ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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LA CONFESIÓN DE CLARA
El silencio que siguió a aquella grabación fue insoportable.
La voz de mi madre todavía resonaba en mi cabeza.
«Yo fui quien tomó el arma de las manos de Sebastián aquella noche. Y si alguien descubre lo que hice después, mi hija nunca me perdonará».
Miré la pantalla del portátil. Después miré a Sebastián.
Él no se movía. Tenía los ojos clavados en el video, la mandíbula tan tensa que parecía que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no romper algo.
—Sebastián… —susurré.
—No. —Levantó una mano, pidiéndome que no me acercara—. No digas nada todavía.
Su voz estaba rota.
Y eso me dolió más que cualquier grito.
Alejandro Ferrer, que permanecía junto a la puerta del despacho, dio un paso hacia nosotros.
—Tenemos que escuchar el resto de los archivos. Quizá haya una explicación.
Sebastián se volvió hacia él con una mirada helada.
—¿Una explicación? ¿También vas a explicarme por qué llevas meses sabiendo cosas sobre mi padre y decidiste mantenerme en la oscuridad?
—Sebastián, yo…
—¡Cállate!
El grito retumbó por toda la habitación.
Alejandro retrocedió. Por primera vez desde que lo conocía, no intentó defenderse con una sonrisa ni con alguna de sus respuestas ingeniosas.
Yo me acerqué a Sebastián despacio.
—Mírame.
Él negó con la cabeza.
—No puedo, Valentina.
—¿Por qué?
Soltó una risa amarga.
—Porque si te miro, voy a querer creer que todavía hay algo bueno en mí. Y ahora mismo no sé si tengo derecho a hacerlo.
Sentí que el corazón se me encogía.
Le tomé la mano.
Él intentó apartarse, pero no lo dejé.
—No voy a decidir quién eres por una grabación incompleta —le dije—. Ni por lo que tu padre, mi madre o Alejandro quieran hacernos creer.
Sus ojos encontraron los míos.
Había rabia en ellos. Miedo también. Y algo más profundo que no sabía cómo nombrar.
—¿Y si la grabación demuestra que hice algo imperdonable?
Tragué saliva.
—Entonces tendremos que descubrir qué pasó de verdad. Pero no vas a hacerlo solo.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Después, Sebastián entrelazó sus dedos con los míos.
Fue un gesto pequeño, casi imperceptible. Sin embargo, sentí que se estaba aferrando a mí como si yo fuera lo único que impedía que se hundiera.
—Pon el siguiente archivo —ordenó, sin soltarme la mano.
Alejandro se acercó al portátil.
Había tres archivos más. El primero se llamaba «NOCHE_16_ABRIL». El segundo, «CÁMARA_04». El último llevaba un nombre que me heló la sangre:
«VALENTINA_NO_DEBE_SABERLO».
Me quedé mirando aquellas palabras.
—¿Por qué hay un archivo con mi nombre?
Nadie respondió.
Sebastián apretó mi mano.
—Reproduce el primero —dijo.
Alejandro obedeció.
La pantalla se llenó de una imagen granulada. Era una habitación oscura, iluminada por una lámpara sobre una mesa. Reconocí el rostro de Alejandro Montenegro, aunque parecía mucho más joven. Frente a él estaba mi madre.
Clara.
Tenía los ojos hinchados, el cabello desordenado y una mancha oscura en la manga de su blusa.
Sangre.
Me llevé una mano a la boca.
—Dios mío…
En la grabación, Alejandro Montenegro caminaba de un lado a otro.
—No tenías que involucrarte, Clara.
—¡Estaba muriéndose! —respondió mi madre—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que lo dejara ahí?
—Tenías que llamar a una ambulancia.
—¡No podía hacerlo!
Alejandro se detuvo frente a ella.
—¿Y Sebastián?
Mi madre cerró los ojos.
—No recuerda nada con claridad.
—¿Está seguro de que fue él?
Clara tardó en contestar.
—No lo sé.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Sebastián soltó mi mano.
—¿Quién estaba muriéndose? —preguntó, aunque nadie podía escucharlo desde aquella grabación.
Mi madre comenzó a llorar en la pantalla.
—Yo recogí el arma. La limpié y…
La imagen se congeló.
Un pitido agudo llenó la habitación.
—¡No! —exclamé—. ¡No puede quedarse ahí!
Alejandro empezó a manipular el teclado.
—El archivo está dañado.
—Arréglalo —ordenó Sebastián.
—Estoy intentándolo.
—¡Pues inténtalo más rápido!
—¡No soy un maldito mago, Sebastián!
Me interpuse antes de que volvieran a enfrentarse.
—¡Basta los dos!
Mi voz tembló, pero funcionó.
Alejandro respiró hondo y volvió a concentrarse en el portátil. Unos segundos después, consiguió recuperar parte del audio.
La voz de mi madre volvió a escucharse.
—…y después hice algo que jamás podré deshacer.
Un golpe seco.
La grabación terminó.
Me quedé inmóvil.
Sebastián se alejó de la mesa y se pasó las manos por el cabello.
—Ella tenía el arma —murmuró—. Mi padre estaba herido y ella tenía el arma.
—Eso no demuestra que lo haya disparado —dije.
—Tampoco demuestra que no lo hiciera.
Se volvió hacia mí. Sus ojos brillaban, pero no lloraba.
Sebastián Montenegro parecía incapaz de permitirse ese lujo.
—Toda mi vida he recordado fragmentos de aquella noche. Mi padre gritándome. Un golpe. El suelo frío. El arma en mi mano. Y después, nada. Durante años pensé que había sido yo quien le disparó.
Se le quebró la voz.
—¿Sabes qué es lo peor? Que a veces he deseado que fuera verdad.
—¿Qué? —susurré.
—Porque si fui yo, al menos tendría sentido que desapareciera. Que mi padre me odiara. Que todo el mundo me mirara como si estuviera esperando que terminara convirtiéndome en un monstruo.
Me acerqué a él.
—Mírame, Sebastián.
Esta vez obedeció.
—No eres un monstruo por tener miedo de lo que hiciste cuando eras un adolescente. Y no voy a dejar que te condenes antes de conocer la verdad.
Él bajó la mirada hacia mis labios.
Por un instante, el despacho desapareció. No hubo grabaciones, armas ni secretos. Solo su respiración mezclándose con la mía.
—No sé qué me estás haciendo —murmuró.
—Yo tampoco.
—Debería alejarte de mí.
—Llevas diciendo eso desde que te conozco.
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Y tú sigues sin hacerme caso.
—Tengo un pésimo gusto para obedecer.
Él soltó una pequeña carcajada, tan inesperada que sentí ganas de abrazarlo.
Y lo hice.
Sebastián me rodeó con los brazos y hundió el rostro en mi cabello. Su abrazo no tenía nada de arrogante ni de desafiante. Era el abrazo de alguien que estaba cansado de fingir que podía soportarlo todo.
—No me sueltes todavía —susurró.
Cerré los ojos.
—No pensaba hacerlo.
Pero la voz de Alejandro Ferrer nos devolvió a la realidad.
—Hay algo más que deben ver.
Nos separamos.
Alejandro había conseguido abrir el archivo de la cámara cuatro. La imagen mostraba un pasillo estrecho, probablemente el de la antigua casa donde habíamos encontrado los documentos.
Una figura apareció al fondo.
Era Sebastián.
Mucho más joven. Tal vez de dieciséis años.
Caminaba tambaleándose, con una mano apoyada contra la pared. Tenía la camisa manchada y parecía desorientado.
Entonces apareció mi madre.
Clara lo sujetó antes de que cayera.
El joven Sebastián intentó apartarla, pero ella lo abrazó con fuerza y le dijo algo que el micrófono no alcanzó a registrar.
Después, mi madre miró directamente hacia la cámara.
Y pronunció unas palabras que sí pudimos escuchar.
—Perdóname, Valentina.
Sentí que se me cortaba la respiración.
—¿Por qué dice mi nombre? —pregunté—. Yo ni siquiera estaba allí.
Alejandro no respondió.
La imagen continuó.
Mi madre ayudó a Sebastián a sentarse. Luego salió del encuadre y regresó unos minutos después con una bolsa negra. La dejó junto a la puerta.
El joven Sebastián parecía estar inconsciente.
Clara se arrodilló frente a él, le tomó el rostro entre las manos y dijo algo que el audio apenas consiguió captar.
—No puedes recordarlo. Si recuerdas lo que pasó, te matarán.
La pantalla quedó en negro.
Nadie se atrevió a hablar.
Entonces comprendí algo terrible: mi madre no solo había ocultado información. Había intentado proteger a Sebastián de algo que sucedió aquella noche.
Pero ¿de qué?
¿Y por qué había mencionado mi nombre?
Me volví hacia Alejandro Ferrer.
—Tú conocías a mi madre antes de que se casara con Alejandro Montenegro, ¿verdad?
Él bajó la mirada.
Ese gesto fue suficiente.
—¡Contéstame!
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde mucho antes de que tú llegaras a esta casa.
—¿Y sabías lo que pasó aquella noche?
Alejandro tardó demasiado en responder.
—Sabía una parte.
Sebastián avanzó hacia él.
—Te juro que, si vuelves a mentirnos…
—No estoy mintiendo.
—Entonces habla.
Alejandro respiró hondo.
—La noche del dieciséis de abril, tu padre no fue el único que desapareció. Hubo otra persona que abandonó aquella casa y nunca volvió a ser la misma.
—¿Quién? —pregunté.
Alejandro me miró directamente.
—Tu madre.
Negué con la cabeza.
—Mi madre está aquí. Vive conmigo.
—No me refiero a que desapareciera físicamente, Valentina. Me refiero a que, después de esa noche, Clara cambió. Empezó a recibir llamadas a escondidas, dejó de hablar con ciertas personas y pasó años intentando borrar todo lo relacionado con Alejandro Montenegro.
—¿Por qué?
Alejandro miró a Sebastián.
—Porque alguien la obligó a guardar silencio.
Antes de que pudiéramos preguntarle quién, escuchamos pasos apresurados en el pasillo.
La puerta del despacho se abrió de golpe.
Mi madre apareció en el umbral.
Estaba pálida. Llevaba el teléfono en una mano y tenía los ojos llenos de lágrimas.
Cuando vio el portátil abierto, comprendió que habíamos escuchado la grabación.
—Valentina… —susurró.
Me levanté lentamente.
—¿Qué hiciste, mamá?
Ella se llevó una mano al pecho.
—Déjame explicarte.
—¿Tomaste el arma de Sebastián? ¿Limpiaste la sangre? ¿Qué pasó con el padre de Sebastián?
Clara miró al joven que tenía delante.
—Lo siento muchísimo.
Sebastián soltó una risa amarga.
—No me pidas perdón. Dime qué pasó.
Mi madre comenzó a llorar.
—Tu padre estaba vivo cuando Mateo se lo llevó. Yo no sabía adónde lo llevaría ni si volvería a verlo. Solo intentaba protegerte.
—¿Protegerme de quién?
Clara abrió la boca, pero no consiguió responder.
Entonces su teléfono vibró.
Lo miró y el color desapareció de su rostro.
—No… —susurró.
Me acerqué.
—¿Qué ocurre?
Ella me mostró la pantalla.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Se acabó el tiempo, Clara. Si les cuentas quién disparó realmente, tu hija pagará por tus pecados».
Debajo había una fotografía.
Una imagen reciente de nuestra casa.
Y, en la entrada, alguien nos observaba desde un automóvil negro.
Sebastián le arrebató el teléfono y amplió la fotografía.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Hace unos minutos —respondió mi madre—. Me dijeron que no viniera aquí, pero…
—¿Pero qué? —pregunté.
Clara me miró con una desesperación que jamás había visto en sus ojos.
—Porque hay algo que tienes que saber, hija. Algo que debí contarte hace muchos años.
Me acerqué a ella, sintiendo que el corazón me golpeaba las costillas.
—Dímelo.
Mi madre miró a Sebastián y luego a Alejandro Ferrer.
—La noche en que desapareció Alejandro Montenegro, yo no fui la única que estuvo en aquella casa.
—Eso ya lo sabemos —dijo Sebastián, impaciente.
Clara negó con la cabeza.
—No. No lo entiendes. Había alguien más. Alguien que llevaba años muerto para todos nosotros.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Quién?
Mi madre me tomó las manos. Las suyas estaban heladas.
—Tu padre, Valentina.
Dejé de respirar.
Mi padre había muerto cuando yo era pequeña. O eso me habían contado siempre. Apenas conservaba recuerdos de él: una voz suave, unas manos grandes y la sensación de que me levantaba en brazos para que pudiera alcanzar las estrellas dibujadas en el techo de mi habitación.
—Eso es imposible —susurré—. Mi padre murió hace años.
—Eso fue lo que te hice creer.
Me aparté de ella.
—No. No puedes decirme algo así y esperar que te crea.
—Valentina, por favor…
—¡Me has mentido toda la vida!
Las lágrimas me nublaron la vista. Sebastián intentó acercarse, pero yo necesitaba espacio. Necesitaba entender por qué las personas que más quería parecían haber construido sus vidas sobre una montaña de mentiras.
Entonces el teléfono de Sebastián comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un número desconocido.
Contestó sin apartar los ojos de mi madre.
—¿Quién habla?
Durante varios segundos, solo escuchamos interferencias.
Después, una voz masculina pronunció su nombre.
—Sebastián.
Él se quedó inmóvil.
Yo conocía aquella voz.
La había escuchado en una grabación antigua, en los mensajes que nos habían enviado y en los recuerdos fragmentados que Sebastián guardaba de su infancia.
Era la voz de su padre.
Alejandro Montenegro.
—¿Papá? —susurró Sebastián.
La respuesta llegó acompañada de una respiración agitada.
—Escúchame con atención, hijo. No tienes mucho tiempo.
Sebastián apretó el teléfono.
—¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves a casa?
—Porque si regreso, todos ustedes estarán en peligro.
—¡Llevas seis meses desaparecido! ¡Nos has dejado creer que estabas muerto!
—Lo sé. Y algún día te explicaré por qué.
Hubo una pausa.
Después, la voz de su padre se volvió más grave.
—Pero primero debes alejarte de Valentina.
Sentí que la sangre se me helaba.
Sebastián me miró.
—No.
—No sabes quién es realmente esa muchacha.
—No vuelvas a hablar de ella como si fuera una amenaza.
—¡Sebastián, escúchame! Su padre no murió aquella noche. Y si él ha vuelto, significa que ya sabe que tú sigues vivo.
Mi madre se cubrió la boca.
Yo apenas podía sostenerme en pie.
—¿Qué tiene que ver mi padre con todo esto? —pregunté, acercándome al teléfono.
Al otro lado se hizo un silencio absoluto.
Después, Alejandro Montenegro respondió con una frase que cambió todo.
—Valentina, si estás escuchando esto, hay algo que debes saber: tu padre fue quien disparó aquella noche.
Se me doblaron las rodillas.
Sebastián me sostuvo antes de que cayera.
Y entonces llegó la última frase, pronunciada con una urgencia que me heló hasta los huesos.
—Pero no estaba intentando matarme a mí, hija. Estaba intentando matarte a ti.