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No firmaré el divorcio: mi esposo puede leer mi mente

No firmaré el divorcio: mi esposo puede leer mi mente

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencarnación / Reencarnación(época moderna) / Telepatía / Completas
Popularitas:45.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

La tumba de Marcos

Rodrigo no durmió.

No era la primera vez que el insomnio lo encontraba sentado frente a la fotografía de su padre, pero esa noche tuvo otra textura. Antes, la muerte de Marcos Navarro era una pared: dura, conocida, imposible de cruzar. Un camión, una carretera, un expediente cerrado con demasiada rapidez, un culpable pobre que había aceptado la sentencia mientras los ricos seguían brindando en las mismas mesas.

Ahora la pared tenía una grieta.

Renata Vega.

La madre de Joaquín.

La mujer que, según la voz interior de Sofía, había amado a Marcos antes de que alguien decidiera convertirlo en cadáver.

A las cinco de la mañana, Rodrigo salió de su casa con la misma camisa de la noche anterior y manejó hasta el Panteón Francés de la Piedad. La ciudad todavía estaba medio dormida. Los puestos de café apenas levantaban cortinas; los barrenderos empujaban hojas húmedas contra la banqueta; el cielo tenía ese gris indeciso que no promete lluvia, pero tampoco perdona.

La tumba de Marcos estaba limpia.

Siempre estaba limpia.

Rodrigo pagaba a dos personas distintas para mantenerla así, no porque no confiara en una, sino porque había aprendido que todo lo importante necesitaba redundancia. Flores frescas. Mármol sin polvo. La fotografía protegida. El nombre completo, Marcos Aurelio Navarro Delgado, grabado con una sobriedad que jamás pudo contener la violencia de su final.

Se quedó de pie frente a la lápida.

—Me mentiste —dijo.

El cementerio no respondió.

Rodrigo soltó una risa áspera.

—O te moriste antes de explicarme. No sé cuál de las dos me enoja más.

El frío le entró por la camisa. Tenía fiebre desde la semana anterior, una infección mal cuidada que el médico de la familia Navarro había intentado convertir en reposo. Rodrigo había convertido el reposo en tres noches de investigación, una negociación extorsiva, dos amenazas y un viaje al cementerio antes del amanecer.

El cuerpo, a diferencia de sus empleados, no le obedecía por miedo.

Cuando Sofía llegó, lo encontró sentado en el borde de una jardinera, con los codos sobre las rodillas y el rostro demasiado blanco.

—Tienes un talento especial para elegir lugares deprimidos —dijo ella.

Rodrigo levantó la vista.

—Y tú para aparecer cuando una escena necesita protagonista.

—Me mandaste un mensaje con una ubicación y una foto de una tumba. Eso en cualquier idioma significa "ven antes de que haga una estupidez".

—Qué dramática.

Sofía se acercó y le tocó la frente sin pedir permiso.

Rodrigo parpadeó.

—¿Ya estamos en esa etapa?

—Estamos en la etapa donde pareces un cadáver con zapatos caros.

—Me han dicho cosas más seductoras.

—Seguro por gente con peor vista.

Tenía fiebre.

Alta.

Sofía miró la tumba, luego a él.

—Hospital.

—No.

—Rodrigo.

—No voy a dejarlo solo.

La frase salió baja, sin la coquetería habitual.

Sofía entendió entonces que no hablaba de una lápida. Hablaba del niño de quince años que alguna vez se quedó frente a ese mismo mármol, con un traje negro prestado y una multitud de adultos diciéndole que fuera fuerte porque nadie sabía qué decirle a un huérfano rico.

Ella suspiró.

—Tu papá no va a irse porque te pongan suero dos horas.

Rodrigo la miró de lado.

—¿Cómo sabes?

Sofía no respondió de inmediato.

Porque lo sabía por el libro. Porque lo sabía por la forma en que los muertos, en las novelas malas, siempre eran excusa para destruir a los vivos. Porque ella misma había vivido años hablándole a una familia que, aun presente, funcionaba como una tumba.

—Porque si te quería, querría verte vivo.

Rodrigo bajó la mirada.

Por una vez, no tuvo respuesta.

Sofía llamó a Leonardo desde el camino al hospital.

Leo contestó al segundo tono.

—¿Dónde estás?

No preguntó "con quién". Eso la habría hecho sonreír si la situación no fuera tan rara.

—Con Rodrigo. Tiene fiebre. Lo llevo a urgencias.

Hubo un silencio breve.

—Mándame la ubicación.

—Leo...

—No voy a hacer una escena en un hospital.

—Eso dijiste como alguien que podría hacer una escena en un hospital.

—Sofía.

Ella miró a Rodrigo, que tenía los ojos cerrados contra el respaldo del asiento.

—Te la mando.

En la sala de observación privada de un hospital de Polanco, Rodrigo recibió suero, antibiótico y una regañada médica que escuchó con la misma cara con la que habría escuchado a un mesero describiendo el menú. Sofía firmó el ingreso porque él se negó a llamar a su tía Estela.

—¿Parentesco? —preguntó la enfermera.

Rodrigo abrió un ojo.

—Dueña de mi corazón.

Sofía respondió sin mirarlo:

—Contacto de emergencia provisional.

La enfermera eligió la versión de Sofía.

Cuando por fin quedaron solos, Rodrigo giró la cabeza hacia ella.

—Dime lo de Renata.

Sofía se quedó quieta.

—No puedo.

—Sí puedes. Lo pensaste.

Él lo dijo demasiado rápido.

Demasiado seguro.

Sofía sintió que algo se acomodaba mal dentro de ella.

—¿Qué dijiste?

Rodrigo cerró los ojos.

—Nada.

Ella lo observó. Fiebre, agotamiento, ojeras. Pero no confusión. Rodrigo Navarro no había adivinado por suerte.

Su corazón dio un golpe incómodo.

[No. No me digas que él también escucha. Primero Leo, luego Joaco, ¿y ahora este loco con problemas de apego? El Destino de verdad tiene pésimo control de calidad.]

Rodrigo abrió los ojos.

La sonrisa que intentó hacer no llegó a su cara.

—Loco, tal vez. Con problemas de apego, lo discuto.

Sofía se levantó de la silla.

—Tú...

El aire se cerró.

La palabra exacta no pudo salir. El Destino apretó el candado invisible sobre su garganta, no como antes, con una molestia leve, sino con una presión brutal que le hizo doler la mandíbula.

Rodrigo lo vio.

—No te esfuerces.

Sofía respiró hondo.

No podía preguntar directamente.

No podía confirmar.

Su propia mente, traicionera, siguió corriendo.

[Perfecto. Maravilloso. Otro lector clandestino de mi miseria. Bueno, ya que estás escuchando, señor Navarro, no te emociones: la trama original te mataba de cáncer de hígado en el extranjero después de gastar media vida persiguiendo una verdad equivocada.]

Rodrigo perdió el color que le quedaba.

Sofía se arrepintió al instante, aunque no había dicho nada en voz alta.

La puerta se abrió.

Leonardo entró con un abrigo negro sobre el brazo y una expresión tan quieta que el enfermero del pasillo se apartó sin saber por qué.

Sus ojos fueron primero a Sofía. Evaluaron su rostro, sus manos, su respiración. Solo después miraron a Rodrigo.

—¿Está estable?

—Qué forma tan romántica de saludar —murmuró Rodrigo.

—No vine a saludarte.

Sofía tomó el abrigo que Leo le ofrecía sin pedirlo. Hasta ese gesto pequeño tenía una precisión peligrosa: Leo no la cubría porque creyera que le pertenecía, sino porque había notado que tenía frío.

Rodrigo lo vio.

Y, quizá por la fiebre, quizá por la información recién recibida, no hizo una broma.

—Él también escucha —dijo.

Sofía miró a Leo.

Leo no fingió.

No había forma elegante de fingir después de eso.

—Sí —dijo.

La habitación quedó inmóvil.

Durante veintitrés capítulos de su nueva vida, Sofía había creído que su voz interior era el único lugar donde podía ser brutalmente honesta sin pagar consecuencias. Ahora descubría que ese refugio tenía ventanas, y que detrás de varias ventanas había hombres escuchando con cara de haber sobrevivido a un terremoto.

—Los odio —dijo, muy bajo.

Rodrigo levantó la mano donde tenía la vía.

—En mi defensa, no pedí suscripción.

Leo lo ignoró.

—No podemos hablar de todo. El Destino bloquea ciertas frases.

Sofía lo miró.

—¿Desde cuándo sabes eso?

—Desde la primera vez que intentaste decir que Valentina te empujó a mi cama.

Ese recuerdo la golpeó con una mezcla absurda de vergüenza y alivio.

—Entonces sabías.

—Supe suficiente para no creerte culpable.

Rodrigo soltó aire por la nariz.

—Qué bonito. Ahora que terminaron su escena matrimonial, ¿podemos volver a mi padre?

Sofía se sentó otra vez, más lejos de ambos.

—No puedo decirlo todo.

—Piensa —dijo Rodrigo.

Leo lo miró con dureza.

—No la uses.

—No la estoy usando. Estoy pidiendo la verdad que me deben desde que tenía quince años.

La frase quedó suspendida.

Sofía cerró los ojos.

No quería hacerle daño.

Pero el daño ya estaba allí, solo que sin nombre.

[Marcos Navarro y Renata Vega se amaron durante más de tres años. Renata ya tenía listo el acuerdo de divorcio cuando Marcos murió. El abogado que redactó los papeles filtró la información a don Alejandro Carranza.]

Rodrigo apretó los dedos contra la sábana.

Leo escuchó sin interrumpir.

[Don Alejandro no mató a Marcos por negocios. Lo mató por orgullo. Por posesión. Porque prefería convertir a Renata en viuda emocional antes que verla irse con otro hombre.]

Rodrigo cerró los ojos.

Una lágrima no cayó. Se negó a caer. Se quedó atrapada, terca, en el borde.

[Usó a Sergio Molina, dueño de Logística Molina. Sergio arregló el camión. Ignacio Ochoa, don Nacho, el padre de Gabriel, terminó como chivo expiatorio. Siete años de cárcel por un crimen diseñado desde una mesa elegante.]

Leonardo se tensó al oír el nombre de Gabriel.

—Gabriel Ochoa —dijo.

Sofía abrió los ojos.

El candado no la castigó por eso. Tal vez porque Leo no preguntaba, solo confirmaba una pieza.

—Su padre —dijo Rodrigo, con la voz rota de rabia—. El de Recursos Humanos.

Leo sacó un sobre del interior de su abrigo y lo dejó sobre la mesa auxiliar.

—Traje lo que tenía.

Rodrigo lo miró.

—¿Viniste preparado?

—Siempre.

Sofía casi habría reído en otra circunstancia.

Leo abrió el sobre. Fotografías de archivos mercantiles, rutas de camiones, pagos de Logística Molina, una póliza de seguro cobrada con prisa, el nombre de Sergio Alberto Molina Durán repetido en demasiadas páginas. No era una prueba completa, pero sí la primera línea visible de una red que había dormido años bajo polvo administrativo.

—Nicolás también conecta con Carranza —dijo Leo—. Su madre es Violeta Sierra. Don Alejandro la mantuvo cerca, pero nunca reconoció al hijo. Nicolás entró a Grupo Montero para robar información y comprar un apellido.

Rodrigo hojeó los papeles con manos demasiado quietas.

—Entonces don Alejandro mató a mi padre, escondió un hijo y dejó que Joaco jugara al heredero limpio mientras su familia se pudría debajo.

—Joaco no sabe todo —dijo Sofía.

—Joaco nunca sabe nada cuando le conviene.

La crueldad de Rodrigo tenía filo, pero ya no parecía capricho. Parecía defensa.

Leo cerró el sobre.

—Si atacas a don Alejandro sin pruebas, te va a convertir en el delincuente que todos esperan que seas.

Rodrigo sonrió.

—¿Y tú qué sugieres, licenciado? ¿Una bonita demanda?

—Una caída.

La palabra sonó tranquila.

Eso la hizo más peligrosa.

Sofía miró a Leo. En los últimos días, la frialdad de él había cambiado de temperatura. Antes era hielo para alejar a la gente. Ahora era acero para cortar obstáculos.

Rodrigo también lo notó.

—Habla.

Leo señaló una de las páginas.

—Primero, los diez mil millones de Joaquín. Si exponemos el flujo de dinero, obligamos a Grupo Carranza a abrir auditorías internas. Eso mueve abogados, correos, cuentas, gente nerviosa. En una estructura nerviosa, los secretos salen a respirar.

—Y mientras Joaco se ahoga, don Alejandro se distrae —dijo Rodrigo.

—Mientras Joaco despierta —corrigió Sofía.

Rodrigo la miró.

—Qué fe tienes.

—No. Qué cansancio de ver idiotas morir por mujeres que los usan.

Leo bajó la mirada un segundo.

Él también estaba en esa lista original. Un hombre frío, manipulado por una trama que le había asignado amar a la protagonista y morir cuando la historia ya no lo necesitara.

Sofía lo notó.

No dijo nada.

Pero su voz interior fue más suave.

[Leo también era un personaje descartable. Todos aquí lo son, de una forma u otra. Qué novela tan miserable.]

Rodrigo soltó una risa baja.

—Por una vez, estoy de acuerdo con tu cabeza.

Sofía le lanzó una mirada asesina.

—No te acostumbres.

El médico entró para revisar la vía y los obligó a callar. Cuando salió, la alianza ya estaba hecha, aunque nadie hubiera usado esa palabra.

Rodrigo tenía el nombre de don Alejandro ardiéndole en la garganta.

Leo tenía una ruta.

Sofía tenía el cansancio de quien sabía demasiado y, aun así, no podía decirlo todo.

Rodrigo cerró el sobre con cuidado.

—¿Entonces?

Leonardo miró a Sofía primero.

No como permiso.

Como promesa.

Luego volvió a Rodrigo.

—Empecemos por los diez mil millones de Joaco.

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Estrella Guadalupe Martinez Vera
😍😍😍😍 ya era hora que lo pensara ❤️
Estrella Guadalupe Martinez Vera
mmm no supuestamente el sistema de la historia protege a sus protagonistas por qué no lo hace con Nicolás solo a Valeria 🤔🤔🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Woow habrá una nueva Valeria no se confundirá el sistema 😅
Estrella Guadalupe Martinez Vera
si esa es la mejor solución encontrar otra protagonista
Estrella Guadalupe Martinez Vera
rayos di que está loca está trama 😅😅😅
Estrella Guadalupe Martinez Vera
y ahora a quien va a matar 🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
que difícil situación
Estrella Guadalupe Martinez Vera
eso es lo que quiere la historia que Valentina y Nicolás sean los ganadores entonces todos los demás tendrán que desaparecer poco a poco de la historia y fingir sus muertes
Estrella Guadalupe Martinez Vera
ellos son los buenos por qué no pueden ser felices a fuerza tiene que seguir la trama 🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pero por queeeee si la Valentina es un asco de protagonista 🤔
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pues eras por qué no a villana llegas 🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Rodrigo tonto así no se hacen las cosas se hablan pero tú proceder deja mucho que desear 🤨🤨🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
❤️❤️❤️❤️❤️😍
Estrella Guadalupe Martinez Vera
no quiere retenerla por compromiso si no que quiera que ella sea libre de elegir
Estrella Guadalupe Martinez Vera
anda que ya me había olvidado de la zorra está 😅😅😅😅 y ahora que quiere la manipuladora llorona
Estrella Guadalupe Martinez Vera
si que estás familia son un caso serio
Estrella Guadalupe Martinez Vera
o temas enamorarte Sofía el ya está enamorado de ti desde hace tiempo aunque no lo sepa decir
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pobre aún está traumada con la muerte en la bañera a pesar de que no haya sido ella
Estrella Guadalupe Martinez Vera
mmmm 🤔🤔🤔 quien será ahora
Estrella Guadalupe Martinez Vera
anda zorrita ya te quedaste solo sin perros que te ladren
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