Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
NovelToon tiene autorización de Luna de Tinta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
UNA COSTUMBRE PELIGROSA
Hades regresó a la plaza al día siguiente.
Se dijo que necesitaba caminar. Que el aire de la ciudad le resultaba agradable. Que había descubierto una pequeña librería cerca de la fuente y quería examinar sus libros.
Todas eran excusas.
Y lo sabía.
Lo que más le molestaba era que, a pesar de reconocerlo, ninguna parecía suficiente para hacerlo cambiar de dirección.
La plaza estaba más concurrida que el día anterior. Los comerciantes anunciaban sus productos, los niños corrían entre los puestos y varias personas se habían reunido alrededor de un músico callejero.
Hades recorrió el lugar con la mirada.
No la encontró.
Se detuvo junto a la fuente y cruzó los brazos.
—Ridículo —murmuró.
Un dios inmortal esperando a una mortal.
Si Zeus llegara a enterarse, no dejaría de burlarse durante los próximos mil años.
Hades estaba a punto de marcharse cuando escuchó una voz detrás de él.
—¿Buscando a alguien?
Reconoció aquella voz antes de volverse.
Alison estaba a unos pasos, con una bolsa de papel entre las manos y una expresión que mezclaba diversión y curiosidad.
Hades recuperó su habitual expresión seria.
—No.
—Qué coincidencia. Yo tampoco.
Ella se colocó a su lado y dejó la bolsa sobre el borde de la fuente.
—Entonces supongo que ninguno de los dos está aquí por el otro.
—Exactamente.
Alison sonrió.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
Hades la miró de reojo.
Aquella muchacha tenía una habilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación en un desafío.
—¿Siempre tienes que tener la última palabra?
—No. A veces también tengo la primera y la del medio.
Él soltó una risa breve.
Alison lo observó con una expresión satisfecha, como si acabara de conseguir una victoria personal.
—¡Mire eso! Sí sabe reírse.
—No te acostumbres.
—Tranquilo. No pensaba hacerlo.
Se sentó junto a la fuente y abrió la bolsa. El aroma de pan recién hecho llegó hasta Hades, quien contempló con curiosidad el contenido.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Alison levantó una pequeña pieza de pan dulce.
—Comida.
—Sé lo que es la comida.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Hades la miró en silencio.
Ella volvió a reír.
—Es pan dulce. Lo compré en la tienda de la esquina. ¿Quiere uno?
—No tengo hambre.
—Eso no fue lo que le pregunté.
Antes de que pudiera responder, Alison le tendió uno.
Hades contempló el pan como si fuera un objeto desconocido.
Había pasado tanto tiempo entre dioses que había olvidado lo que significaba compartir cosas tan sencillas. En el Olimpo, incluso los regalos podían esconder intenciones. En su reino, casi todo tenía un propósito.
Pero Alison simplemente le ofrecía algo de comer.
Sin pedir nada a cambio.
Lo aceptó.
—Gracias.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué acaba de decir?
—No empieces.
—¡Dijo gracias!
—Puedo recuperarlo.
Alison abrazó la bolsa contra su pecho, protegiendo el resto del pan.
—Demasiado tarde. Seré testigo de este milagro durante el resto de mi vida.
Hades negó con la cabeza, aunque esta vez no pudo evitar sonreír.
Y aquel pequeño gesto, tan insignificante para cualquiera que los observara, fue el primero que Alison consiguió arrancarle sin burlarse de él.
---
Se quedaron en la plaza mucho más tiempo del que ambos habían planeado.
Alison le habló de los libros que le gustaban, de las calles que prefería evitar cuando llovía y de una anciana que vivía cerca de su casa y que insistía en regalarle frutas cada vez que la encontraba.
Hades escuchó.
Al principio, apenas hacía preguntas. No estaba acostumbrado a conversar sin un propósito concreto. Pero, poco a poco, empezó a interesarse por los detalles.
Quería saber por qué Alison prefería las historias tristes.
Por qué siempre llevaba un libro consigo.
Por qué sonreía incluso cuando hablaba de cosas que le habían hecho daño.
—¿Y usted? —preguntó ella de repente.
Hades levantó la mirada.
—¿Yo qué?
—Siempre hablamos de mí. Cuénteme algo sobre usted.
El dios se quedó callado.
¿Qué podía contarle?
Que gobernaba un reino bajo la tierra.
Que las almas de los muertos esperaban sus decisiones.
Que su nombre era pronunciado con miedo en lugares donde ella jamás había estado.
Que había vivido tanto tiempo que las ciudades nacían y desaparecían antes de que él pudiera considerarlas antiguas.
Nada de aquello podía decírselo.
—No hay mucho que contar —respondió finalmente.
Alison dejó de sonreír.
—Eso no es verdad.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nadie tiene una vida en la que no haya pasado nada. Incluso las personas más aburridas tienen secretos.
Hades arqueó una ceja.
—¿Me estás llamando aburrido?
—Todavía estoy decidiendo.
Él soltó una risa baja.
Alison volvió a mirarlo con atención. Había algo extraño en aquel hombre. No era solamente su seriedad ni la manera en que parecía observar el mundo como si lo estuviera juzgando.
A veces, cuando ella hablaba de su vida, Hades la escuchaba con una atención que no encontraba en los demás. Como si cada palabra importara. Como si quisiera memorizarla.
Aquello la desconcertaba.
—¿Nunca se siente solo? —preguntó.
La sonrisa de Hades desapareció.
Por un instante, el ruido de la plaza pareció alejarse.
—¿Por qué preguntas eso?
Alison se encogió de hombros.
—Porque a veces parece que está aquí, pero su cabeza está en otro lugar.
Él apartó la mirada.
Nadie le había hecho aquella pregunta de esa manera.
Los dioses podían acusarlo de ser frío, orgulloso o distante. Podían discutir con él y desafiar sus decisiones. Pero ninguno parecía interesado en preguntarle si se sentía solo.
—La soledad no siempre depende de cuántas personas tienes alrededor —dijo al fin.
Alison dejó de jugar con la bolsa de papel.
Por primera vez desde que lo conocía, no encontró una respuesta ingeniosa.
—Eso es verdad —murmuró.
Hades volvió a mirarla.
Había tristeza en sus ojos, pero no la curiosidad superficial que él había encontrado tantas veces en los mortales. Alison parecía comprender aquella sensación, aunque no conociera la dimensión de la soledad que él llevaba consigo.
Y eso lo inquietó más que cualquier otra cosa.
Porque comenzaba a sospechar que no era únicamente su rostro lo que lo atraía.
Era la manera en que ella conseguía verlo.
No como un dios.
Ni como un hombre poderoso.
Sino como alguien que también podía sentirse perdido.
---
Cuando el sol comenzó a descender, Alison se puso de pie.
—Tengo que irme. Si llego tarde, mi madre va a pensar que me ha pasado algo.
Hades se levantó también.
—Te acompañaré.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Por qué?
—Porque está oscureciendo.
—Sé caminar de noche.
—No he dicho que no sepas hacerlo.
—Entonces…
Hades exhaló lentamente.
No estaba acostumbrado a tener que justificar sus decisiones ante nadie.
Pero, cuando miró a Alison, comprendió que no quería ordenarle que aceptara su compañía. Quería que ella la eligiera.
—Porque me gustaría acompañarte —dijo finalmente.
La respuesta pareció sorprenderla.
Alison bajó la mirada durante un instante, ocultando una pequeña sonrisa.
—Está bien, señor Cara de Funeral. Pero no intente darme órdenes por el camino.
—No prometo nada.
—Pues entonces caminaré más rápido.
Comenzó a avanzar antes de que él pudiera responder.
Hades la siguió.
La ciudad estaba bañada por una luz anaranjada. Los comerciantes cerraban sus puestos y las primeras lámparas comenzaban a encenderse en las ventanas.
Alison le señaló una panadería, una pequeña plaza secundaria y una casa antigua que, según ella, llevaba tantos años abandonada que los niños del barrio inventaban historias sobre sus antiguos habitantes.
Hades escuchó cada explicación.
Y, sin darse cuenta, comenzó a observar el mundo a través de sus ojos.
Una calle dejaba de ser solamente un camino.
Una casa dejaba de ser un edificio.
Un árbol viejo dejaba de ser una planta que había sobrevivido a varias generaciones.
Todo parecía tener una historia que Alison estaba dispuesta a compartir con él.
Al llegar a una calle estrecha, ella se detuvo frente a una pequeña vivienda de fachada clara.
—Es aquí.
Hades miró la casa y después volvió la atención hacia ella.
—Gracias por dejarme acompañarte.
Alison sonrió.
—No pensé que fuera a escuchar esas palabras de usted.
—¿Quieres que me arrepienta?
—Ni se le ocurra.
Ella subió los escalones de la entrada, pero antes de abrir la puerta se volvió.
—¿Vendrá mañana?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Había pasado todo el camino intentando encontrar una excusa para volver a verla. Ahora era ella quien le ofrecía la oportunidad.
Hades sostuvo su mirada.
—Si quieres que vuelva.
Alison fingió pensarlo.
—Supongo que puedo soportarlo un día más.
—Qué generosa.
—Lo sé. Es una de mis mejores cualidades.
Sonrió una última vez y entró en la casa.
Hades permaneció frente a la puerta unos segundos.
Después se marchó.
No había conseguido una promesa, ni una declaración, ni siquiera la certeza de que Alison sintiera algo más que curiosidad por él.
Pero había obtenido algo mucho más peligroso.
Una invitación para regresar.
Y, para un dios que había pasado siglos sin desear nada del mundo mortal, aquello empezaba a parecerse demasiado a una necesidad.
---
En el Olimpo, Perséfone observaba las sombras proyectadas sobre el suelo de su habitación.
Había intentado convencerse de que la ausencia de Hades no significaba nada. Su esposo tenía derecho a abandonar el inframundo durante un tiempo. Siempre había sido distante, y nunca había necesitado justificar cada uno de sus movimientos.
Sin embargo, algo no encajaba.
Hades se había marchado buscando tranquilidad.
Pero la tranquilidad nunca había sido algo que encontrara entre los mortales.
¿Por qué, entonces, seguía ausente?
Perséfone se acercó a una ventana y contempló los jardines divinos.
—¿Qué has encontrado allí? —susurró.
No había nadie para responderle.
Su mirada se endureció.
Conocía a Hades mejor que muchos de los dioses. Sabía que era orgulloso, reservado y difícil de comprender. También sabía que, cuando algo despertaba su interés, podía volverse obstinado hasta el extremo.
Y empezaba a temer que hubiera encontrado algo que no quisiera abandonar.
Algo que pudiera cambiarlo.
Algo que pudiera arrebatárselo.
Perséfone cerró la mano alrededor de una rosa blanca. Sus pétalos se marchitaron lentamente entre sus dedos.
—No permitiré que una mortal cambie lo que me pertenece.
Todavía no sabía quién era Alison Benet.
Todavía no sabía qué había ocurrido entre ella y Hades.
Pero su corazón ya había comenzado a llenarse de una sospecha que, con el tiempo, se convertiría en odio.
Y mientras una diosa alimentaba sus temores en el Olimpo, Hades regresaba a su habitación con una sonrisa que no conseguía borrar.
Al día siguiente volvería a verla.
Y, por primera vez en siglos, tenía algo que esperar.