Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
El viaje hasta casa de mis padres nos tomó pocas horas.
Después de recogerme, Alexander me llevó al aeropuerto y viajamos en su jet hasta el estado donde había crecido. Hacía mucho tiempo que no subía a uno y, por extraño que pareciera, aquello se sintió como regresar de golpe a una vida que antes había sido completamente normal para mí.
Durante el vuelo hablamos poco.
Él trabajó casi todo el tiempo y yo me quedé junto a la ventana, pensando en todo lo que podía esperarme cuando llegáramos.
Otro auto nos recogió al aterrizar.
La casa no había cambiado nada.
Fue lo primero que pensé cuando el auto tomó la curva de la entrada y apareció la fachada blanca entre los árboles de pino, con los setos recortados a la misma altura de siempre y las luces del porche encendidas.
Dos años enteros de mi vida se habían caído a pedazos y ahí ni siquiera habían movido las macetas.
El auto se detuvo. El motor siguió encendido.
No me moví.
Alexander bajó primero, rodeó el auto y abrió mi puerta él mismo, antes de que el chofer alcanzara a hacerlo. Después se quedó ahí, de pie sobre la grava, y me ofreció la mano.
No era un gesto que necesitara hacer. Los dos lo sabíamos y, aun así, ahí estaba, esperando, con esa paciencia suya que no se parecía a la de nadie más que hubiera conocido.
No lo dudé y la acepté.
Puse mi mano sobre la suya.
Lo primero que me sorprendió fue el calor. Su mano era firme y se cerró sobre la mía sin apretar, con esa clase de sujeción que sostiene sin retener.
Bajé.
Me soltó en cuanto tuve los dos pies sobre la grava. Ni un segundo más de lo necesario.
Mi madre abrió la puerta antes de que llegáramos al último escalón.
Llevaba el cabello igual, la misma ropa de estar en casa que en cualquier otra familia habría sido ropa para salir, y una expresión que tardé un segundo entero en descifrar porque no se parecía a ninguna de las que había imaginado durante el camino.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—Estás muy pálida.
Dos años.
Habían pasado dos años, y eso fue lo primero que salió de su boca.
—Hola, mamá.
Fue lo único que pude responder ante un comentario tan inesperado.
No me abrazó.
Se hizo a un lado para dejarnos pasar y su atención se dirigió hacia Alexander antes de que yo terminara de subir el último escalón.
—Alexander, qué gusto verte. Pasa.
Mi padre apareció desde el estudio con esa manera suya de entrar a las habitaciones sin hacer ruido. Se detuvo al vernos y le tendió la mano a Alexander primero.
—Alexander.
—Señor Mason.
Le devolvió el saludo y añadió, antes de que mi madre pudiera insistir con el café:
—Se lo agradezco, pero no me quedo.
Mi madre pareció genuinamente decepcionada.
—¿Cómo que no te quedas?
—Van a querer estar con ella. Yo estoy sobrando en esta sala.
Mi padre asintió una sola vez.
Después Alexander se volvió hacia mí.
Fue un movimiento corto, sin ninguna advertencia. Dio un paso, apoyó una mano en mi brazo y se inclinó hasta dejar su boca a la altura de mi oído.
—Descansa.
Lo dijo bajo, solo para mí.
Después me besó en la frente.
Duró un segundo. Quizá menos.
Una presión tibia justo debajo del nacimiento del cabello y después se apartó antes de que yo pudiera decidir qué hacer con las manos.
Escuché a mi madre soltar el aire de esa manera que llevaba toda la vida intentando disimular.
Mi padre desvió la mirada con una media sonrisa que no le conocía.
Yo no me moví.
—Señora Mason. Señor Mason. Buenas tardes.
Y se marchó.
Esperé hasta escuchar el auto alejarse.
—Deja las maletas ahí —dijo mi madre—. Necesitamos hablar.
Por supuesto.
La seguí hasta la sala.
Mis padres ocuparon los sillones juntos y yo terminé sentada frente a ellos, sintiéndome de pronto como la adolescente a la que habían descubierto haciendo algo que no debía.
Mi madre fue la primera en hablar.
—Han pasado dos años.
Guardé silencio.
—Dos años desde que decidiste tirar tu vida por la borda por ese muchacho. Y no me contestes, Isabella, porque esta conversación ya la tuvimos antes de que te fueras y no quisiste escuchar a nadie.
Su voz no era alta.
Nunca necesitaba levantarla.
—Tu padre te pidió que terminaras con él. Yo te dije que ese hombre no tenía nada que ofrecerte. Nada.
Me quedé callada.
—Te criamos para que tuvieras todas las oportunidades. Las mejores escuelas. Una buena educación. Un futuro resuelto. Y decidiste dejarlo todo por un muchacho que apenas empezaba y que te hablaba de amor como si eso fuera suficiente para construir una vida.
—Y ni siquiera te fuiste de frente —añadió mi padre—. Dejaste una nota. Media hoja sobre la mesa de mi despacho.
Bajé la mirada hacia la alfombra.
—A los tres días ya había varias versiones circulando por toda la ciudad —continuó mi madre—. Que te habías fugado. Que estabas embarazada. Y mi favorita: que el muchacho era el chofer de alguien.
—Mamá...
—Fue humillante, Isabella.
Apreté las manos sobre mi regazo.
Mi padre suspiró.
—Podías haber llamado. Aunque fuera para decir que estabas bien.
—Estaba bien. –aseguré
—No —dijo él—. No lo estabas, Isabella.
No lo dijo con dureza.
Y por eso mismo dolió más.
Mi madre se acomodó en el sillón.
—Al menos recapacitaste y te divorciaste a tiempo.
Y fue ahí cuando hablé.
—No recapacité, mamá.
Ella frunció ligeramente el ceño.
Tragué saliva.
—Lo encontré con otra mujer.
El silencio cayó de golpe.
Sentí el ardor detrás de los ojos y tuve que parpadear varias veces para contenerlo.
Mi padre se volvió completamente hacia mí.
Mi madre tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Y qué esperabas?
Levanté la cabeza.
Aquello sí dolió.
—No me mires así. Un muchacho que sale de la nada y de pronto tiene dinero... siempre pasa igual. Los que no nacieron rodeados de ciertas cosas no siempre saben qué hacer cuando finalmente las tienen. Y algunos creen que tener dinero significa que ahora pueden tenerlo todo.
—Margaret —advirtió mi padre.
—¿Qué? ¿Voy a fingir que no lo vi venir? Se lo advertimos.
No contesté.
Me quedé sentada con las manos sobre el regazo, esperando la parte en la que alguno preguntara cómo me sentía.
No llegó.
—En fin —dijo mi madre, enderezándose—. Mejor así, si quieres que te diga la verdad. La culpa fue de él y nadie podrá decir lo contrario.
Miré a mi padre.
Él apartó la vista.
—Y sin niños —añadió ella, casi horrorizada ante la posibilidad contraria—. Gracias a Dios. Con hijos ese muchacho habría seguido formando parte de tu vida para siempre.
Pensé en la conversación que había terminado de destruir mi matrimonio.
En mí preguntándole a Alan si todavía quería formar una familia conmigo.
En él respondiendo que la empresa era su prioridad.
Que siempre lo había sido.
No dije nada.
Mi corazón ya estaba roto.
Entonces mi madre sonrió por primera vez desde que había llegado.
—Ya quiero que llegue la boda.
La miré.
—No puedo esperar a verte casada con un hombre de verdad. Esto puede ser un nuevo comienzo para ti. Para todos nosotros. Después de aquella tontería que cometiste, por fin tendrás la oportunidad de hacer las cosas como debieron hacerse desde el principio.
—Ya es suficiente —intervino mi padre.
Mi madre guardó silencio.
Él me miró.
—Tu madre podría decirlo de otra manera, pero tiene razón en algo. Cometiste un error y ahora tienes una oportunidad extraordinaria para empezar de nuevo.
Hizo una pausa.
—Espero que esta vez no nos decepciones, Isabella.
La frase me golpeó más de lo que quería admitir.
Asentí.
—No lo haré, papá.
No sé cuánto tiempo pasó después.
Quizá fueron minutos.
Quizá mucho más.
Hasta que escuché la puerta principal abrirse.
—¿Está aquí? ¿Ya llegó?
Reconocí la voz inmediatamente.
Samantha entró a la sala todavía con el abrigo puesto y se detuvo en seco al verme.
Yo apenas alcancé a levantarme.
No hubo preguntas.
Ni reproches.
Ni un solo segundo de vacilación.
Cruzó la sala y me abrazó con todo el peso del cuerpo, haciéndome retroceder contra el sillón mientras hablaba contra mi hombro sin que pudiera entender la mitad de lo que decía.
Y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba llorando.
—Samantha, deja que respire —dijo mi madre.
—No.
Me apretó todavía más.
—La extrañé muchísimo.
Eso fue todo.
No me soltó.
Mis padres se levantaron con esa incomodidad particular de la gente que no sabe qué hacer frente a una emoción que no organizó.
—Voy a revisar la cena —dijo mi madre.
Mi padre pasó junto a mí y me puso una mano sobre el hombro durante un segundo.
Después los dos salieron.
Samantha esperó hasta que sus pasos desaparecieron antes de apartarse y mirarme bien.
—Intenté contactarte.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
—Ellos no me dejaron.
Asentí.
—No te preocupes.
Se quedó mirándome unos segundos.
Después volvió a abrazarme, esta vez más despacio, y me limpió una lágrima con el pulgar cuando se apartó.
—Ya me contarás todo lo que pasaste, Isa.
Sonreí por primera vez desde que había cruzado aquella puerta.
—Sí.
—Todo.
—Todo.
Entendí en ese momento que quizá no todo en aquella casa había permanecido intacto durante mi ausencia. Mi hermana si había estado esperándome.