Valentina tenía 17 años cuando conoció a Lautaro, un amor inesperado que llegó para cambiar su vida para siempre. Entre miradas, promesas y momentos inolvidables, descubrió un sentimiento que creyó que duraría toda la vida.
Pero a veces el amor no alcanza.
Los malos entendidos, las personas equivocadas y las decisiones tomadas demasiado pronto los separaron. Mientras Lautaro siguió adelante con su vida, Valentina intentó olvidarlo, aunque una parte de su corazón siempre quedó en aquel pasado.
Con los años, Valentina construyó una familia junto a Franco, un hombre que le dio amor, estabilidad y un hogar. Se convirtió en esposa y madre, aprendiendo que la vida puede regalarte una felicidad diferente a la que imaginaste.
Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Porque algunas personas no desaparecen de tu corazón, aunque pasen los años, aunque cambien las vidas, aunque los caminos se separen.
Y cuando el destino decide volver a cruzarlos...
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Capítulo 10 – El lugar donde empezó a llamarse amor
Después de aquella tarde en la cafetería, algo cambió entre ellos.
Ya no eran dos personas que simplemente se hablaban.
Ahora buscaban cualquier excusa para verse.
Si Valentina salía del trabajo un rato antes, Lautaro aparecía con dos helados.
Si él tenía libre una tarde, ella encontraba la manera de hacerse un tiempo.
No necesitaban grandes planes.
Les alcanzaba con estar juntos.
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Un miércoles por la tarde, Lautaro pasó a buscarla.
—¿A dónde vamos? —preguntó Valentina al subir al auto.
—Es una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Mentira.
—Bueno... depende.
Lautaro sonrió sin decir nada.
Condujo durante unos veinte minutos hasta llegar a un mirador desde donde se veía casi toda la ciudad.
El sol estaba empezando a esconderse.
El cielo se pintaba de tonos naranjas y rosados.
Valentina bajó del auto y quedó maravillada.
—Qué hermoso...
—Sabía que te iba a gustar.
Se sentaron sobre el capó del auto con dos mates que Lautaro había preparado antes de salir.
Durante varios minutos no hablaron.
Solo contemplaban el paisaje.
—¿Venís seguido acá? —preguntó ella.
—Cuando necesito pensar.
—¿Y hoy qué necesitás pensar?
Lautaro la miró.
—Nada.
—¿Entonces?
—Hoy solo quería compartir este lugar con vos.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
Nadie había tenido un gesto así con ella.
No era un regalo caro.
No era una cena lujosa.
Era simplemente un lugar especial que él había decidido mostrarle.
Y eso valía mucho más.
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Mientras el sol desaparecía, comenzaron a hablar de sus vidas.
Valentina le contó cómo era de chica, las veces que se había caído y vuelto a levantar, las decepciones que había vivido y el miedo que todavía arrastraba después de su primera relación.
Lautaro escuchaba sin interrumpir.
Cuando ella terminó, él habló.
—¿Sabés cuál fue mi problema siempre?
—¿Cuál?
—Nunca dejé que nadie me conociera de verdad.
—¿Y ahora?
Él sonrió.
—Con vos... me sale solo.
Ella bajó la mirada.
No encontraba las palabras.
Había algo en Lautaro que la hacía sentir segura.
Como si pudiera contarle cualquier cosa sin miedo a ser juzgada.
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Al caer la noche, comenzaron a caminar por un sendero iluminado apenas por algunos faroles.
El viento movía suavemente el cabello de Valentina.
Lautaro la observó.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Qué pensaste la primera vez que me viste en el boliche?
Ella se rió.
—¿La verdad?
—Siempre.
—Pensé que eras un agrandado.
Lautaro abrió grande los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y ahora?
Valentina sonrió.
—Ahora sé que estaba completamente equivocada.
—Menos mal.
—¿Y vos? ¿Qué pensaste de mí?
Lautaro no respondió enseguida.
La miró durante unos segundos.
—Pensé que eras la mujer más linda que había visto en mucho tiempo.
Valentina sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Solo eso?
—No.
Él dio un paso más cerca.
—También pensé que, si alguna vez llegaba a conocerte de verdad... me iba a costar mucho sacarte de mi cabeza.
Ella no pudo esconder la sonrisa.
—¿Y te costó?
Lautaro negó lentamente.
—No.
—¿No?
—Porque nunca saliste de ella.
El silencio volvió a envolverlos.
No era incómodo.
Era de esos silencios que hablan por sí solos.
Lautaro tomó la mano de Valentina.
—Hay algo que hace días quiero decirte.
Ella lo miró con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que él podía escucharlo.
—Decilo.
—No sé si es muy pronto...
—Decilo igual.
Lautaro respiró profundo.
—Creo que me estoy enamorando de vos.
Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de tristeza. De emoción. Porque ella también llevaba días luchando contra esas mismas palabras.
Se acercó despacio, le acarició la mejilla y sonrió.
—¿Sabés qué es lo más lindo?
—¿Qué?
—Que yo ya estoy enamorada de vos.
Lautaro no dijo una sola palabra.
La miró a los ojos durante unos segundos, como si quisiera grabar ese instante para siempre. Después tomó su rostro con delicadeza y acortó la distancia entre los dos.
Sus labios se encontraron en un beso largo y apasionado. No había apuro, solo el deseo de expresar todo lo que ninguno de los dos había sabido decir con palabras durante esas semanas.