Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El café de Oxford
Helena cerró la puerta de su casa con más fuerza de la necesaria. El eco resonó por el vestíbulo de mármol. Dejó la mochila en el suelo y se quitó los zapatos sin ni siquiera mirarlos. Solo quería desaparecer.
Robert Fiallet salió del estudio con los lentes todavía puestos y un expediente en la mano. En cuanto la vio, el ceño se le suavizó.
—Helena… —dijo en voz baja—. ¿Qué te pasó, mi niña?
Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar. Las lágrimas que había contenido todo el camino de regreso amenazaban con romper el dique. Robert dejó el expediente sobre la mesa de la entrada y se acercó. Sin preguntar más, la atrajo contra su pecho, exactamente como cuando era pequeña y se caía de la bicicleta o tenía pesadillas.
—No quiero hablar, papá —susurró contra su camisa—. Por favor.
Él no insistió. La guió hasta el sofá del salón, se sentó y la atrajo de nuevo. Sus dedos, los mismos que firmaban contratos multimillonarios, empezaron a acariciarle el cabello negro con una ternura infinita. Lento. Constante. Como hacía cuando ella tenía fiebre o cuando lloraba por la madre que nunca conoció.
—Está bien —murmuró Robert—. Cuando quieras hablar, aquí estaré. Ahora solo descansa.
Helena cerró los ojos. El olor a colonia de su padre y el ritmo suave de las caricias fueron más fuertes que el dolor. Poco a poco, el cansancio la venció. Se quedó dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Robert, mientras él seguía pasando los dedos por su cabello, protegiéndola del mundo aunque solo fuera por unas horas.
Eran casi las once de la noche cuando el timbre sonó. Allie y Antonia entraron como un torbellino, con maletas de mano y una determinación que no admitía negativas.
—Nos vamos a Londres —anunció Allie sin preámbulos—. El simposio empieza pasado mañana y tú vienes con nosotras. Punto.
Helena, todavía con la voz ronca del llanto, las miró desde el sofá.
—No tengo ganas de nada.
Antonia se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Precisamente por eso. Necesitas salir de Nueva York. Dejar de ver las caras de todos los que ya saben lo del video. Respirar aire que no huela a Sebastian Scott.
Allie se cruzó de brazos.
—Además, ya está todo pagado. Habitación compartida, vuelos, inscripciones. Si te quedas aquí, te vas a pudrir mirando el techo. Y no te lo vamos a permitir.
Helena miró a sus amigas. El nudo en el pecho seguía ahí, pero la idea de huir —aunque fuera solo por unos días— se sintió como la primera bocanada de aire después de ahogarse.
—Está bien —susurró—. Voy.
Allie sonrió por primera vez en todo el día.
—Esa es mi chica.
Oxford olía a lluvia reciente y a libros antiguos. Helena caminaba entre Allie y Antonia por los pasillos de piedra, con un café con leche en la mano y el abrigo negro abrochado hasta el cuello. El jet lag todavía le pesaba en los párpados, pero el cambio de continente había logrado lo imposible: por primera vez en días, no pensaba en Sebastian cada segundo.
—El auditorio está al fondo —dijo Antonia, consultando el mapa—. Llegamos justo a tiempo si nos apuramos.
Helena dio un paso más rápido… y chocó de frente con alguien.
El café se derramó. Una mancha marrón oscura se extendió por la camisa blanca impecable del desconocido. Helena levantó la vista, irritada.
—¡Oye! ¿No puedes fijarte por dónde caminas? —reclamó sin mirarlo bien—. Acabo de mancharme los zapatos también.
El joven rubio —alto, de ojos grises y expresión seria— abrió la boca para contestar, pero Helena ya había seguido de largo, secándose la mano en el abrigo y maldiciendo entre dientes. Allie y Antonia la alcanzaron riéndose.
—¿En serio le gritaste a un desconocido? —preguntó Allie.
—Se lo merecía —respondió Helena—. Casi me tira el café entero.
No se dio cuenta de que el chico se había quedado mirándola unos segundos más, con una ceja ligeramente arqueada y la camisa manchada, antes de continuar su camino en silencio.
Llegaron al auditorio con diez minutos de retraso. La conferencia ya había empezado. El expositor, de espaldas a la puerta, hablaba con una voz profunda y calmada sobre derecho corporativo aplicado a la gerencia de proyectos internacionales. Helena y sus amigas se deslizaron hacia unos asientos libres en la tercera fila.
El hombre se detuvo a mitad de una frase. Giró lentamente la cabeza hacia ellas.
—Qué bueno que alguien decidió unirse a nosotros —dijo con ironía suave—. Señorita de la tercera fila… la del café, si no me equivoco. ¿Podría decirnos, según la normativa vigente en proyectos transnacionales, qué cláusula prevalece cuando existe conflicto entre la jurisdicción del país sede y la del país de ejecución?
Helena levantó la vista. Y el corazón se le detuvo un segundo.
Era él. El chico del café. El mismo rubio de ojos grises y camisa ahora cubierta por una chaqueta oscura. Solo que ahora estaba de pie en el estrado, con un micrófono y la autoridad de quien sabe exactamente de lo que habla.
Se aclaró la garganta. El nerviosismo le duró apenas un parpadeo.
—Prevalece la cláusula de jurisdicción exclusiva pactada en el contrato marco, siempre que no contravenga el orden público del país de ejecución. En caso de vacío, se aplica el principio de lex loci solutionis, salvo que ambas partes hayan sometido expresamente el conflicto a arbitraje internacional bajo el reglamento de la CCI.
Un silencio breve. Luego, el expositor inclinó ligeramente la cabeza, sorprendido… y, por primera vez, casi sonriendo.
—Correcto. Y muy bien argumentado. Puede sentarse, señorita…
—Fiallet —completó ella, sin poder evitarlo.
—Señorita Fiallet.
La conferencia continuó. Helena apenas escuchó el resto. Cada vez que el hombre hablaba, sentía la mirada de Allie y Antonia quemándole la mejilla.
Al final, el maestro de ceremonias subió al estrado.
—Un fuerte aplauso para nuestro invitado especial de hoy… el ingeniero Benjamin, cuya trayectoria en la intersección entre ingeniería de proyectos y derecho corporativo es, sin duda, una de las más sólidas de su generación.
El auditorio estalló en aplausos. Benjamin —sin apellido, solo Benjamin— inclinó la cabeza con la misma seriedad de siempre y bajó del estrado.
Afuera, bajo el cielo gris de Oxford, Allie no pudo contenerse más.
—¿Me estás diciendo que le gritaste a uno de los invitados principales porque le manchaste la camisa de café?
Helena se tapó la cara con ambas manos.
—Dios… qué mala suerte tengo. De todos los hombres en Oxford, tenía que ser él.
Antonia se rio por lo bajo.
—Pues a mí me pareció que le gustó tu respuesta. Te miró como si no esperara que una estudiante llegara tarde y además le dejara sin argumentos.
Allie le dio un codazo a Helena.
—Y además está buenísimo. Rubio, serio, voz de señor que sabe lo que hace… Si yo fuera tú, me ofrecería a pagarle la tintorería. Personalmente.
Helena bajó las manos y miró hacia la salida del auditorio, donde Benjamin conversaba con un grupo de profesores. Por un segundo, sus ojos grises se cruzaron con los verdes de ella. Él no sonrió. Solo sostuvo la mirada un instante más de lo necesario antes de volver a la conversación.
Helena apartó la vista, sintiendo un calor molesto en las mejillas.
—Solo quiero que esta semana pase rápido —murmuró—. Y que nadie más me reconozca como la idiota que le tiró el café al ingeniero estrella.
Allie le pasó un brazo por los hombros.
—Demasiado tarde para eso, amiga. Demasiado tarde.