En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
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Se Enamora
Todo empezó una tarde lluviosa, cuando el viento soplaba con fuerza y las hojas secas daban vueltas por el patio. Doña Eustaquia estaba cerrando las ventanas, preparándose para la lluvia, cuando escuchó un sonido muy débil, casi imperceptible, que venía de debajo de la escalera. Se detuvo, inclinó la cabeza y escuchó con atención: un maullido suave, tembloroso, que parecía pedir ayuda.
Se acercó despacio, apartó unas hojas secas y miró hacia la oscuridad. Allí, encogido en un rincón, temblando de frío y miedo, había un gato. Era un animal grande, de pelaje espeso y desaliñado, de color gris oscuro como una nube de tormenta, con ojos amarillos que la miraban con desconfianza y a la vez con tristeza. Tenía una cicatriz que le cruzaba una oreja, y su aspecto era el de un gato callejero que había visto muchas dificultades en su vida.
Doña Eustaquia dio un paso hacia él, con intención de echarlo de allí como hacía siempre con cualquier animal que se acercaba. Porque doña Eustaquia decía, muy convencida, que los gatos eran animales ariscos, traicioneros, que no servían para nada y que solo traían problemas. —¡No los soporto! —repetía siempre—. ¡Son fríos y desagradecidos!
Pero aquella tarde, al ver aquellos ojos grandes y asustados, algo se le movió por dentro. El gato intentó retroceder, pero estaba herido en una pata y apenas podía moverse. Maulló de nuevo, más débil esta vez, y cerró los ojos como si esperara un golpe.
Doña Eustaquia se quedó quieta un instante. Luego, sin saber muy bien por qué, habló con voz suave, como nunca nadie la había escuchado hablar:
—Tranquilo, pequeño… no te haré daño.
Entró a su casa, trajo un plato con agua tibia y un trozo de carne que tenía guardado, y lo dejó en el suelo, a una distancia prudente. Se alejó unos pasos y esperó. El gato abrió un ojo, luego el otro, olfateó el aire despacio, y cuando vio que ella no se movía, se acercó cojeando, comió con avidez y se quedó dormido en el mismo sitio, agotado.
Desde aquel día, nadie volvió a reconocer a doña Eustaquia.
Por las mañanas, en lugar de salir con la escoba en la mano y la cara seria, salía con un plato de comida escondido detrás de la espalda. Se acercaba despacio al rincón donde el gato se había instalado, le hablaba en voz baja, como si fuera un bebé, y se quedaba allí sentada en el suelo horas enteras, mirándolo, contándole cosas, como si el gato la entendiera perfectamente.
—¿A quién se lo dice usted, doña Eustaquia? —le preguntó Don Beto un día, sorprendido de verla tan tierna—. ¿No decía usted que odiaba a los gatos?
Doña Eustaquia se puso un poco colorada, se arregló el delantal y dijo con voz firme, aunque sin mucha convicción:
—Es que este… este es distinto. Es un gato educado. No hace ruido. No molesta. Y además… tiene unos ojos que parecen entenderlo todo.
El Charly se reía y decía que aquel gato la había hechizado. La señora Pérez sonreía y decía que lo que pasa es que doña Eustaquia tenía un corazón tan grande que no cabía en su pecho, y que solo estaba esperando a que alguien lo necesitara para mostrarlo.
Poco a poco, el gato fue perdiendo el miedo. Dejaba que ella se acercara más, que le acariciara la cabeza con suavidad, y cuando ella hablaba, él cerraba los ojos y empezaba a ronronear, un sonido profundo y constante que parecía llenar el patio de paz. Doña Eustaquia lo llamaba “Señor Gris”, y le hablaba con el mayor respeto, como si fuera un huésped de honor.
Pasaron las semanas y la pata del gato sanó. Todos esperaban que un día se marchara, como habían hecho otros gatos antes que él. Pero el Señor Gris no se fue. Se quedó allí, junto a doña Eustaquia. La esperaba en la puerta cuando ella salía, la seguía despacio a donde fuera, se quedaba dormido a sus pies mientras ella barría o cocinaba, y si alguien la hacía enfadar, él se ponía delante de ella, mirando al intruso con sus ojos amarillos y serios, como diciendo: “No la molesten”.
Una tarde, reunidos todos en el patio, Don Beto le dijo sonriendo:
—Pues parece que usted ya no odia a los gatos, doña Eustaquia.
Ella miró al Señor Gris, que estaba acurrucado en su regazo, ronroneando feliz, y luego miró a todos los vecinos. Sonrió con una sonrisa suave y dulce, que iluminó su cara entera.
—Es que no es que yo odiara a los gatos —dijo despacio—. Lo que pasa es que nunca había encontrado uno que me quisiera de verdad. Y este… este me ha enseñado que no hay nada más hermoso que querer y ser querido, aunque sea por un gato callejero con una oreja partida.
Y así, la mujer más seria y regañona del edificio se convirtió en la más tierna y cariñosa, gracias a un gato gris que nadie quería y que nadie conocía. Aprendieron todos una lección hermosa aquel día: que nunca se debe decir que no nos gusta algo sin haberlo conocido de verdad. Que a veces lo que rechazamos es lo que más cariño nos puede dar. Y que el corazón de una persona puede cambiar de un momento a otro, cuando encuentra algo digno de ser amado.
Desde aquel día, doña Eustaquia siguió siendo la misma mujer de carácter fuerte y lengua rápida… pero con una diferencia: siempre tenía una sonrisa lista para el Señor Gris, y siempre tenía una palabra suave en los labios, porque descubrió que amar, incluso a un gato callejero, hace que la vida sea mucho más bonita.