Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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Cambio
Lucas desapareció por el camino con la mochila rebotando sobre la espalda.
Valeria permaneció unos segundos en la puerta hasta asegurarse de que había llegado a la casa de Bruno.
Solo entonces suspiró.
—Qué niño...
Cerró la puerta con cuidado.
—Al menos ya se le pasó el berrinche.
Miró hacia el patio.
El perro callejero seguía allí, acostado bajo un árbol, moviendo la cola de vez en cuando.
Valeria se cruzó de brazos.
—Y contigo... ¿qué hago?
El animal levantó la cabeza y la miró con esos enormes ojos marrones.
Ella sintió que el corazón se le ablandaba.
—No me mires así.
El perro ladeó la cabeza.
—No.
—No funciona conmigo.
El perro volvió a mover la cola.
Valeria soltó un largo suspiro.
—Eres muy lindo...
Se agachó unos centímetros.
—Pero no puedo arriesgar a Lucas.
Fue hasta la cocina, tomó un poco de carne y la dejó unos metros más allá de la tranquera.
—Vamos...
Chasqueó los dedos.
—Come esto y luego busca un lugar seguro.
El perro caminó hasta la carne y empezó a comer con desesperación.
Valeria aprovechó para abrir lentamente la tranquera.
Cuando terminó de comer, el animal salió sin darse cuenta.
Ella cerró la puerta despacio.
—Lo siento...
Murmuró.
—Ojalá alguien pueda cuidarte.
El perro la observó unos segundos.
Después movió la cola una vez más y se alejó trotando por el camino.
Valeria sonrió con tristeza.
—Cuídate.
Dentro de la casa Sebastián seguía esperando.
Miró el reloj Cinco minutos
Luego diez.
Después veinte.
Frunció el ceño.
—¿Dónde se metió?
Había preparado mentalmente todo lo que quería decirle.
Bueno...En realidad no.
Solo quería verla.
Resopló.
—Seguro está ocupada...
Pasó otra media hora.
Su paciencia comenzó a agotarse.
—No puede tardar tanto en sacar un perro.
Cruzó los brazos.
—Capaz ya se fue con algún...
Se detuvo a mitad del pensamiento.
—No.
Apretó la mandíbula.
—¿Y si sí?
Recordó nuevamente las palabras que había escuchado durante aquellos siete años.
"Por tu culpa no puedo estar con Mateo..."
Cerró los ojos.
—Seguro sigue pensando en él.
Mientras tanto...
En el patio.
Valeria estaba completamente embarrada.
—¡Vamos!
Tiró con todas sus fuerzas.
Una enorme raíz se negaba a salir de la tierra.
—¿Quién plantó esto?
Volvió a tirar.
—¡Sal de una vez!
La raíz cedió de golpe.
—¡Ay!
Valeria cayó sentada sobre el barro.
Miró sus manos sucias.
Después su ropa.
Y finalmente el enorme pedazo de raíz.
—...
Sonrió orgullosa.
—¡Te gané!
Se levantó sacudiéndose el pantalón.
—Con razón costaba tanto.
La llevaba arrastrando cuando escuchó una voz detrás de ella.
—¿Qué haces?
Valeria dio un pequeño salto del susto.
Giró rápidamente.
Sebastián estaba asomado desde la ventana abierta de la habitación.
La observaba con una mezcla de curiosidad y resignación.
Ella escondió la raíz detrás de la espalda.
—Nada.
Sebastián levantó una ceja.
—¿Nada?
—Estaba...
Miró la enorme raíz.
—Haciendo ejercicio.
—¿Con un árbol?
—Es una nueva técnica.
Sebastián no pudo evitar soltar una risa baja.
Era la primera vez que la veía hacer algo tan absurdo.
Valeria sonrió al escucharlo reír.
Su corazón dio un pequeño vuelco.
"¡Se rió!"
Quiso celebrarlo.
Pero enseguida recordó cómo estaba.
Se miró.
Barro en la cara.
Barro en el cabello.
Barro hasta en los zapatos.
Se quedó inmóvil.
—...
Sebastián seguía observándola.
—Ahora entiendo por qué tardabas tanto.
Valeria hizo un puchero.
—No te burles.
—No lo hago.
Aunque claramente estaba conteniendo otra sonrisa.
Ella infló las mejillas.
—Voy a bañarme.
Se dio media vuelta.
Entonces Sebastián volvió a llamarla.
—Valeria.
Ella giró.
—¿Sí?
Él permaneció unos segundos en silencio.
—Gracias.
Valeria parpadeó.
—¿Por qué?
Sebastián desvió la mirada hacia el patio.
—Por cómo hablaste con Lucas.
—...
—Pudiste gritarle Castigarlo O simplemente echar al perro.
Pero intentaste explicarle.
Valeria sonrió con suavidad.
—Es nuestro hijo.
Las palabras salieron tan naturales que ni siquiera se dio cuenta.
Sebastián volvió a mirarla.
Aquella frase hizo que algo cálido se moviera dentro de su pecho.
Valeria carraspeó, avergonzada.
—Bueno...
Se señaló la ropa embarrada.
—Antes de que esta tierra se convierta oficialmente en mi nueva piel... voy a bañarme.
Sebastián asintió.
—Ve.
Ella salió corriendo hacia la casa.
Sebastián la siguió con la mirada hasta que desapareció.
Después apoyó lentamente la cabeza contra el respaldo de la silla.
Y, sin darse cuenta, sonrió otra vez.
—Definitivamente...
Murmuró para sí.
—Ya no eres la misma mujer que recordaba.
En la ciudad...
El edificio de Montenegro Motors estaba lleno de empleados entrando y saliendo.
Susana caminaba por el pasillo con una pequeña caja de almuerzo entre las manos.
Sonrió para sí.
—Seguro Mateo todavía no ha comido...
Quería darle una sorpresa.
Al llegar frente a la oficina, levantó la mano para tocar la puerta.
Pero se detuvo.
Desde adentro escuchó una risa femenina.
Frunció ligeramente el ceño.
La puerta estaba entreabierta.
Sin hacer ruido, miró hacia el interior.
Mateo estaba de pie junto a su escritorio.
Frente a él se encontraba su secretaria, una mujer joven de traje elegante.
Ella reía mientras acomodaba la corbata de Mateo.
—Licenciado, siempre termina desordenándosela.
Mateo sonrió.
—Supongo que ya te acostumbraste.
—Alguien tiene que cuidar su imagen.
La secretaria terminó de acomodarle la corbata y, con demasiada confianza, le dio unas pequeñas palmaditas en el pecho.
Desde la puerta...
Susana sintió un vacío en el estómago.
Sus dedos comenzaron a temblar.
La caja del almuerzo casi se le cayó de las manos.
No quiso seguir mirando.
Retrocedió un paso.
Luego otro.
Hasta que se dio media vuelta.
Caminó por el pasillo intentando respirar con normalidad.
Pero las lágrimas empezaron a caer sin permiso.
—¿Por qué...?
Murmuró.
No sabía exactamente qué había visto.
Tal vez no era nada.
Tal vez sí.
Pero dolía.
Mucho.
Llegó al ascensor y apoyó la frente contra la pared.
Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando una voz la llamó.
—¡Susana!
Era Mateo.
Había salido detrás de ella.
Entró al ascensor antes de que las puertas se cerraran.
—¿Qué haces aquí?
Susana bajó la mirada.
No respondió.
Mateo vio la caja de almuerzo.
Comprendió enseguida.
—¿Viniste a verme?
Ella asintió muy despacio.
Mateo suspiró.
—Susana, no es lo que estás pensando.
Eso hizo que ella levantara la cabeza.
Tenía los ojos completamente húmedos.
—¿Entonces qué estaba viendo?
Mateo abrió la boca.
Pero no encontró una respuesta inmediata.
—Ella solo estaba...
—¿Acomodándote la corbata?
Su voz se quebró.
—¿Riéndose contigo?
—Susana...
Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Una risa triste.
—No importa.
Le entregó la caja de comida.
—Había preparado esto para ti.
Mateo la tomó con culpa.
—Escúchame...
Susana negó lentamente.
—No.
Respiró hondo.
—Había venido para darte una noticia.
Mateo la miró.
—¿Qué noticia?
Ella se secó una lágrima.
—Sebastián despertó.
Los ojos de Mateo se abrieron de golpe.
—¿Qué?
—lleva día despierto.
Hubo un largo silencio.
Mateo quedó completamente inmóvil.
—¿Sebastián... despertó?
Susana asintió.
Después lo miró con una mezcla de tristeza y decepción.
—Quería ser yo quien te lo contara.
Hizo una pausa.
—Pero parece que estabas demasiado ocupado.
Bajó la vista.
—...para darte cuenta de que estaba aquí.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Susana salió sin mirar atrás.
Mateo permaneció inmóvil con la caja de almuerzo entre las manos.
Entro al ascensor y le miró con decepción.
Mateo solo sonrió paso su mano en la cabeza.
—¿Por qué cada que hace esa cara me llega al corazón?
Enojado por qué el nunca amo a Susana, pero ella tenía un brillo que tenía inocencia.
—Tenia razón mi madre soy un Tonto si ella se olvidó de Sebastián y yo acá engañando la.
Mientras Tanto Susana en el ascensor pensaba.
—Y Si Sebastián despertó¿puedo ir a verlo?.