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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: En el laberinto de seda

El amanecer en la zona portuaria olía a gasoil quemado, óxido y salitre frío. Una neblina espesa se arrastraba entre los galpones de chapa y los contenedores apilados como fichas de dominó gigantescas, amortiguando el sonido de las grúas lejanas.

Victoria llegó al playón del depósito fiscal a las siete menos diez. Cumpliendo su propia regla de no darle tregua a Caleb, vestía borceguíes de cuero gastados, pantalones oscuros de corte recto y una campera impermeable cerrada hasta el cuello. Llevaba su cuaderno de fichas técnicas bajo el brazo y una lupa de cuentahílos en el bolsillo: no pensaba dejar que el brillo de una etiqueta italiana le vendiera gato por liebre.

Caleb ya estaba ahí.

Apoyado contra la puerta metálica del hangar número cuatro, vestía una chaqueta de gamuza oscura sobre un suéter de cuello alto y sostenía dos vasos térmicos humeantes. La escarcha del rocío brillaba en el cuello de su campera, señal de que llevaba un buen rato esperando en la intemperie.

—Te dije sin tacones, pero no esperaba que vinieras vestida para una demolición —dijo él al verla llegar, entregándole uno de los vasos sin mediar saludo formal.

Victoria lo aceptó por pura necesidad de calentar sus dedos entumecidos. El aroma a café negro y amargo, sin azúcar, le arrancó un parpadeo involuntario.

—Exactamente como lo tomabas en el desván —comentó él en voz baja, con una sombra de burla en los ojos—. Algunas costumbres sobreviven a diez años de orgullo.

—El café negro no es una costumbre sentimental, Caleb, es supervivencia básica —respondió ella, dándole un sorbo corto que le quemó la garganta de forma reconfortante—. Vamos a lo que vinimos. El tiempo corre y las muestras de teñido tardan cuarenta y ocho horas en fraguar.

Caleb arrojó el pestillo del portón y deslizó la chapa pesada sobre los rieles.

El interior del depósito era una catedral industrial. Largas hileras de estanterías de acero de diez metros de altura custodiaban miles de piezas de género envueltas en plástico grueso y termoselladas al vacío. El aire era gélido y seco, cargado de ese olor penetrante a lana nueva, lanolina y almidón de tejeduría de alta gama que a cualquier modista le aceleraba el pulso.

Caminaron en silencio por el pasillo central hasta el fondo del hangar, donde las cajas de madera llevaban sellos aduaneros de procedencia europea.

Allí los esperaba un hombre de mediana edad con delantal azul, tableta digital en mano y el ceño fruncido: el encargado de logística de Vanguardia.

—Señor Rinaldi —dijo el hombre, mirando con recelo los borceguíes de Victoria—. Tenemos preparadas las muestras para la cápsula de la Bienal según el memorándum de la gerencia comercial: poliéster satinado con cuerpo para la falda y una mezcla de lana con acrílico para la sastrería. Rinde diez veces más por metro y reduce los costos a un tercio.

Victoria dio un paso al frente, con los ojos echando chispas.

—Si pongo un solo retazo de mezcla sintética bajo los focos halógenos de la pasarela principal, la prenda va a reflejar la luz como una bolsa de consorcio. Exigimos lana virgen de Biella y tafetán de seda pura.

El encargado soltó un bufido condescendiente y miró a Caleb buscando auxilio corporativo.

—Señor Rinaldi, las directivas de control de costos para talleres asociados son claras. No podemos liberar paños de trescientos euros el metro a un atelier externo sin garantías de...

—Cierre la boca, Moretti —cortó Caleb. Su voz fue apenas un susurro, pero tan cargada de veneno y autoridad que el eco rebotó contra las vigas de hierro del techo.

El empleado se congeló.

Caleb dio dos pasos lentos hacia él, reduciendo al hombre con una mirada gélida.

—La señora no es un «taller externo». Es la directora creativa asociada de este proyecto. Y si ella dice que la mezcla acrílica parece plástico barato, es porque es plástico barato. Baje el lote cuatro-cero-dos del estante de importación de Como y la lana de cuatrocientos gramos de la hilandera Piacenza. Ahora mismo.

El encargado tragó saliva, tecleó apresuradamente en su tableta y se dirigió a un autoelevador sin atreverse a articular otra palabra.

Victoria se quedó inmóvil, observando el perfil afilado de Caleb. Había esperado que él intentara imponer la lógica de los números, que usara el poder de Vanguardia para doblegar su criterio, pero en su lugar había barrido a su propio subordinado con una lealtad técnica que la descolocó por completo.

—No necesitabas montar una escena —murmuró ella, incómoda por la súbita defensa.

—No defiendo tu ego, Victoria. Defiendo la colección —respondió él, dándose media vuelta y adentrándose en el pasillo lateral—. Si el vestido se cae a pedazos en la pasarela, el ridículo lo firmo yo también.

Diez minutos después, sobre una mesada metálica de embalaje, descansaban dos piezas monumentales de tela sin abrir.

Caleb rasgó los plásticos protectores con una navaja de bolsillo. La lana emergió primero: un tejido de trama cerrada, en un tono gris ceniza profundo con un viso azulado casi imperceptible; era pesada, suave al tacto y con una caída que conservaba la memoria del pliegue. Al lado, desenrollaron la seda: un tafetán crujiente, de brillo mate y un negro absoluto que parecía devorar la luz del galpón.

Victoria sacó un hilo suelto del orillo de la seda y extrajo un encendedor del bolsillo. Caleb no se movió; conocía el ritual.

Ella prendió fuego a la hebra. La llama consumió la fibra despacio, dejando un residuo quebradizo de ceniza negra y un leve olor a pluma quemada.

—Proteína pura —murmuró ella, frotando la ceniza entre el índice y el pulgar—. No hay sintéticos.

—Te dije que no traía basura —dijo Caleb. Se había quitado la campera de gamuza y ahora sostenía el otro extremo de la pieza de seda, levantándola a la altura del pecho para probar la resistencia al desgarro—. Tómala del bies. Veamos si aguanta la tensión del drapeado que hiciste ayer.

Victoria se acercó al extremo opuesto. Sus manos tomaron la tela a cuarenta y cinco grados de la orilla.

Tiraron en direcciones opuestas. La seda cedió con una elasticidad noble, cóncava y perfecta, sin deformar el entramado longitudinal.

Pero la fuerza del tirón los arrastró hacia el centro.

El espacio entre los rollos de tela apilados era estrecho; con el movimiento, el borde pesado del rollo de lana rodó un palmo sobre la chapa, obligando a Victoria a dar un paso en falso hacia atrás para no tropezar. Su espalda dio contra la columna metálica del estante y la mano de Caleb, rápida como un relámpago, bajó a sostenerla por la cintura para evitar que perdiera el equilibrio.

El mundo volvió a detenerse en seco.

La tela de seda negra quedó suspendida entre los dos, envolviéndoles los brazos como un sudario elegante. Caleb estaba tan cerca que Victoria podía sentir el calor que se escapaba por el cuello de su suéter y el latido desbocado de su pecho contra el de ella. Su mano, firme y ancha sobre la curva de su cadera, no aflojó la presión.

—Siempre fuiste terca para pedir ayuda —susurró él, bajando la vista hacia sus labios.

Victoria alzó la barbilla, con la respiración entrecortada por el impacto y la proximidad intolerable.

—Y tú siempre fuiste un experto en aparecer cuando nadie te llamó.

—¿Nadie? —Caleb dio medio paso más, aprisionándola suavemente contra la columna de acero. Sus ojos ámbar eran un incendio en la penumbra del depósito—. ¿De verdad vas a decirme que no pensaste en mí ni una sola vez mientras cosías en esa Singer vieja todos estos años?

La pregunta no llevaba sarcasmo. Llevaba una desesperación contenida, una súplica soterrada que golpeó a Victoria justo en la grieta de su armadura.

—Pensé en ti todos los días durante tres años, Caleb —confesó ella en un susurro amargo, clavándole los ojos con una sinceridad que quemó más que una cuchillada—. Pensé en cómo pudiste mirarme a la cara, besarme sobre esa mesa y marcharte al día siguiente por un fajo de billetes y un pasaje de avión. Te odié cada segundo que pasé pedaleando sola en esa buhardilla.

La mandíbula de Caleb tembló. Sus dedos en la cintura de ella se cerraron con una fuerza casi dolorosa, y por primera vez, Victoria vio una fractura real en su compostura impecable.

—No fue por dinero, Victoria —soltó él, con la voz rota por un dolor antiguo que no encajaba en el hombre exitoso que fingía ser—. Si te hubieras enterado de lo que pasaba esa semana...

—¡Señor Rinaldi! —la voz estridente de Moretti resonó desde la entrada del pasillo, acompañada por el chirrido de los frenos del autoelevador—. El camión de despacho para el atelier ya está en la rampa de carga.

El encanto se rompió con la violencia de un vidrio astillado.

Caleb soltó la cintura de Victoria como si acabara de quemarse vivo. Dio un paso atrás, recomponiendo su postura con la velocidad de un reflejo ensayado durante diez años en los directorios de Europa. Se pasó una mano por el cabello revuelto y carraspeó, dándole la espalda.

—Carguen los rollos —ordenó con voz neutra, sin volverse hacia el empleado—. Van al taller de la calle Alsina.

Victoria se quedó apoyada contra la viga de hierro, con el corazón martillándole los tímpanos y los dedos temblando sobre la lana virgen.

«No fue por dinero».

Las palabras resonaban en su cabeza como un eco envenenado. Miró la espalda ancha de Caleb alejándose hacia la salida y sintió el abismo abrirse bajo sus pies: si no había sido por ambición... ¿qué demonios había pasado realmente esa madrugada de noviembre?

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