Zoe y Antoni nacieron con cucharas de plata en la boca. Rodeados de opulencia y acostumbrados a la adulación, ambos han forjado una coraza de orgullo y narcisismo que los hace inmunes a la empatía. Sus mundos son un escenario de apariencias, donde cada sonrisa es calculada y cada palabra un arma.
Él, Antoni, un tiburón de los negocios, acostumbra a tener todo lo que desea, y el control es su droga más preciada. Su arrogancia es su bandera, y su éxito, su mayor orgullo. Ella, Zoe, una belleza fría y distante, se deleita en la manipulación y la competencia. Su ego es un monstruo que necesita ser alimentado constantemente con admiración y poder.
Sus caminos se cruzan en una fiesta exclusiva, donde la atracción inicial se mezcla con el desafío. Comienza entonces un juego de ajedrez mental y emocional, donde el objetivo no es ganar un amor, sino conquistar un ego.
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Zoé
A la mañana siguiente...
Me levanté temprano una de las empleadas había ido a tocar a mi habitación, me levanté con los ojos aún cerrados y camine al baño abrí la regadera mientras dejaba caer mi bata al suelo, al sentir el agua tibia correr por mi cuerpo desperté enseguida.
Al terminar mire mi closet no tenía un traje sastre así que tomé un falda de tablas una camisa blanca y un suéter todo de un color sobrio.
Me arregle el cabello y maquille un poco nada cargado sabía que a mí papá no le gustaba que usará tanto maquillaje.
Mientras manejaba mi celular comenzó a sonar era mi mamá.
— Hola, cariño ya me conto tu papá que hoy es un día muy especial para ti empezarás a trabajar en la construcción.— dijo mi madre con entusiasmo.
—Hola, mamá —contesté a través del manos libres de mi coche, manteniendo la vista fija en la avenida—. Sí, hoy es el primer día. Aunque papá omitió el pequeño detalle de con quién voy a tener que trabajar.
—Ay, Zoe, ya me enteré de lo de Antoni —dijo mi madre, soltando un suspiro al otro lado de la línea—. Entiendo que estés molesta por el divorcio y por cómo tu padre está haciendo las cosas, pero Leonor viene de una familia de mucho prestigio y Antoni es un muchacho muy preparado. Tómalo como una oportunidad profesional, mi amor. Demuestra de qué estás hecha.
—Eso es lo único que voy a hacer, mamá. Demostrarle a ese tipo que no soy una niña mimada a la que pueda manipular —dije apretando el volante—. Te dejo porque ya estoy llegando al corporativo. Te quiero.
—Suerte, cariño, te amo —respondió antes de colgar.
Estacioné mi auto en el lugar reservado y bajé. Mi atuendo —la falda de tablas, la camisa blanca sobria y el suéter elegante— me daba un aire fresco pero ejecutivo, el balance perfecto entre juventud y profesionalismo. En el vestíbulo ya me esperaba Nathalia con una tableta en la mano y dos cafés.
—Te ves impecable —me dijo Nat mientras subíamos al elevador privado—. Tengo listos los borradores iniciales de la distribución de interiores.
—Perfecto tu también. Hoy no le voy a dar a ese tipo ni la más mínima oportunidad de dudar de mi capacidad —aseguré mientras las puertas del piso del directorio se abrían.
Caminamos por el pasillo de mármol hacia la sala de juntas principal. Al cruzar la puerta de cristal, me encontré con la secretaria de mi papá.
— señorita Zoe Buenos días.! su papá la está esperando en la oficina.— dijo con una sonrisa.
— Gracias Margaret.— dije con una sonrisa sutil mientras Nathalia y yo caminamos a la oficina.
Empujé la pesada puerta de madera de la oficina de mi padre. Él estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba, revisando unos documentos con unos lentes de lectura que se quitó al instante en que nos vio entrar.
—Zoe, mi amor, puntual como siempre —dijo levantándose para darnos la bienvenida con una sonrisa abierta—. Hola, Nathalia, me alegra mucho que te sumes al equipo.
—Buenos días, Señor —respondió Nathalia con amabilidad y compostura profesional.
—Papá, anoche estuve pensando y tengo demasiadas ideas iniciales para que los revisemos antes de la junta general —dije, tratando de sonar totalmente concentrada en los negocios y dejando mi café sobre la mesa de centro.
—Me parece excelente, pero antes de eso... —mi padre hizo una pausa y señaló hacia la zona de sillones de piel que quedaba a un costado de la gran oficina—. Antoni ya llegó. Quería que los tres afinaran detalles a puerta cerrada antes de presentarlo al resto del consejo.
Fue entonces cuando lo vi. Antoni estaba reclinado en uno de los sillones de cuero, sosteniendo una taza de café negro. Llevaba una camisa azul arremangada hasta los antebrazos que dejaba ver su figura trabajada, sus gafas puestas y su reloj de lujo brillando a la luz de la mañana. Levantó la mirada despacio, quitándose las gafas con una parsimonia exasperante mientras me recorría con los ojos de arriba abajo.
por UE la tal amiguita esa ni me fio