Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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Capitulo 2
El piso sesenta de la Torre Moretti no era una oficina; era un mausoleo de cristal y acero. Desde allí, Dante observaba la ciudad de Nueva York como si fuera un tablero de ajedrez donde todas las piezas le pertenecían, aunque ninguna le importara. El aire acondicionado zumbaba con una eficiencia gélida, el único sonido que se atrevía a interrumpir el silencio sepulcral del despacho.
Frente a su escritorio de caoba negra, un hombre temblaba. Se llamaba Sergio, un contador de nivel medio que había cometido el error de creer que podía desviar fondos de las empresas fachada de los Moretti sin que el "Capo" se diera cuenta.
Dante no gritaba. Nunca lo hacía. La furia en él no era fuego, era nitrógeno líquido. Estaba sentado con la espalda recta, girando lentamente un anillo de sello en su dedo anular. Sus ojos, del mismo gris tormentoso que los de León, estaban fijos en el hombre suplicante.
—No fue por ambición, Don Dante... mi hija, ella necesitaba la operación... —sollozó Sergio, cayendo de rodillas.
Dante se levantó. El movimiento fue fluido, casi felino. Se acercó al ventanal, dándole la espalda al traidor.
—La lealtad no tiene precio, Sergio. Pero la traición siempre tiene factura —dijo Dante. Su voz era un barítono suave, aterciopelado y letal—. Si hubieras venido a mí, yo habría pagado la cirugía. Ahora, has condenado a tu hija a la orfandad.
Dante hizo una señal casi imperceptible con la mano. Dos sombras se materializaron desde los rincones oscuros del despacho. No hubo disparos, solo el sonido sordo de un forcejeo y el cierre de la pesada puerta doble. Dante no se inmutó. La muerte era el lenguaje cotidiano de su mundo, una moneda que intercambiaba para mantener el orden. Sin embargo, por dentro, sentía un hastío que le quemaba las entrañas.
Se sirvió un whisky puro. El alcohol le raspó la garganta, pero no logró adormecer el dolor punzante que vivía en su pecho desde hacía cinco años. Victoria. Su nombre era una herida abierta que se negaba a cicatrizar. Ella se había llevado la luz, dejándolo a él gobernando una ciudad de sombras.
Un golpe rítmico en la puerta lo sacó de su trance.
—Adelante, Marco —dijo Dante sin girarse.
Conocía el paso pesado de su mano derecha.
Marco entró. Era un hombre de pocas palabras, el único que recordaba a Dante antes de que se convirtiera en el monstruo de cristal que era ahora. Se detuvo a dos metros de su jefe y colocó un sobre de manila sobre la mesa.
—La limpieza de Sergio está terminada —informó Marco. Hizo una pausa, su voz bajando un tono
—. Y... tenemos algo más. Algo que habías pedido dejar de buscar hace un año.
Dante se tensó. El vaso de cristal crujió levemente en su mano.
—Dije que no quería más pistas falsas, Marco. No quiero más mujeres que se operan el rostro para parecerse a ella solo por mi dinero.
—Esto no es una cirugía, Dante. Es un fantasma.
Dante se giró lentamente. Sus ojos se clavaron en el sobre. Por un momento, el hombre que controlaba los puertos, las apuestas y la política de la costa este, tuvo miedo. Un miedo humano, primario. Estiró la mano y tomó el sobre. Sus dedos, que nunca temblaban al apretar un gatillo, vacilaron al rasgar el papel.
Sacó las fotografías. Eran tomas de larga distancia, granuladas, capturadas desde un coche en movimiento en un mercado de un pueblo costero llamado San Vicente.
En la primera foto, una mujer de espaldas compraba fruta. Dante frunció el ceño. Podía ser cualquiera. Pero en la segunda foto, ella se giraba para apartarse un mechón de pelo de la cara mientras reía.
El mundo de Dante Moretti se detuvo. El aire en sus pulmones se volvió plomo.
Era ella. Un poco más delgada, con la piel bronceada por el sol y vestida con una blusa de algodón que ninguna mujer de un mafioso usaría jamás. Pero eran sus ojos. Esa mezcla de desafío y dulzura que él había intentado domar y que terminó por destruirlo.
—San Vicente —susurró Dante, su voz rompiéndose por primera vez en media década—. Ha estado a plena vista... viviendo como una campesina.
Pasó a la tercera fotografía. Su corazón, que creía muerto, dio un vuelco tan violento que sintió un dolor físico.
En la toma aparecían dos niños. Caminaban a los lados de Victoria, cada uno sosteniendo una de sus manos. No se les veía el rostro con claridad, pero la postura de uno de ellos, la forma en que inclinaba la cabeza mientras hablaba, era una copia exacta de la de Dante cuando era joven.
—¿Quiénes son? —preguntó Dante, aunque su alma ya sabía la respuesta.
—Tienen cinco años, jefe —respondió Marco con cautela—. El registro del pueblo dice que se llaman León y Cristo. No tienen apellido paterno.
Dante dejó caer las fotos sobre la caoba. Se apoyó en el escritorio, sintiendo que las rodillas le flaqueaban. Cinco años. Ella se había ido embarazada. Le había robado no solo su presente, sino su descendencia. El pensamiento de que sus hijos, la sangre de los Moretti, estaban creciendo en una choza, vistiendo ropa barata y sin saber que eran los herederos de un imperio, encendió en él una furia que superaba cualquier traición de negocios.
Pero bajo la furia, había una marea de una emoción más peligrosa: esperanza.
—Prepara el jet —ordenó Dante. Sus ojos brillaban ahora con una luz peligrosa, una mezcla de depredador y padre—. Y llama a la unidad de extracción. No quiero que nadie en ese pueblo los vea llegar.
—Dante, si vamos con armas, ella volverá a huir —advirtió Marco—. Ella te tiene miedo.
Dante levantó la vista. La mirada gélida estaba de vuelta, pero esta vez estaba dirigida hacia un objetivo claro.
—Ya no importa si me tiene miedo o si me odia. Me dejó sin ninguna explicación, Marco. Me condenó al infierno mientras ella jugaba a la casita en la playa con mis hijos.
Se puso el saco, ajustándose los botones con una precisión obsesiva. Se miró en el espejo del despacho. Veía a un hombre que lo tenía todo, pero que se sentía vacío. Victoria era la única que podía llenarlo, o terminar de destruirlo.
—Ella cree que puede esconderse del diablo —continuó Dante, su voz ahora un susurro letal—. Pero se olvida de que yo fui quien le enseñó a rezar. Vamos a San Vicente. Quiero recuperar lo que me pertenece.
Caminó hacia la salida, dejando atrás el lujo de su oficina. Por primera vez en cinco años, Dante Moretti sentía que tenía un propósito. No se trataba de dinero, ni de poder, ni de territorio. Se trataba de las tres personas que le habían dado significado a su existencia sin que él lo supiera.
Mientras bajaba en el ascensor privado, Dante visualizó el rostro de Victoria. Imaginó el momento en que sus ojos se cruzaran de nuevo. Se preguntó si ella vería al hombre que amaba o al monstruo que ella misma ayudó a crear con su partida.
—Cinco años, Victoria —pensó, apretando los puños—. Espero que hayas disfrutado de tu libertad, porque hoy se acaba.
El rugido de los motores del jet en la pista privada de Teterboro fue el inicio del fin de la paz en San Vicente. El lobo había encontrado el rastro, y esta vez, no habría lugar en la tierra donde ella pudiera esconderse.
casi me termino las uñas 😂
Y están los niños sus hijos..
Ella se equivocó el también.
Su amor está ahí , a pesar de todo .
El que perdona , es el que más ama..