Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.
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Capítulo 13: El CEO sin Manual de Instrucciones
El salón privado de Le Bernardin gozaba de una acústica diseñada para que los susurros de los multimillonarios no perturbaran la digestión del caviar ajeno. El aire olía a mantequilla francesa emulsionada, trufas de Alba y una solemnidad litúrgica que los camareros, con chalecos negros y guantes de hilo blanco, guardaban como monjes benedictinos.
Bastian Thorne, impecablemente enfundado en un traje a medida de raya diplomática carbón y una corbata de seda plateada, presidía la cabecera con la serenidad de quien controla tres cuartas partes del tráfico mercante del Atlántico.
A su izquierda, Valeria, radiante con un vestido de corte midi en crepé carmín que dejaba sus hombros al descubierto, sostenía una copa de Borgoña con una calma que Bastian sabía fingida. Había un brillo de perversa anticipación en los ojos castaños de ella. Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, que prometía una masacre.
Y la masacre no tardó ni cuatro minutos en servirse.
El sumiller principal y tres camareros depositaron frente a los comensales las primeras entradas de degustación: ostras de Bretaña sobre una cama de algas ahumadas, esferificaciones de yuzu y una emulsión de erizo de mar coronada con polvo de oro comestible.
Emma se inclinó sobre su plato de porcelana de Limoges. Sus ojos grises se abrieron como platos y la tiara de cristales que se había negado a quitarse resbaló hacia su ceja derecha.
—Eso parece el moco de una ballena con gripe —sentenció la niña con un tono de voz cristalino que hizo que el sumiller se atragantara discretamente con su propio aire—. ¿Por qué brilla? ¿Tiene radioactividad?
—Es oro de veinticuatro quilates, Emma —explicó Bastian con una paciencia ejecutiva ensayada, apoyando los antebrazos sobre el mantel de lino belga—. Es la más alta expresión culinaria de París. Tú pediste ostras.
—Pedí ostras de princesa, gigante. En las películas son rosadas, tienen una perla adentro para hacerte un collar y huelen a perfume francés. Esto huele a muelle mojado y está baboso. No voy a meter esa criatura en mi cuerpo.
Al otro lado de la mesa, Mateo ya había desarmado los cubiertos de plata maciza. Usaba el tenedor de marisco para hacer palanca sobre la cuchara de postre, apuntando una pequeña bolita de miga de pan directamente a la pirámide de mantequilla normanda.
—Mamá —preguntó Mateo sin despegar el ojo de su mira improvisada—, ¿dónde están los nuggets?
—En este restaurante no sirven comida congelada procesada, Mateo —intervino Bastian con autoridad paternal—. Tienen un medallón de bogavante pochado en emulsión de estragón que...
—Si no tiene forma de estrella o de brontosaurio, no es pollo —decretó Mateo, disparando el proyectil de pan, que rebotó con un ping certero contra la cubitera de plata—. Y si no es pollo, es sospechoso. Exijo mis derechos constitucionales a la salsa tártara.
Lucas, mientras tanto, no había tocado su comida. Había desplegado una libreta de notas pequeña y, con un bolígrafo de tinta invisible con luz ultravioleta, calculaba furiosamente sobre la servilleta.
—El menú de degustación consta de nueve tiempos —anunció Lucas, ajustándose las gafas redondas sobre la nariz—. Con una cadencia estimada de dieciocho minutos entre plato y plato, la sesión tomará dos horas con cuarenta y dos minutos. Nuestro ciclo circadiano dicta que a las ocho y media entraremos en la fase inicial de colapso por fatiga neuronal. Además, la densidad calórica de esta espuma marina no compensa el gasto metabólico de masticar. Es una transacción energéticamente ruinosa.
Valeria dio un sorbo minúsculo a su vino. La sonrisa reprimida en sus labios era tan amplia que Bastian sintió un deseo urgente de besarla o de arrojarla por la ventana; aún no se decidía por cuál de las dos opciones.
—Te lo advertí a las cinco de la tarde, Thorne —susurró Valeria por encima de su copa, arrastrando las palabras con una dulzura venenosa—. Los niños de seis años no aprecian las tres estrellas Michelin ni el esfuerzo del chef por deconstruir el Atlántico.
—Tienen que aprender a manejarse en sociedad —repuso Bastian en voz baja, inclinándose hacia ella hasta que el calor de su brazo rozó la piel desnuda del hombro de Valeria—. Un Thorne no sobrevive a base de carne picada y kétchup industrial.
—Pues tu estirpe de Thorne parece a punto de iniciar un motín carcelario en tu mesa reservada de cuatro mil dólares —le susurró ella al oído, y la calidez de su aliento envió una descarga eléctrica directo a la espina dorsal del magnate.
Bastian respiró hondo, cuadró los hombros y decidió aplicar la táctica que siempre le funcionaba con los ministros de transporte en Bruselas: negociación por incentivos escalonados.
—Emma —dijo Bastian, adoptando un tono suave pero inquebrantable—. Si pruebas un solo bocado de la emulsión y mantienes una postura civilizada durante los próximos tres platos, mañana por la mañana Klaus te llevará a la boutique de Dior en la Quinta Avenida para que elijas la diadema que quieras.
Emma detuvo el tenedor en el aire. Sus pupilas grises calcularon el margen de ganancia con la velocidad de un algoritmo bancario.
—¿La de seda rosa con bordado de perlas que cuesta ochocientos dólares?
—La que tú quieras.
Valeria pateó a Bastian por debajo del mantel, acertando limpiamente en su tibia.
—¡Thorne! Dijimos cero sobornos materiales.
—Esto no es un soborno, es un contrato de incentivo por rendimiento protocolar —replicó él sin mirarla, aunque la presión de su pierna contra la de Valeria por debajo del lino se intensificó deliberadamente, atrapando el muslo de ella entre los suyos en una prensa ardiente y posesiva que le cortó el aire a la ejecutiva.
El segundo plato llegó en ese instante: solomillo de ternera blanca con un purée de pommes de terre trufado tan sedoso que parecía una nube dorada.
Emma pareció aceptar el reto diplomático. Tomó su cuchara de plata, cargó una porción generosa del puré humeante y miró a Bastian a los ojos.
—Está bien, gigante. Pero antes de comer, tú necesitas una intervención estética urgente.
—¿Una qué? —preguntó Bastian, desconcertado.
Antes de que el magnate o el maitre d' pudieran anticipar el movimiento, la niña extendió el brazo a través de la mesa, tomó la muñeca izquierda de Bastian con una mano y, con la precisión de un albañil de alta costura, estampó la cucharada completa de puré de patatas tibio sobre la esfera de su Patek Philippe Grandmaster Chime de platino.
El silencio que cayó sobre la sala privada fue tan denso que el crujido de los cristales exteriores por el viento de Manhattan pareció un terremoto.
Valeria se atragantó con el vino. Tuvo que enterrar la boca en su servilleta para no soltar una carcajada que resonara en todo el distrito financiero.
Bastian Thorne, el hombre ante el cual temblaban los consejos de administración de diez países, bajó la mirada con una lentitud milimétrica.
Una masa amarillenta, densa, aceitosa y perfumada a trufas blancas cubría por completo el cristal de zafiro de un reloj valorado en dos millones y medio de dólares, desbordándose hacia la correa de piel de cocodrilo y goteando perezosamente sobre el puño blanco inmaculado de su camisa.
—¿Por qué... hiciste eso? —la voz de Bastian salió como un trueno subterráneo, ronca y congelada.
—El platino es un metal frío y aburrido para una cena de noche —declaró Emma con absoluta serenidad, retirando la cuchara limpia y acomodando su tiara—. La textura trufada le da dimensión y calidez visual. De nada.
—Yo opino que la conductividad térmica del puré dañará el mecanismo de escape si no se retira en tres minutos —aportó Lucas, observando el desastre con fascinación científica.
—¡Parece un pastel de lodo! —festejó Mateo, aplaudiendo con ambas manos llenas de migas de pan.
Valeria no pudo más. La risa brotó de su garganta, limpia, vibrante, desarmante y llena de una alegría tan genuina que iluminó por completo la penumbra del salón. Hacía años que no se reía así; libre de balances, de fraudes y de la rigidez de su armadura corporativa.
Bastian levantó la vista de su reloj destrozado y la miró.
La furia que había comenzado a acumularse en su pecho se evaporó en un segundo. Al verla reír, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, la curva suave de su cuello expuesta a la luz de las velas y sus ojos brillantes de complicidad, Bastian sintió un impacto mucho más demoledor que cualquier mancha de puré: una rendición involuntaria y salvaje ante esa mujer.
Sin apartar los ojos de Valeria, Bastian tomó una servilleta de lino con la mano libre. Con una calma insultante, retiró la masa trufada del reloj con dos movimientos precisos, dejando la joya sobre el mantel. Luego, levantó la mano con el dedo pulgar aún cubierto por un rastro mínimo de crema.
Se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia con Valeria.
—¿Te parece gracioso, señorita Sterling? —susurró Bastian con una voz tan baja, oscura y cargada de una sensualidad voraz que la risa de Valeria murió instantáneamente en su garganta.
Bastian deslizó la yema de su pulgar tibio por la comisura de los labios de Valeria, limpiando una gota invisible de vino. El roce de su piel contra la de ella fue tan íntimo, tan cargado de una posesión eléctrica, que el salón entero pareció desvanecerse. Los ojos de Bastian bajaron a la boca entreabierta de ella y ardieron con una promesa explícita.
—Ríete todo lo que quieras ahora, Valeria —murmuró él, rozando con el pulgar su labio inferior antes de retirarlo con lentitud exasperante—. Porque cuando estos tres demonios se queden dormidos esta noche, tú y yo vamos a tener una negociación muy distinta. Y te aseguro que no vas a tener ganas de reírte.
A Valeria se le secó la boca. La tensión en la base de su vientre fue tan intensa que sus dedos se aferraron al mantel.
Bastian se enderezó, recuperando la compostura de un monarca medieval, y chasqueó los dedos en dirección al aterrorizado camarero.
—Mesero —ordenó con voz impecable.
—¿S-sí, señor Thorne?
—Retire las ostras. Vaya a la cocina, dígale al chef que prepare tres porciones de pechuga de pollo de corral cortada en forma de estrellas geométricas, rebozadas en panko crujiente y fritas en aceite de oliva virgen. Y traiga una botella de su mejor champán añejo para la señorita Sterling y para mí. Tenemos una larga noche por delante.
Mateo soltó un grito de victoria. Lucas asintió con aprobación técnica. Y Emma sonrió con suficiencia, convencida de que su intervención estética había salvado la noche.
Valeria bajó la mirada hacia su copa, intentando calmar el ritmo desenfrenado de su pulso. La fiera corporativa estaba perdiendo la batalla... y lo más peligroso de todo era que estaba empezando a disfrutar cada segundo de la derrota.