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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LA DECISIÓN

El humo denso y el ritmo atronador de la discoteca lo envolvían. Dante estaba recostado en el sillón del rincón más oscuro, un vaso de whisky en la mano, observando el caos sin realmente verlo. Había venido a desconectarse, a olvidarse por unas horas de negocios, de amenazas, de todo el peso que llevaba encima cada día. Pero entonces la vio.

Estaba cruzando el pasillo con una bandeja en la mano, vestida con el uniforme ajustado de las chicas que servían copas y acompañaban a los clientes. Su cabello rubio caía en ondas sobre sus hombros, y aunque intentaba disimularlo, él la reconoció al instante. Era Lía.

Se enderezó de golpe. El vaso se detuvo a mitad de camino a sus labios. Llamó a su asistente con un gesto seco.

— Llévala a la habitación tres. Que me espere.

El hombre asintió y se marchó. Dante terminó su copa de un trago, dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco y se puso de pie. No estaba enojado. Estaba algo peor: frío y decepcionado.

 

Abrió la puerta de la habitación tres sin llamar. Lía estaba de espaldas, de pie junto a la ventana, temblando visiblemente al escuchar que entraba. Se giró despacio, con la cabeza baja, las manos entrelazadas frente a ella.

— Señor… me dijeron que quería hablar conmigo —susurró, con voz quebrada—. ¿Qué… qué es lo que quiere?

Dante caminó hacia ella sin prisa. Se detuvo a su lado y le puso una mano pesada y firme sobre el hombro. Ella dio un respingo, dio un salto hacia atrás intentando alejarse, pero él la sujetó con fuerza, impidiendo que se levantara.

— No te muevas —dijo, con voz baja y tajante—. ¿Qué te dije de regresar a trabajar en este lugar?

— Dante, no es lo que piensas —empezó ella, desesperada—. Yo no quería…

— No me hables de tu padre —la cortó él, brusco, sin dejarla continuar—. No me hables del inútil de tu hermano, del borracho apostador de tu padre, ni de la controladora emocional de tu madre. ¿Quién de ellos está aquí ahora mismo? ¿Quién de ellos te está pidiendo dinero?

Lía calló. Bajó la cabeza. Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.

— ¿Ves? —continuó él, con un tono cortante—. Qué fácil. Sé exactamente qué pasa. Sacó el celular, se lo mostró. —¿Es tu madre, verdad? La que te llama llorando para que le des dinero para las deudas de juego de tu padre. Los cobradores van a la casa. Los han amenazado. Y tú, estúpida, crees que arreglas algo viniendo aquí.

— No puedo dejarlos que les pase nada —murmuró ella—. Es mi familia.

— Te advertí que no me mintieras —dijo él, con decepción pura en la voz—. Qué fácil hubiera sido que me lo dijeras a mí antes.

Abrió su billetera, sacó dos mil dólares y se los arrojó sobre la mesa. El dinero cayó entre ellos.

— Toma. Tómalo. Es mi ayuda para que te deshagas de esa gente. Págales lo que deban. Pero después… se acabó.

Lía lo miró, confundida.

— ¿Qué significa esto?

Dante sacó otros mil y los arrojó encima de los anteriores.

— Esos mil son para que te vayas a estudiar a otra ciudad. Aléjate de ellos. No son nada buenos para ti. Te chupan la sangre. Te usan. Te venden si les conviene.

— Pero son mi familia —repitió ella, bajito, con los ojos llenos de lágrimas.

— ¿Tu familia? —soltó una risa seca, sin humor—. Tu familia que te saca, te sangra y te manda a venderte a lugares como este. ¿Eso es familia? ¿Cuándo te dieron algo? ¿Cuándo te cuidaron? ¿Cuándo pensaron en ti antes que en ellos? Dime, Lía. ¿Cuándo?

Ella no respondió. Solo lloraba, con la cabeza gacha.

— Me has decepcionado por estúpida —dijo él, sin suavidad—. Pero allá tú. Ese es tu camino si quieres terminar en una fosa, después de haber sido usada y vendida por hombres solo para pagar las deudas de ellos. Ahí está la puerta. Yo no voy a estar ahí para verte caer. Te estoy dando la oportunidad. Allá tú si no la aprovechas.

Se dio la vuelta y salió de la habitación sin mirarla una vez más.

Lía se quedó sola, con el dinero en las manos y el corazón destrozado. Escuchó que el asistente hablaba afuera.

— Señor… ¿debo poner a alguien a vigilarla?

Dante se detuvo, giró la cabeza y habló lo suficientemente fuerte para que ella lo escuchara al otro lado de la puerta.

— ¿Para qué? ¿Para cuidar a una estúpida que no entiende las verdades que todo el mundo ve? Déjala que se joda.

Y se marchó. Dejándola sola, con el dinero, con las lágrimas… y con la decisión más difícil de su vida.

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