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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21: El despertar en el fango

Las primeras y frías luces del alba comenzaron a filtrarse a través de las rendijas de la chapa oxidada, proyectando largas rayas de un gris pálido y enfermizo sobre las sábanas revueltas del catre. El silencio que sucedió a la ferocidad de la tormenta nocturna era denso, pesado, casi opresivo, interrumpido tan solo por el goteo rítmico y monocorde de una gotera lejana que impactaba contra un recipiente metálico en la esquina opuesta del almacén.

Elena abrió los ojos lentamente, sintiendo que los párpados le pesaban tras horas de llanto y agotamiento físico. Su cabeza reposaba directamente sobre el pecho desnudo y firme de Alexander. Bajo su mejilla, podía percibir el latido sordo, constante y sutilmente acelerado de su corazón, un pulso vital que contrastaba con la frialdad de la mañana. Una de las manos pesadas de él descansaba sobre su cintura desnuda, sujetándola contra su cuerpo incluso en la profundidad del sueño, con un instinto posesivo y protector que parecía desafiar cualquier lógica o peligro externo. Por un instante efímero, el calor del contacto y la quietud del espacio le permitieron olvidar la pesadilla en la que se había convertido su existencia.

Sin embargo, aquella tregua frágil duró exactamente lo que tardó en sonar el teléfono satelital, cuya alarma metálica y punzante retumbó desde la mesa de trabajo cubierta de mapas y documentos.

Alexander reaccionó de inmediato. Con la agilidad felina y precisa de un hombre habituado a vivir en permanente estado de alerta, apartó el brazo con extremo cuidado para no sobresaltarla. Se puso de pie en un solo movimiento fluido, sin hacer el menor ruido, y cruzó la estancia desnudo hasta el torso para tomar el aparato antes de que emitiera el segundo tono de llamada.

—Habla —ordenó con voz grave, áspera por el sueño y teñida de una autoridad instintiva, mientras se ajustaba con rapidez los pantalones oscuros.

—Señor Vance —la voz de Glover llegó desde el receptor cargada de una tensión casi insostenible, distorsionada por las interferencias y la urgencia—. La policía federal acaba de emitir una orden de búsqueda y captura ampliada a nivel nacional. La situación se ha salido de control. No solo lo están buscando por la investigación abierta sobre la desaparición y presunto homicidio de Julian; los registros financieros y las pruebas contables que dejó el difunto profesor han sido entregadas de forma anónima directamente a la fiscalía general esta misma madrugada. El cerco legal es absoluto. Nos han bloqueado todas las salidas corporativas.

Alexander apretó la carcasa del teléfono con una fuerza tal que la articulación de sus nudillos se tornó completamente blanca. La línea de su mandíbula se marcó con una rigidez de piedra.

—¿Quién fue el responsable de filtrar la documentación confidencial? —preguntó Alexander con los dientes apretados, destilando una rabia contenida.

—Victoria Sterling, señor —respondió Glover, manteniendo a duras penas la entereza—. Movilizó a los contactos del consejo de administración durante la madrugada, justo antes de que el juez de guardia ordenara el congelamiento definitivo de sus activos personales. Y hay algo peor, señor... las unidades de intervención van en camino hacia su ubicación actual en este preciso momento. Tienen las coordenadas exactas del refugio. Consiguieron rastrear la señal satelital del vehículo de seguridad que usamos para su traslado.

Alexander no perdió el tiempo en recriminaciones. Colgó la llamada con un movimiento seco sin emitir palabra alguna de despedida. Giró la cabeza hacia el rincón del catre. Elena ya se había incorporado; estaba sentada sobre las sábanas desordenadas, intentando cubrirse el pecho con la camisa arrugada de Alexander, con los ojos dilatados por el terror tras haber alcanzado a escuchar fragmentos inconfundibles de la conversación telefónica.

—Nos han encontrado, ¿verdad? —preguntó ella en un susurro gélido que parecía congelar el aire a su alrededor.

Alexander no respondió con palabras de inmediato. Caminó hacia ella con zancadas rápidas y decididas, se arrodilló frente al catre, tomó su rostro entre sus manos con una firmeza apasionada y la obligó a sostenerle la mirada. La chispa de determinación que ardía en los ojos oscuros de Alexander era al mismo tiempo aterradora y fascinantemente magnética.

—Vístete ahora mismo, Elena —ordenó con una voz firme que no admitía la menor duda ni réplica—. No me voy a quedar aquí sentado esperando a que vengan a encerrarme en una celda y a separarte de mí.

—Pero ¿a dónde vamos a huir, Alexander? —respondió ella, con las lágrimas pugnando nuevamente por brotar de sus ojos—. ¿A dónde se supone que podemos ir si ya no nos queda nada? Nos han quitado todo...

—A donde nadie sea capaz de encontrarnos jamás —juró Alexander, inclinándose para presionar sus labios contra la frente de Elena en un beso cargado de una desesperación febril. Acto seguido, se puso en pie, tomó su chaqueta pesada y extrajo la pistola semiautomática que guardaba en el cajón de la mesa, comprobando el cargador con un chasquido metálico—. El juego de las sombras y las conspiraciones de despacho se ha terminado. Ahora empieza nuestra verdadera huida.

Antes de que Elena pudiera terminar de abrocharse la chaqueta y alcanzar la salida trasera del almacén, el estruendo de varios neumáticos frenando de golpe sobre la gravilla del exterior hendió el aire de la mañana. Secuencias de luces rojas y azules comenzaron a parpadear violentamente a través de las rendijas de las paredes de chapa. Un instante después, la pesada puerta principal de madera y metal saltó en pedazos al ser derribada a ariquetazos por un pelotón táctico de la policía federal, cuyos agentes irrumpieron en el recinto con armas de asalto desplegadas, iluminando la penumbra con linternas de alta potencia mientras una voz amplificada por megáfono retumbaba con eco ensordecedor:

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