Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 4
Capítulo 4. Alguien se llevó las pruebas
Diego se quedó inmóvil y miró a Sofía, incapaz de creerlo.
¿Aquella mujer podía ser Brisa?
Ahora entendía lo que había dicho el mayordomo, pero seguía sin tener sentido.
Valeria reaccionó primero.
—¡Alejandro, te está engañando! Ella no es Brisa. Yo ya concerté una cita con la verdadera especialista. No es Sofía.
—Mi ex sabe mentir muy bien —añadió Diego—. Está haciéndose pasar por médica para vengarse de mí y arruinar nuestro acuerdo.
Alejandro los observó con una sonrisa que no tenía nada de amable. Después se volvió hacia Sofía.
—Tu exmarido tiene unas ideas muy curiosas.
Sofía vio su perfil bajo la luz del sol y, por un instante, pensó en la máscara. Por alguna razón, imaginaba el rostro de Alejandro detrás de ella.
¿Sería una coincidencia?
La voz de él la sacó de sus pensamientos.
Sofía se encogió de hombros.
—Debe de tener la conciencia tan sucia que ve enemigos por todas partes. Y una fe enorme en que en los pueblos nadie sabe hacer nada.
Alejandro soltó una breve risa.
—Eso parece. Señor Ferrer, acepté el proyecto por ella. Ahora que se han separado, no veo por qué seguir haciéndole ese favor.
Se dirigió al mayordomo.
—Acompáñelos a la salida.
Diego estaba desconcertado. ¿Cómo iba a tener tanta influencia una mujer que había vivido a sus expensas?
Sofía tenía que haber engañado a Alejandro.
Quiso protestar, pero él lo cortó.
—Se lo diré de otra manera. Toda su familia junta no está a la altura de la señorita Serrano.
Diego sintió que la humillación le quemaba la cara.
No encontraba otra explicación: Sofía tenía que haber mentido. Aceptar que Alejandro realmente la respetaba significaba admitir que ella poseía una capacidad y una influencia que él nunca había querido reconocer.
Entrecerró los ojos y se aferró a lo que Valeria acababa de decir. La verdadera especialista llegaría. Solo había que esperar.
Cuando llegara la verdadera Brisa, desenmascararía a Sofía delante de todos. Entonces se acabaría aquella farsa.
Valeria insistió:
—¡Tienes que creernos, Alejandro! Solo es una ama de casa. ¿Cómo va a ser una especialista de fama internacional?
Se volvió hacia Sofía con los ojos llenos de rabia.
—¡Te haces pasar por médica y encima difamas a Diego! Voy a enseñarte a respetarlo.
Levantó la mano para golpearla.
Sofía le sujetó la muñeca antes de que pudiera tocarla. Sin perder la calma, la detuvo y le devolvió una bofetada.
—Lo mío con Diego terminó. Si quieres quedarte con lo que yo ya tiré a la basura, adelante. Pero deja de molestarme. Y en cuanto a Brisa, no necesito que tú me creas.
El golpe hizo que Valeria girara la cabeza. Se llevó una mano a la mejilla, atónita.
—¡Me pegaste!
Se lanzó contra ella, pero Alejandro frunció el ceño.
—Sáquenlos. Si vuelven a comportarse así en mi casa, los echo con los perros.
El miedo se reflejó en los rostros de Diego y Valeria.
—¡Nosotros conocemos a Brisa! —protestó él—. No puede tratarnos de esta manera.
Valeria se aferró a esa última posibilidad.
—¡Si nos echas, nunca podrás conocerla, Alejandro!
Él los miró con abierta burla.
—Llévenselos de una vez.
El mayordomo avanzó con los guardias. Los dos se resistieron mientras los conducían a la salida.
—¡Todo esto es por ti, Sofía! —gritó Valeria—. ¡Le llenaste la cabeza de mentiras! ¡Diego y yo no vamos a dejarlo así!
Cuando por fin se fueron, Alejandro volvió a mirar a su invitada.
—Debí organizar mejor la visita. No tendría que haber dejado entrar a esos dos.
—Estoy bien. Si no le importa, prefiero ver a su abuelo ahora.
Alejandro la llevó a la habitación principal.
El anciano Montenegro estaba recostado en la cama. Su rostro se veía demacrado y tenía la mirada apagada.
Sofía se acercó y le administró el medicamento que acababa de desarrollar. Poco después, el anciano empezó a verse más animado.
Alejandro observó el cambio, sorprendido.
Varios especialistas de prestigio internacional habían examinado a su abuelo una y otra vez. Todos insistían en que le quedaba muy poco tiempo. Sin embargo, el tratamiento de Sofía había conseguido estabilizarlo.
—Por ahora, su estado es estable —explicó ella—. Para recuperarse necesitará varios meses de tratamiento. Me pondré en contacto con usted para la siguiente etapa. Si no necesita nada más, me retiro.
—Muchas gracias, señorita Serrano.
Alejandro no intentó retenerla. Pero, cuando la vio alejarse, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Ya habría tiempo.
* * *
Sofía acababa de salir de la casa cuando recibió un mensaje.
«Jefa, alguien se nos adelantó. Se llevó las pruebas de que Valeria organizó el incidente de su concierto».
«¿Sabemos quién fue?».
«Todavía no podemos rastrearlo. Pero dejó un mensaje para ti. Quiere que participes en la carrera de dentro de tres días. Si ganas, te entregará las pruebas sin pedir nada a cambio».
Sofía se quedó pensativa.
Alguien oculto conocía su identidad como piloto de carreras.
No se trataba únicamente de una persona capaz de adelantarse a su equipo. Sabía qué prueba necesitaba, cómo hacerla participar y qué habilidad podía usar para responder al desafío. La sensación de tener a alguien tan cerca, sin poder identificarlo, la dejó inquieta.
Recordó la habilidad del conductor del Bentley. ¿Volvería a encontrarse con él?
No tardó en decidirse.
«Voy».