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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

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Capítulo 22: Rumores que encienden, miradas que delatan

El aire del campus cambió de sabor en cuestión de días. Ya no se hablaba solo de mi transformación: ahora se sumaban susurros nuevos, más picantes, que corrían de boca en boca como fuego entre hojas secas. “¿Viste cómo te mira el profesor Valentino?” —decían unos—. “¿Siempre entrenan solos tan temprano?” —preguntaban otros—. “Ella cambió… y él cambió desde que empezó a entrenarla.”

Yo los escuchaba sin inmutarme. Caminaba erguida, libros contra el pecho, y dejaba que hablaran. Si supieran la verdad… si supieran que lo que hay entre nosotros no es solo atención ni favor… se quedarían sin palabras. Pero lo guardábamos en secreto, como un tesoro frágil y valioso que solo se protege en silencio.

Sin embargo, no todos lo tomaban como simple chisme. Adrián lo escuchó también. Y lo que antes era confusión y arrepentimiento, se mezcló ahora con un veneno nuevo: los celos.

Lo noté un mediodía en el patio principal. Estaba sentada en una banca, revisando apuntes, cuando su sombra cayó sobre mí. Levanté la vista y lo vi allí: tenso, mandíbula apretada, ojos oscurecidos por la rabia. Ya no venía suplicante como antes: venía furioso, como si yo le perteneciera y hubiera cometido una traición.

—¿Es cierto? —escupió, bajito pero con fuerza—. ¿Es verdad que tienes algo con él? ¿Con el profesor? ¿Así que para esto te cambiaste? ¿Para irte con el primer hombre que te prestó atención?

Me puse de pie despacio, cerré el cuaderno y lo miré a los ojos con una calma que lo enfurecía más.

—Cuidado con tus palabras, Adrián —le dije firme—. No tienes derecho a juzgarme. Tú me tiraste a la basura. Él me sacó de ahí y me enseñó a ser alguien. ¿Crees que eso se compara con nada de lo que tú alguna vez diste o sentiste por mí? Ni siquiera estás cerca.

—¡No es justo! —gritó bajo, golpeando con el puño la columna cercana—. Yo me arrepentí! Yo te busqué! ¡Y tú… tú te vas con él! ¿Crees que no sé lo que hace? ¿Un ex-militar, hombre de peligros, lleno de historias oscuras… y tú tan ingenua, tan nueva en todo… crees que te quiere de verdad?

—Él me ve como soy —respondí con voz clara, tajante—. Tú solo viste lo que querías ver: un cuerpo que te parecía feo y una chica que creías que no servía para nada. Él vio mi fuerza antes de que yo misma la encontrara. Y lo que siente… y lo que siento… no te incumbe. Nunca te incumbió.

Adrián dio un paso hacia mí, con la mano cerrada, desesperado por encontrar algo que destruir, y en ese momento una sombra se alargó entre nosotros. Cristóbal apareció de la nada, plantándose justo a mi lado, alto, imponente, con esa presencia que pesaba más que cualquier amenaza. No gritó, no hizo gestos bruscos. Solo lo miró fijamente a los ojos, y su voz cayó lenta, fría y definitiva:

—Aléjate de ella.

Fue todo. Cinco palabras que resonaron como orden militar. Adrián se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible. Abrió la boca para replicar, pero al encontrarse con esa mirada gris, dura, sin ningún rastro de piedad, se quedó mudo. La autoridad que emanaba Cristóbal no venía de su cargo ni de su edad: venía de haber visto lo peor del mundo y haber sobrevivido. Adrián, acostumbrado a que todo le saliera bien, no tenía nada que oponer ante alguien que no temía nada.

—Ella no es tu premio perdido —añadió Cristóbal, sin moverse ni un centímetro de mi lado—. No es tu consuelo ni tu arrepentimiento. Es una mujer que se construyó a sí misma. Y si alguna vez vuelves a acercarte con malas intenciones… o si la miras con esos ojos que piden lo que no mereces… tendrás que vértelas conmigo. ¿Quedó claro?

Adrián retrocedió, pálido, con el orgullo herido y el miedo instalado en su mirada. Dio media vuelta y se marchó sin decir una palabra, rápido, como si huyera de algo más grande que él.

Cuando se perdió de vista, Cristóbal giró hacia mí. La dureza se le desvaneció del rostro al instante, reemplazada por preocupación pura. Me tomó suavemente de los hombros, revisándome la cara como si temiera que me hubiera lastimado solo con palabras.

—¿Te hizo daño? ¿Te dijo algo que te hiriera?

—No —respondí, con el corazón acelerado pero tranquila—. Me defendí sola. Pero… gracias por llegar.

—No fui casualidad —confesó bajito, bajando la voz para que solo yo lo oyera—. Siempre sé dónde estás, Elisa. No te pierdo de vista. Porque el mundo sigue siendo peligroso para quien brilla tanto como tú. Y yo… yo no puedo permitir que nadie te apague.

Sus manos se deslizaron despacio por mis brazos, cálidas y firmes, y el contacto hizo que se me olvidara hasta respirar.

—La gente habla —dijo, serio pero tierno—. Dicen cosas. Algunas ciertas, otras inventadas. ¿Te importa? ¿Te detiene?

Lo miré directo a los ojos, y le respondí con la verdad que llevaba en el alma desde aquel día bajo la lluvia:

—Que hablen. Que imaginen. Que se pregunten. Lo que hay entre nosotros es demasiado grande para caber en sus chismes. Y demasiado fuerte para romperse con sus rumores.

Cristóbal sonrió, una sonrisa pequeña, profunda, que iluminó sus rasgos marcados por el tiempo y las cicatrices.

—Esa es mi chica —susurró, y esta vez su pulgar rozó mi mejilla con una ternura que me hizo cerrar los ojos—. Mañana seguimos. Pero recuerda: mientras yo esté cerca… nadie te toca. Nadie te lastima. Nadie.

Se apartó despacio, como siempre, manteniendo la distancia necesaria para que nadie sospechara demasiado… aunque sus ojos seguían pegados a mí como si me llevara consigo a cada paso.

Me quedé allí, sola en el camino, con el eco de su voz y el calor de su piel aún sobre mí. Los rumores crecían, sí. Las miradas se clavaban, las sospechas aumentaban… pero no me importaba. Porque ahora sabía con certeza absoluta: no caminaba sola. Y mientras él estuviera ahí… yo podía enfrentarme a todo el mundo entero sin miedo.

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Eliana Angulo
te felicito excelente historia, deja tremenda enseñanza que el valor no está en el cuerpo, sino en quién uno es .. que no importa cuántas veces nos caigamos; lo que importa es cuánto decides levantarte... y convertir ese dolor en una fortaleza 👏🏽👏🏽👏🏽👍
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Muchas gracias, Eliana! 🥹 Has captado exactamente el corazón de la historia, el valor no está en cómo nos vemos, sino en la fuerza con la que nos levantamos. Gracias por acompañarla 💖
total 1 replies
Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
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