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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:298
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11. Una muerte, dos vidas perdidas

Un miedo intenso sacudió a Adrián. Era como si una espina escondida en el corazón acabara de clavársele más hondo. Sin dudar un instante más, levantó a Lucía en brazos.

Valeria, que estaba cerca, se apresuró a interponerse. —¿Adónde vas a llevarla, Adrián?

Él ni siquiera le respondió. Salió directo al hospital con Lucía en brazos.

Durante el trayecto no dejó de recordar a la niña que había conocido en su infancia. Aquellos momentos hermosos y tranquilos volvían una y otra vez a su cabeza…

El corazón le latía sin ritmo. Hasta se había olvidado de que debía sentir asco por Lucía, en vez de entrar en urgencias abrazándola con aquella desesperación.

Ella decía que estaba embarazada de él. Ahora, la sangre que le salía del cuerpo manchaba su camisa…

Adrián sintió que algo invisible le aplastaba el pecho y no lo dejaba respirar. Por primera vez deseó con todas sus fuerzas que Lucía estuviera bien.

Esperó afuera, caminando de un lado a otro. Nunca había sentido una angustia semejante.

Cuando salió una enfermera, se apresuró a detenerla. —¿Qué está pasando ahí dentro? ¿Qué tiene mi esposa?

La mujer lo miró con reproche. —¿Y usted qué clase de esposo es? Su esposa está embarazada, se empapó bajo la lluvia y tiene el cuerpo lleno de heridas. Entre el frío que sufrió y el sangrado, solo queda esperar que no pierda al bebé.

Por un instante, Adrián sintió que había olvidado cómo respirar. La asfixia le dejó la mente en blanco. Solo conservó una idea: no podía pasarle nada a Lucía. Nada.

La puerta del quirófano tardó muchísimo en abrirse.

Adrián corrió hacia la camilla. Lucía seguía inconsciente. Al ver su rostro sin una gota de color, sintió una punzada inexplicable en el corazón.

Con la mirada sombría, le tomó la mano helada, casi sin poder evitarlo.

Lucía, ¿por qué me llamaste como lo hacía aquella niña? ¿Por qué conoces la promesa que le hice a Luli cuando éramos pequeños?

La instalaron en una habitación privada. Mientras dormía, entre la confusión, notaba que alguien no le soltaba la mano. Aquel calor se le fue metiendo bajo la piel, hasta que el cuerpo dejó de sentirse tan frío.

Despertó del todo al día siguiente. Apenas se movió, sintió que alguien le sujetaba la muñeca con firmeza.

Abrió los ojos, desconcertada. Adrián descansaba apoyado junto a la cama. Su mano envolvía la de ella, cálida.

Lucía se quedó mirando la escena, aturdida. Debía de estar soñando.

Como si hubiera percibido el movimiento, él abrió los ojos.

Al verla mirándolo con aquella expresión embobada, le tocó la frente. Había tenido fiebre de madrugada, pero parecía haberle bajado.

Lucía no podía creer la delicadeza de aquel gesto. —Adrián… —Lo llamó con la garganta dolorida y la voz ronca.

—No hables todavía. Te voy a traer agua tibia.

—Adrián… —Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió como si todas sus heridas hubieran sanado.

Él la ayudó a incorporarse y le acercó el vaso a los labios.

Al verla tan débil, Adrián prefirió no preguntarle todavía por lo ocurrido en su infancia.

Apoyada contra su pecho, Lucía apenas podía creer que él estuviera tratándola con tanta ternura.

—Adrián, ¿por qué…?

—¿Desde cuándo estás embarazada? ¿Por qué no me lo dijiste? —Nunca le había hablado con tanta suavidad.

Lucía se quedó inmóvil con el vaso entre las manos. Recordaba perfectamente habérselo dicho.

Al verla tan desconcertada, Adrián no insistió.

—Descansa. Ya hablaremos cuando te recuperes. —La ayudó a acostarse otra vez, con cuidado.

A Lucía le ardían los ojos. Sentía una alegría pequeña, tímida.

¿Había recordado su promesa por la forma en que ella lo llamó antes de desmayarse? ¿O se sentía culpable porque había estado a punto de perder al bebé?

Fuera cual fuera la razón, estaba contenta.

Al menos, Adrián por fin estaba dispuesto a mirarla de verdad.

Él quería acompañarla un rato más, pero vio varias llamadas de la empresa y salió con el celular para responderlas. Al llegar cerca de la escalera de emergencia, oyó la voz de Valeria al final del pasillo.

—¿Es cierto lo que me dice, doctor? —Sonaba muy sorprendida—. ¡Por favor, no le cuente nada al esposo de Lucía!

La expresión de Adrián cambió al oírla.

Se acercó un par de pasos. Valeria estaba de espaldas, hablando con el médico que atendía a Lucía.

—¿Cómo pudo pasar algo así? Jamás pensé que Lucía fuera capaz de esto… —La oyó suspirar.

Adrián no entendía de qué hablaban. Iba a preguntar cuando el médico frunció el ceño, incómodo. —Que me pidan mentir así va contra la ética médica. Su hermana no está embarazada, pero insiste en fingirlo. Hasta usó sangre falsa para simular una amenaza de aborto. La descubrimos y nos amenazó con matarse si no mentíamos por ella. ¡No tengo palabras!

A Adrián se le endureció la expresión.

¿Lo había fingido?

¿Lucía había fingido el embarazo? ¿También la sangre era falsa?

—Entiendo por qué lo hizo, pero nunca imaginé que amenazaría con matarse para obligarlos a engañar a su esposo. ¡Es una irresponsable!

—Debería hablar con ella. Tarde o temprano, su marido descubrirá que el embarazo es falso. —El médico se volvió para irse.

Valeria lo siguió. —Se lo suplico, doctor. No se lo diga a nadie, sobre todo a su esposo. Me da miedo que, si se entera, la mate a golpes.

Él suspiró, como si ya no supiera qué hacer. —Eso tendrán que resolverlo ustedes. Lucía está perfectamente. Puede irse cuando quiera.

—¡Gracias, doctor! ¡Muchas gracias!

Valeria siguió agradeciéndole mientras lo veía alejarse.

Luego se quedó allí, frunció el ceño y soltó un suspiro largo.

—Esta vez te pasaste, Lucía. Puedo perdonarte que te hicieras pasar por mí y le dijeras a Adrián que tú eras su amiga de la infancia. Pero ¿cómo pudiste mentir con un embarazo? Ay…

Se volvió, todavía suspirando. Al ver a Adrián a unos pasos, abrió los ojos, sorprendida y asustada.

Lo miró con miedo. —A-Adrián… ¿Desde cuándo estás ahí?

Él la vio retorcerse los dedos, nerviosa, y contuvo la furia. —¿Sabías lo que hizo esa mujer y aun así querías ocultármelo?

Valeria se quedó callada un par de segundos. Después lo miró, perdida. —No sé de qué me hablas. ¿Qué mujer? ¿A quién le oculté algo? Debes de haber oído mal.

Adrián frunció el ceño al ver que se negaba a admitirlo. —Escuché todo lo que hablaste con el médico. ¿Vas a seguir mintiéndome?

Ella negó una y otra vez. Se le enrojecieron los ojos, como si la acusación la hubiera herido. —No te estoy mintiendo. ¿Cómo iba a atreverme?

—¿Todavía no vas a decirme la verdad?

—Adrián…

—Muy bien. Si tú no hablas, voy a preguntárselo yo mismo. —Se volvió con la mirada helada.

—¡No lo hagas! —Valeria corrió a agarrarlo del brazo—. ¡No te enojes, Adrián! ¡Te lo suplico!

Empezó a sollozar. —Perdóname. No debí mentirte. Pero si no la ayudaba a ocultártelo, no se lo ibas a perdonar. Por eso yo…

Se aferró a su brazo y levantó los ojos llenos de lágrimas. —No la culpes, por favor. Ya sabe que estuvo mal. ¡Seguro que no se vuelve a atrever!

—En realidad, la culpa es mía. ¡Todo es culpa mía! No debí seguir amándote después de que se casaran. Eso hizo que se pusiera celosa y fingiera el embarazo. Tampoco debí contarle cómo nos conocimos de niños. Le di la idea de mentirte y decir que ella era aquella niña. ¡Fue culpa mía, Adrián! Si tienes que culpar a alguien, cúlpame a mí.

Los ojos de Adrián se habían vuelto completamente oscuros.

Así que todo era mentira.

Solo había querido engañarlo para darle lástima.

Era una mentirosa. No sabía hacer otra cosa. ¿Cómo había podido confundirla con la niña a la que siempre había querido proteger? ¡Aquella niña era Valeria!

Al recordar la ternura con que acababa de tratar a Lucía, la furia le subió de golpe.

Se dio la vuelta y fue hacia la habitación a toda prisa. Valeria lo llamó desde atrás con una voz angustiada, pero la sonrisa ya le asomaba a los labios.

Lucía apenas había cerrado los ojos cuando lo vio entrar con una expresión sombría. El corazón le dio un vuelco. —¿Qué pasa, Adrián?

Él no respondió. Se acercó a la cama, paso a paso.

Lucía notó el peligro en la frialdad de Adrián. Iba a hablar otra vez cuando él extendió la mano y la agarró brutalmente del cuello.

—Adrián…

El aire dejó de entrarle. Su rostro, hasta entonces pálido, se enrojeció de golpe.

—Deberías estar muerta, Lucía. —Sus ojos negros la atravesaban—. No te bastó con fingir un embarazo. ¡También tuviste que hacerte pasar por Valeria! ¿De verdad pensaste que podías engañarme así?

¿Qué…?

Lucía abrió mucho los ojos, sin entender. La presión en el cuello no la dejaba pronunciar una sola palabra.

Solo veía su mirada. Parecía querer despedazarla muy despacio.

—¡Te atreviste a engañarme! ¡Ahora vas a pagar el precio!

Y la lanzó lejos de él.

Lucía cayó de la cama como una muñeca rota que alguien hubiera tirado a la basura. Se golpeó la cabeza contra la esquina de la cama. La aguja del suero se le arrancó del dorso de la mano y el dolor desgarrador la hizo temblar de pies a cabeza.

Se cubrió el vientre por instinto. Se incorporó con dolor y quedó de rodillas en el suelo. Con la otra mano se aferró a la pierna del pantalón de Adrián. —No te mentí. Estoy embarazada. De verdad, Adrián. Tengo los resultados. Puedes llevarme ahora mismo a hacer un ultrasonido. Por favor, créeme una vez. Solo esta vez… Adrián…

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