Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.
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prólogo
El tintineo del cristal tallado y el rumor apagado de risas complacientes llenaban el salón principal del hotel más exclusivo de la ciudad. El aire olía a lirios frescos, champaña de reserva y a ese perfume inconfundible que solo el dinero antiguo y las ambiciones desmedidas pueden pagar.
En una esquina apartada, Eric tiró disimuladamente del cuello de su camisa, sintiendo que la tela lo asfixiaba. Llevaba meses viviendo con esa misma sensación de ahogo. A su lado, enfundada en un vestido estridente que pretendía aparentar una fortuna que ya no tenían, Patricia no dejaba de quejarse en un susurro venenoso.
—¿Te fijaste en el collar de la esposa del viceministro? —murmuró ella con la comisura de los labios tensa, dando un sorbo impaciente a su copa—. Te dije que necesitábamos algo mejor para esta noche, Eric. Parecemos mendigos entre esta gente. Si tan solo hubieras cerrado ese contrato a tiempo…
Eric ni siquiera la miró. Cerró los ojos un instante, sintiendo el peso aplastante del cansancio y la punzada de una migraña que se había vuelto su compañera cotidiana. Tres años atrás, creía haber recuperado el paraíso al volver con Patricia; hoy, ese paraíso no era más que una jaula de reproches, facturas sin pagar y una frialdad doméstica que le helaba los huesos cada noche.
De pronto, un murmullo repentino cortó las conversaciones en seco.
Las puertas dobles de caoba del gran salón se abrieron de par en par. Los fotógrafos de la prensa económica y de sociedad, apostados en la entrada, comenzaron a disparar sus flashes con un frenesí casi histérico. Los presentes se hicieron a un lado de manera instintiva, como si una marea invisible abriera paso a la realeza.
—Llegaron los accionistas mayoritarios del consorcio extranjero —susurró alguien a pocos pasos de Eric—. Dicen que compraron la deuda de la mitad de las firmas del país.
Eric levantó la mirada por pura inercia, pero el aire se le quedó atascado en los pulmones.
Un hombre alto, imponente, de presencia acerada y mirada felina, avanzaba con la seguridad de quien no necesita pedir permiso para gobernar el mundo. Era Máximo. Pero no fue su estampa lo que hizo que a Eric se le desmoronara el suelo bajo los pies.
A su lado, tomada con sublime elegancia de su brazo, caminaba una mujer.
Iba envuelta en un vestido de satén negro noche con destellos esmeralda que esculpía una figura perfecta, la espalda descubierta con soberbia y el cuello adornado por una línea de diamantes que rivalizaba con la luz de las arañas de cristal. Tenía el cabello recogido con una precisión aristocrática, los labios encendidos en un carmín desafiante y una postura que irradiaba un magnetismo absoluto.
No había en ella rastro alguno de timidez, ni de dolor, ni del llanto silencioso de una esposa abandonada en un departamento vacío.
Era Aurora.
A Eric se le resbaló la copa de la mano. El cristal estalló contra el suelo de mármol en un crujido limpio, salpicando el vino espumante sobre sus zapatos lustrados, pero él ni siquiera parpadeó. Su corazón golpeaba sus costillas como un animal enloquecido.
—No puede ser… —la voz de Patricia se quebró a su lado, convertida en un chillido ahogado de pura incredulidad y envidia—. ¿Esa… esa muerta de hambre? ¿Cómo demonios…?
Aurora no miró el piso roto. No se inmutó por el estruendo. Giró el rostro apenas un milímetro, con una serenidad tan aplastante que heló la sangre de todos los que la rodeaban. Sus ojos oscuros, antes llenos de una calidez que Eric había despreciado, se posaron sobre él.
Fue un instante. Menos de dos segundos.
En su mirada no había rencor ardiente ni la desesperación del pasado; solo había un abismo de indiferencia pulida y un poder que no admitía réplica. Era la mirada de quien contempla a un insecto antes de decidir no molestarse en pisarlo.
Máximo se inclinó hacia ella con una devoción evidente, susurrándole algo al oído. Los labios carmesí de Aurora se curvaron en una sonrisa enigmática, fascinante y letal, antes de volver a dirigir sus pasos hacia el centro del salón, llevándose consigo la luz, las miradas y el aliento de todos los presentes.
Eric permaneció inmóvil en medio de los cristales rotos, sintiendo que el verdadero infierno no era el que vivía cada día con Patricia. El verdadero infierno acababa de comenzar: comprender que la mujer que una vez lo salvó de la ruina había regresado, intocable, coronada por la gloria y en todo su esplendor, únicamente para cobrarse cada una de sus deudas.