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BUSCA MI FELICIDAD

BUSCA MI FELICIDAD

Status: En proceso
Genre:ABO
Popularitas:617
Nilai: 5
nombre de autor: Tumiult

Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.

NovelToon tiene autorización de Tumiult para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

1

El columpio del jardín de los Ashford llevaba crujiendo desde marzo, y a nadie parecía importarle demasiado arreglarlo. Paulo tenía siete años y las sandalias llenas de tierra la tarde en que decidió que subirse los dos a la vez, él y Henry, apretados en el mismo asiento de madera era buena idea, muy a pesar de que la cadena de la izquierda ya sonaba distinto a la de la derecha.

—Si se rompe, nos vamos a romper la cabeza —dijo Henry, sin bajarse, sujetando la cadena con las dos manos como si eso fuera a servir de algo.

—No se va a romper — dijo Paulo acomodandose con toda la voluntad y en busca de espacio.

—Tú no sabes eso.

—Tú tampoco sabes.

Se quedaron así un momento, cada uno convencido de tener la razón, hasta que Paulo finalmente calzó, empujando con el hombro para hacerse mas espacio, y Henry, después de protestar un poco más por pura forma, terminó cediendo lo poco del asiento. El columpio aguantó, se balancearon torpes, desincronizados, chocando las rodillas cada vez que el impulso los llevaba hacia adelante, riéndose de nada en particular, hasta que Karla, madre de Henry, salió a la puerta de la cocina y les gritó que bajaran antes de que alguno se partiera la cabeza.

No se cayeron esa tarde, se caerían meses después, en un día sin nada de particular, uno que no daba ninguna señal, el resultado, Paulo se raspó tanto el codo que tuvo que ir al hospital por tres puntos, y Henry lloró más que él aunque fuera Paulo quien sangraba más, al final acordaron que ninguno de los dos volvería a subirse ahí de nuevo, aunque el columpio se quedó colgado en el mismo árbol durante años, oxidándose despacio, como un monumento a algo que ninguno de los dos supo nombrar entonces.

Las dos familias vivían separadas por una calle tan angosta que Paulo la cruzaba corriendo sin mirar, con la clase de confianza absoluta que solo tienen los niños que nunca han tenido motivos para desconfiar de nada. Richard Whitmore y Edward Ashford se conocían de antes, de la misma empresa, de los mismos almuerzos de oficina que con los años se convirtieron en cenas de los viernes, y las cenas de los viernes se convirtieron en algo más parecido a una familia elegida que a una simple amistad de vecinos. Cuando Eleanor supo que estaba embarazada, la primera persona a la que llamó, después de Richard, fue Karla.

—Vamos a tener que compartirlos —le dijo Karla por teléfono, riéndose, con una mano en su propio vientre, apenas unas semanas más adelantada—. Ya los inscribí como mejores amigos antes de que nazcan, así que ni se les ocurra llevarme la contraria.

Y así fue, más o menos. Paulo y Henry crecieron indistintamente en una casa o en la otra, sin que nadie llevara cuenta exacta de en cuál durmieron cada noche. Aprendieron a nadar el mismo verano, en la misma piscina, compartieron piojos una vez, sarampión otra, y ese tipo de complicidad silenciosa que no necesita explicarse en voz alta: Henry sabía que Paulo apartaba el cilantro de cualquier plato sin que nadie se lo tuviera que recordar, y Paulo sabía que Henry lloraba en secreto cuando perdía el los juegos de mesa contra su padre, aunque después lo negara con toda la dignidad que le permitían su corta edad.

Los viernes, mientras los adultos cenaban adentro, a Paulo le gustaba sentarse en las escaleras del porche de su propia casa, con Richard a su lado, esperando a que su padre terminara de fumar el único cigarrillo que Eleanor le permitía a la semana.

—¿Cuándo voy a poder fumar yo? —le preguntó una vez, con toda la seriedad de sus seis años.

—Nunca, si tu madre tiene algo que decir al respecto. —Richard soltó el humo hacia arriba, lejos de él, por costumbre—. Y créeme, siempre tiene algo que decir al respecto.

—¿Y si ella no se entera?

—Ella siempre se entera. —Le revolvió el pelo con la mano libre—. Es lo único que necesitas saber de tu madre, campeón. Se entera de todo.

Paulo se rió, aunque no entendiera del todo el chiste, solo porque su padre se estaba riendo, y esa risa grave, un poco ronca por el cigarrillo que no debería fumar, era uno de los sonidos que más le gustaban en el mundo, sin que tuviera edad todavía para saber que algún día lo extrañaría lo suficiente como para no poder recordarlo bien del todo.

Las tardes en que no cruzaba a casa de los Ashford, Paulo se sentaba en el piso de la sala, cerca de los pies de su madre, mientras Eleanor cosía. No era su trabajo, solo algo que hacía porque le gustaba: arreglar dobladillos, achicar pantalones que le quedaban largos a las vecinas, inventar vestidos para las muñecas de alguna sobrina sin que nadie se lo pidiera. Paulo se entretenía horas enteras jugando con los retazos de tela que caían al piso, ordenándolos por color, después por textura, después de nuevo por color porque el orden anterior ya no le convencía.

—¿Por qué este es más suave que este? —preguntó una tarde, sosteniendo dos retazos, uno contra el dorso de cada mano.

—Porque son telas distintas. Ese de ahí es algodón. El otro tiene algo de seda mezclada.

—¿Y por qué la seda es más suave?

Eleanor se rió, sin dejar de mover la aguja. —Esa pregunta me la vas a tener que hacer cuando seas más grande, porque ni yo me sé bien la respuesta. Solo sé que me gusta cómo se siente.

Paulo se quedó pensando en eso un rato largo, pasando el retazo de seda entre los dedos una y otra vez, como si repetir el gesto fuera a revelarle algo que las palabras de su madre no habían terminado de explicar.

...***************...

Adentro, la mesa ya estaba puesta para seis, aunque solo cuatro adultos y dos niños se sentaran a comer —Karla insistía en poner el plato extra "por si acaso", una costumbre que nadie le había pedido explicar nunca. Esa noche había pollo al horno, la receta de Eleanor que Karla llevaba años intentando copiar sin lograr que le quedara igual, por más que le pidiera los pasos exactos cada dos meses.

—Te juro que hago todo lo mismo que tú —se quejó Karla, pinchando un trozo con el tenedor como si eso fuera a revelarle el secreto—. Mismo horno, misma temperatura, mismo tiempo. Y el mío siempre sale más seco.

—Es el amor, Karla —dijo Richard, sin levantar la vista de su plato—. Eleanor le pone amor. Tú le pones prisa.

—Cállate y come.

Edward, que hablaba poco pero sonreía fácil cuando algo le hacía gracia de verdad, se rió por lo bajo sin decir nada, lo cual bastó para que Karla le diera un golpecito en el brazo, medio en broma, medio porque esperaba que la defendiera y no lo estaba haciendo.

Paulo y Henry comían más rápido que los adultos, con esa urgencia que tienen los niños por terminar pronto y que los dejen levantarse de la mesa, intercambiando patadas por debajo sin ningún motivo particular más que el aburrimiento de tener que quedarse sentados quietos.

—Cuando estos dos se casen —dijo Richard en algún punto, señalándolos con el tenedor, con esa media sonrisa que usaba cuando quería molestar a alguien con cariño—, ya no vamos a tener que organizar cenas separadas. Todo junto, para siempre.

—¡Papá! —Paulo se puso colorado hasta las orejas, sin soltar el tenedor.

—¿Qué? Es un cumplido.

Henry no dijo nada, ocupado de repente en algo muy importante en su propio plato, aunque las orejas se le pusieron igual de coloradas que las de Paulo. Karla se rió con ganas, Eleanor le dio un manotazo suave a Richard en el brazo sin lograr borrarle la sonrisa, y la cena siguió así, entre bromas que los dos niños fingían no escuchar aunque las escucharan perfectamente, hasta que llegó la hora del postre y ya nadie se acordaba de nada más que del pastel.

...***************...

Fue Henry quien se manifestó primero.

Un martes cualquiera, a mitad de año escolar, mientras la maestra escribía fracciones en el pizarrón con esa letra apretada que a nadie le gustaba copiar, Henry sintió que el cuello de la camisa le quedaba de repente más ajustado de lo normal, aunque no se había puesto ninguna camisa distinta esa mañana. Se removió en su silla. La niña que se sentaba adelante, Martina, se dio vuelta a mitad de una pregunta sobre el ejercicio y se quedó callada, con la cara colorada de golpe, sin terminar la frase.

—¿Qué? —le preguntó Henry, incómodo, sin entender qué había hecho.

Martina no contestó. Se dio vuelta otra vez, más rápido de lo necesario, y se quedó mirando el pizarrón como si las fracciones fueran de pronto lo más interesante del mundo. Dos pupitres más allá, otro niño se rió por lo bajo sin ninguna razón clara, y la maestra, que llevaba veinte años enseñando y sabía reconocer ese tipo de situaciones, dejó la tiza a medio camino del pizarrón y se acercó a Henry con una calma que no dejaba ver ninguna alarma real.

—Henry, ¿te sientes bien?

—Sí, señorita.

—¿Seguro?

Él asintió, aunque no estaba tan seguro. Sentía calor en la nuca, en las palmas de las manos, y un olor que no supo identificar de dónde venía, si de él mismo o del salón entero, hasta que la maestra, con la misma calma de antes, le pidió que juntara sus cosas y la acompañara a la dirección. Nadie más en el salón dijo nada mientras Henry guardabasus cosas.

No fueron a dirección, la maestra lo llevo a la enfermeria y desde ahi llamaron a sus padres, poco despues llego su padre, Edward, que había llegado más rápido de lo que Henry hubiera creído posible en un día de semana con reuniones de trabajo. Edward nunca decía mucho, en general prefería los gestos a las palabras, así que no dijo nada en el camino al centro médico. Solo le puso una mano en el hombro cuando se bajaron del auto, un gesto que Henry entendió, sin que nadie se lo explicara, como una forma de decirle que todo iba a estar bien aunque nadie estuviera diciendo eso en voz alta.

Volvió a casa esa noche con una palabra nueva pegada al pecho, casi como una medalla que todavía no sabía si le gustaba: alfa.

—¿Te duele algo? —le preguntó Paulo esa misma noche, sentado en el borde de la cama de Henry, con las piernas colgando sin llegar al piso, todavía con el uniforme de la escuela puesto porque a nadie se le había ocurrido decirle que se cambiara.

—No. —Henry se miró las manos, como si esperara que se vieran distintas—. Solo... estoy raro. No sé como decirlo..

—¿Raro bueno o raro malo?

—Raro raro, creo. —Frunció el ceño, buscando las palabras exactas que su propio padre no le había terminado de dar—. Mi papá dijo que ahora tengo que tener cuidado con algunas cosas.

—¿Cuidado de qué?

Henry se cubrio con la sabana, como tratando de esconder la verguenza que le provocaba rubor de solo pensar que debia repetir palabras queel medico y su padre le dijeron.

—Luego te digo.

Se quedaron un rato en silencio, Henry todavía bajo la sabana, Paulo balanceando los pies contra el borde de la cama sin ningún ritmo particular. Lo que de verdad le importaba a Paulo en ese momento no era la palabra alfa,, ni las cosas nuevas de las que había que tener cuidado, sino que Henry seguía siendo Henry: el mismo que se comía las cortezas del pan porque insistía en que ahí estaba toda la vitamina, el mismo que dormía con la luz del pasillo encendida y juraba, cada vez que alguien se lo preguntaba, que no era por miedo.

—¿Sigo pudiendo dormir aquí los viernes? —preguntó Paulo, de la nada, con esa lógica infantil que salta directo a lo que de verdad importa.

Henry lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Obvio que sí. ¿Por qué no ibas a poder?

—No sé. Pensé que a lo mejor, con lo de alfa, cambiaba algo.

—No cambia nada. —Henry se lo dijo con una convicción que no tenía ninguna base real todavía, solo la necesidad de que fuera verdad—. Sigues siendo tú y yo sigo siendo yo. Solo que ahora huelo raro, según mi mamá.

Paulo se rió, y Henry, aliviado de haber dicho algo que funcionó, se rió también, y por esa noche eso fue suficiente para los dos. Paulo deseo en su corazon poder seguir estando junto a Henry sin importar qué.

...***************...

Las semanas siguientes, el vecindario entero pareció tratar a Henry con un cuidado nuevo que a él le resultaba más incómodo que halagador, la señora de los tres gatos le regaló un dulce "para el jovencito alfa" sin que nadie le hubiera pedido nada, y dos compañeros que nunca antes le habían dirigido la palabra empezaron a sentarse cerca suyo en el almuerzo, como si el haberse manifestado alfa viniera con algún tipo de prestigio automático. Henry lo soportaba todo con la misma cara seria, y solo se relajaba de verdad cuando cruzaba la calle hacia la casa de Paulo, donde nada habia cambiado ni cambiaría.

—¿Todavía huelo raro? —le preguntó una tarde, mientras los dos caminaban de vuelta de la escuela, pateando una piedra entre los dos sin ningún propósito más que no dejarla quieta.

—Un poco. Aunque no lo siento mucho, talvez porque todavia no tengo un genero secundario o porque tus medicamentos funcionan bien..

—¿Te molesta?

Paulo lo pensó un momento, con la seriedad exagerada que solo tienen los niños cuando de verdad quieren dar una respuesta honesta.

—¿El aroma? No. Es como cuando cambias de jabón. Al principio es raro, después ya ni te das cuenta. Ademas a mi me gustan las naranjas.

Henry pareció satisfecho con esa comparación y con el comentario final, y siguieron caminando, pateando la misma piedra hasta que se les perdió en una alcantarilla y tuvieron que buscar otra.

A Paulo le tocó meses después, en una tarde de domingo mientras ayudaba a su madre a doblar la ropa recién lavada, con el olor a suavizante todavía impregnado en las sábanas tibias. Sintió primero un mareo pequeño, apenas un tambaleo al que no le prestó demasiada atención, y después un calor que le subió por el cuello y le llegó hasta las orejas, y finalmente una fragancia, y que a primera impresión tenia cierta similitud con la de Henry, solo que más dulce y floral, y que ahora salía de su propia piel.

Eleanor dejó caer la camisa que tenía entre las manos. Se quedó mirándolo un segundo entero, con una expresión que Paulo no supo leer del todo, algo entre la sorpresa y una ternura que le costaría años terminar de comprender. Después cruzó la habitación y se arrodilló frente a él.

—Ay, mi amor. —Le tomó la cara entre las manos, con los dedos todavía un poco húmedos de la ropa recién lavada.

—Omega, eres omega.

Paulo no dijo nada esa tarde. No porque estuviera triste ni asustado. En algún lugar del pecho sentía algo parecido a la felicidad, algo que no supo nombrar entonces pero que, si lo hubiera pensado con calma, tenía la forma exacta del nombre de Henry. Prefería, de todas formas, guardarse esas cosas un rato para él solo antes de repartirlas con el mundo. Se quedó ahí, dejando que su madre lo abrazara más fuerte de lo normal, contando en silencio los segundos hasta que ella lo soltara, no porque quisiera que lo hiciera, sino porque contar cosas era lo único que sabía hacer con las manos cuando no encontraba las palabras.

Esa noche, después de la cena, cruzó la calle sin que nadie lo mandara, con las zapatillas desatadas y el corazón latiéndole raro por dentro. Encontró a Henry sentado en el porche de su casa, solo, con las rodillas pegadas al pecho, como si ya lo hubiera estado esperando.

—Mi mamá le contó a la tuya por teléfono —dijo Henry, antes de que Paulo llegara a subir el primer escalón, con la voz un poco avergonzada—. Perdón. No pude evitar escuchar.

—No importa.

Paulo se sentó a su lado, dejando el espacio justo de siempre entre los dos, ni más ni menos. Se quedaron así un rato, viendo cómo se encendían, una por una, las luces de las casas vecinas: primero la de los Reyes, después la de la señora que vivía sola con tres gatos, y por último la del final de la cuadra, que siempre tardaba más porque nadie llegaba temprano ahí. El aire de esa hora tenía ese olor particular de las noches de verano recién empezando, tierra todavía tibia del sol del día, algún jazmín de algún jardín cercano que nadie se molestaba en identificar.

Henry, con esa torpeza tan suya de los doce años recién cumplidos, cuando se intenta hacer algo que todavía no se sabe nombrar del todo, estiró la mano por el espacio de madera entre los dos y la dejó ahí, muy cerca de la de Paulo, sin llegar a tocarla completamente. Paulo miró esa mano un segundo. Miró a Henry, que fingía estar muy concentrado en la casa del final de la cuadra, con las orejas ya un poco coloradas por algo que no era el frío. Y cerró los pocos centímetros que faltaban.

Ninguno de los dos dijo nada por un rato largo. En algún jardín cercano, un perro ladró dos veces y se calló. Un auto pasó despacio por la calle angosta, con la radio puesta muy baja, y se perdió al final de la cuadra sin que ninguno de los dos le prestara atención. La mano de Henry estaba más caliente de lo normal, otra cosa nueva, otra cosa de las que nadie le había explicado con cuáles tener cuidado. Paulo pensó, sin decirlo en voz alta, que si eso era lo único distinto que le había traído lo de ser alfa u omega, no le parecía tan mal.

Nadie dijo nada más esa noche. Las luces de las casas siguieron encendiéndose, una por una, hasta que ya no quedó ninguna apagada, y ellos seguían ahí, sentados, con las manos juntas sobre la madera todavía tibia del porche.

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