comida anterior, y además… todos parecen tan serios, tan concentrados. Cuesta mucho acercarse.
—¿Y tú crees que te castigó así para ver si de verdad sabes lavar bien los trastes? —dijo Rosa, y se rió con ganas.
—¡Segurísimo! —respondí, y le devolví la risa con una sonrisa pícara que me iluminó toda la cara—. Aunque, entre nos… no es que el profesor sea feo, eh.
Rosa soltó una carcajada tan fuerte que tuve que bajar el volumen.
—¡Claro que sí! —dijo entre risas—. Los alemanes todos son feos, no te hagas la loca.
—La verdad no sé —respondí, encogiéndome de hombros—, pero no es que sean guapos del todo. Y necesito aprender bien el idioma, Rosa. ¿Sabes que es mucho más difícil de lo que parece? En clase hablamos en inglés, claro, pero no es lo mismo. Quiero trabajar un par de horas por las noches para practicar más, entender cómo suena de verdad, cómo se dicen las cosas sin que parezca que estoy leyendo un libro.
—Ya lo sé, Camila —su voz se volvió más suave, cariñosa—, pero ve despacio, ¿sí? Cuando ya te sientas segura y sepas todo lo que necesites, todo irá cayendo por su propio peso. Ahora descansa, que ya es muy tarde para ti. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero —le dije, con la voz un poquito quebrada de la emoción—. Descansa tú también.
Colgué la llamada y me quedé un momento mirando la pantalla apagada, antes de dejar la computadora sobre la mesa de noche. Me levanté despacio, estirando los brazos hasta que crujieron mis huesos: no hacía ejercicio desde que llegué al país, y aunque mi cuerpo seguía siendo delgado, tenía las curvas que siempre me habían gustado —caderas anchas, glúteos firmes y un vientre suave—, pero quería que se volviera más fuerte, más resistente, para aguantar las horas de pie en la cocina sin cansarme. Me puse la ropa deportiva y empecé con los movimientos, contando cada respiración, imaginando que cada esfuerzo era un paso más para cumplir lo que había venido a buscar.
Los días se fueron convirtiendo en semanas, y las semanas en meses, casi sin que me diera cuenta. Siempre hablaba con Rosa cada dos o tres días, sin falta, y la cocina dejó de ser un lugar extraño para volverse mi segundo hogar. Poco a poco fui demostrando lo que sabía hacer: aprendí a moverme entre los fogones sin chocar con nadie, a cortar las verduras con rapidez y precisión, a calcular las cantidades sin medir dos veces, y en muy poco tiempo me convertí en la más hábil de todo el grupo, entre nueve hombres,.
De todos ellos, cuatro se volvieron mis amigos más cercanos, los que con el tiempo se convirtieron casi en familia: