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Perdona, yo no mendigo amor

Perdona, yo no mendigo amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Mujer despreciada / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:222
Nilai: 5
nombre de autor: 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒

Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.

Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.

Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:

"No mendigo amor."

Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.

Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.

Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.

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2. Desde hoy, no soy Belvina

Belvina no contestó. Solo retrocedió medio paso, volviendo a su posición original.

Pero esta vez, no tocó a Alden.

La sonrisa de Seraphina se desvaneció, aunque no desapareció del todo.

—Solo quería saludar cordialmente...

Algunos de los presentes empezaron a intercambiar miradas.

—¿Saludar... —Belvina esbozó una sonrisa ácida— ...o dejarte caer en los brazos del marido de otra?

—Ya basta. —La voz de Alden cortó el aire. Grave. Gélida.

Belvina giró la cabeza.

La mirada de aquel hombre era afilada. Cargada de advertencia.

—Te estás pasando.

Belvina no respondió de inmediato. Sus dedos se tensaron a los costados.

—Ella fue la que...

—Basta, Belvina.

El tono no subió. Pero no dejaba espacio para réplica.

Varias personas dejaron de hablar. Más y más miradas se posaban sobre ellos.

—¿Entonces le crees a ella? —Belvina miró a Alden con incredulidad—. ¿Prefieres defenderla a ella antes que a tu propia esposa?

Alden no respondió. Se limitó a observarla con expresión impasible.

Belvina enmudeció.

Alden se dio la vuelta y se marchó sin esperarla. Sin voltear.

Belvina se quedó clavada unos segundos. Después...

—¡Al...!

Lo persiguió. Los tacones repiqueteaban contra el mármol. Sus pasos eran atropellados. Su respiración, cada vez más agitada.

—¡Al... espera!

Pero el hombre no se detuvo. Ni siquiera aminoró el paso. Belvina lo siguió hasta el lobby.

Iba demasiado rápido. Un tacón resbaló.

—¡Ah...!

¡CRASH!

Su cuerpo golpeó el suelo.

El impacto rebotó contra el mármol. Varios invitados se sobresaltaron.

Pero Alden no volteó. Siguió caminando hacia la salida.

Belvina yacía en el piso frío. Su visión se nublaba. Las luces del techo giraban sobre ella. Los sonidos se alejaban.

—¿Por qué...?

Su voz era casi inaudible. El pecho le dolía.

La imagen se oscurecía. Se alejaba más y más. Y en el último instante de conciencia, todo... se detuvo.

Oscuridad.

—¡Ah...!

Dina se encogió de dolor, sujetándose la cabeza. Su cuerpo tembló. Los recuerdos de la dueña original de aquel cuerpo le atravesaban el corazón.

Alden se detuvo en seco. Frunció el ceño al ver esa expresión de dolor que no parecía fingida.

—¿Belvina?

Algo tibio. Un líquido recorriendo su sien. Dina lo tocó. Sangre. Su respiración se aceleró.

Entonces...

Más fragmentos de memoria la asaltaron.

Voces.

"Un matrimonio arreglado entre familias."

"Por negocios."

"No puedo vivir sin él..."

Sangre en las muñecas.

Llanto.

Después... una habitación a oscuras.

Un vestido ligero.

Rechazo.

Una y otra vez.

Dina se quedó inmóvil. Conteniendo el aliento.

—Estaba así de loca... —susurró apenas.

Aquellos fragmentos se sentían... familiares. Demasiado familiares. Se le abrieron los ojos.

—Imposible... Esto... no tiene sentido.

La voz de Dina fue casi inaudible.

—Esto no es un cuento... —su respiración se entrecortó— Es una trampa.

Se miró las manos. Piel suave. Dedos estilizados. No eran las suyas.

Bajó la vista a su cuerpo, envuelto en un vestido lujoso. Luego miró al hombre frente a ella. Todo se sentía ajeno... y al mismo tiempo, real.

La certeza la golpeó sin piedad. Ya no estaba en su propio cuerpo. Ella era Belvina Laurent.

Y una cosa quedó grabada al instante en su mente: no viviría como aquella mujer.

Antes de que pudiera procesar nada más...

—Tsk.

Sin decir palabra, Alden la levantó en brazos.

Belvina se sobresaltó.

—¿Qué estás haciendo?

Alden la ignoró. Sus brazos se cerraron con más fuerza.

—Si vas a fingir que cambiaste... —le susurró con frialdad— asegúrate de poder sostenerlo.

Sus pasos no se detuvieron.

Y por alguna razón, aquellas palabras sonaron como una amenaza.

Belvina se tensó por reflejo, pero no se resistió. Apretó la mandíbula.

¿Este es el hombre por el que se desvivía?, pensó.

Desde esa distancia, sus ojos recorrieron el rostro de Alden sin inhibición. Demasiado perfecto. Y demasiado frío.

Pero para la Belvina de ahora, su actitud era repulsiva. La mirada, helada. Nada había cambiado.

La comisura de sus labios se movió apenas, casi imperceptible.

La Belvina de antes... estaba completamente loca. Si hay que mendigar el amor de un hombre como este... mejor morir otra vez, refunfuñó para sus adentros.

Los pasos de Alden, que hasta entonces eran firmes... se ralentizaron levemente. Sus cejas se fruncieron casi sin notarse. La mujer en sus brazos estaba... callada.

Demasiado callada.

No se retorcía. No lloraba. No suplicaba. No era lo habitual.

Su mirada descendió un poco. Y por un instante, sus ojos se encontraron.

Frialdad.

No era la mirada llena de esperanza que solía ver. Tampoco la de desesperación.

Sino...

Una mirada vacía. Indiferente. Como si ya no le importara.

La mandíbula de Alden se endureció. Algo no estaba bien.

¿Qué estará tramando ahora?, pensó.

La puerta del auto ya estaba abierta. El chófer esperaba rígido a un lado.

Sin decir nada, Alden la depositó. Sin delicadeza.

Los pies de Belvina casi flaquearon al tocar el suelo, pero recuperó el equilibrio de inmediato.

—Sube.

Una sola palabra de Alden. Fría. Tajante.

Belvina le lanzó una mirada fugaz. Breve, pero suficiente para dejar ver algo distinto.

Subió al auto. Sin protestar.

La puerta se cerró. El silencio cayó de golpe.

Belvina apoyó la cabeza contra el respaldo. Sus ojos miraban al frente, vacíos. Pero dentro de su cabeza, un solo pensamiento giraba con claridad.

No voy a vivir así nunca más.

A su lado, sin que ella lo notara, Alden seguía observándola.

Más tiempo del debido. Su mirada fue cambiando poco a poco. Ya no era solo frialdad.

Era... escrutinio.

Cambió. Desde que se cayó. ¿Será que...?

El pensamiento se cortó. Sus cejas se fruncieron levemente. La mirada le bajó hasta la sien de la mujer. El rastro de sangre aún se veía, tenue.

Alden chasqueó la lengua en voz baja.

—Límpiala la herida. —Una orden escueta. Sin emoción.

El chófer respondió de inmediato:

—Sí, señor.

Belvina frunció el ceño.

¿Qué quiso decir? ¿Le ordena al chófer que me limpie la herida?

La puerta de su lado se abrió.

El chófer ya estaba afuera, con un botiquín de primeros auxilios en la mano.

—Señora... permítame.

Belvina le lanzó una mirada rápida a Alden. Fina. Nada contenta. Apretó el puño. Luego se volvió hacia el chófer.

—No hace falta. —Su voz era plana.

Tomó el botiquín de las manos del chófer, agarró un pañuelo de papel y, con movimientos precisos, se limpió la sangre de la sien.

Sin quejarse. Sin una sola mueca. Como si la herida... no significara nada.

Alden observaba. No hubo lágrimas. No hubo súplicas.

Extraño.

¿Desde cuándo es... así de calmada?

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