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Capítulo 5
Capítulo 5 — Valeria recupera la villa
La villa estaba en un condominio cerrado a cinco minutos del hospital, rodeada de magnolios y de un silencio caro. Valeria Montes la recordaba vacía, con las sábanas blancas cubriendo los muebles como fantasmas de un matrimonio que nunca fue. Por eso, cuando Adrián Del Valle abrió la puerta con su llave, lo que encontraron adentro los dejó a ambos clavados en el umbral.
Había ropa tendida en el vestíbulo. Zapatos de niño desperdigados por la escalera. Olor a fritura y a tabaco barato. Del salón llegaba el estruendo de un televisor a todo volumen y la voz de un hombre gritando por un partido.
—¿Pero qué…? —Adrián Del Valle avanzó unos pasos—. ¿Tío Ricardo?
Un hombre corpulento apareció en camiseta interior, una lata de cerveza en la mano. Valeria Montes lo reconoció de vista: Ricardo Salazar, el hermano menor de Mónica Salazar. Detrás de él asomaron una mujer y dos niños, todos con la misma expresión de dueños molestos por una visita.
—¡Ah, Adrián! —Ricardo Salazar sonrió con toda la boca—. Tu madre nos dijo que la casa estaba desocupada, que sería un desperdicio tenerla cerrada. Llevamos ya un par de meses aquí. Qué buen barrio, ¿eh? El aire, la seguridad…
Un par de meses. Valeria Montes entendió al instante. La familia de Mónica Salazar se había quebrado hacía años; vivían colgados de los Del Valle como sanguijuelas. Y Mónica Salazar los había instalado justo ahí, en la casa que le pertenecía a ella, sin pedir permiso a nadie.
—Tío, esta es nuestra casa —dijo Adrián Del Valle, incómodo—. Vale necesita mudarse. Está embarazada, tiene que estar cerca del hospital.
Ricardo Salazar frunció el ceño, la sonrisa evaporada.
—¿Y adónde quieres que vayamos nosotros? ¿A la calle? Somos familia, Adrián. Tu madre dijo que…
Fue entonces cuando el más pequeño de los niños, Tomás Salazar, salió disparado por el pasillo persiguiendo una pelota. Valeria Montes lo vio venir. Lo vio con tiempo de sobra. Y en el instante exacto en que el niño la rozó al pasar, se dejó caer.
Cayó de costado, con un grito ahogado, protegiéndose el vientre con ambos brazos de un modo que cualquiera habría jurado instintivo.
—¡Vale! —Adrián Del Valle se abalanzó sobre ella.
—El bebé… —jadeó ella, el rostro contraído de dolor—. Me empujó… me caí sobre… Adrián, llévame al hospital, rápido, si le pasa algo al niño…
El caos se desató. La mujer de Ricardo Salazar chillaba que su hijo no había hecho nada, el niño lloraba, Ricardo Salazar exigía que no lo culparan. Adrián Del Valle, blanco como la cera, cargó a su esposa hasta el auto sin escuchar a nadie.
En urgencias, el doctor de guardia —a quien Valeria Montes conocía y saludó con una mirada elocuente— confirmó tras la revisión que el embarazo seguía su curso, pero que la paciente presentaba «signos de amenaza», que necesitaba reposo absoluto y, sobre todo, un entorno sin sobresaltos.
—Doctor —dijo Valeria Montes desde la camilla, con un hilo de voz—, dígale la verdad a mi esposo. ¿Qué habría pasado si el golpe hubiera sido más fuerte?
El médico, siguiéndole el juego, negó gravemente con la cabeza.
—A esta altura, un golpe directo… podría haber sido irreversible. Este embarazo quizá no llegue a término si ella sigue expuesta a riesgos.
Adrián Del Valle tragó saliva. Valeria Montes lo vio calcular. No la vida de su esposa: el valor del hijo, la ficha que necesitaba para su vida con Sofía Mendoza, la carta que la abuela premiaría con acciones. Ese hijo valía demasiado como para arriesgarlo por la comodidad de unos parientes gorrones.
—Voy a sacarlos de la villa hoy mismo —dijo él, con los dientes apretados.
—No los eches a la calle, Adrián, sería una crueldad —murmuró ella, magnánima—. Sé que la familia de tu madre no tiene otro lugar. —Fingió pensarlo un momento—. La casa del edificio Aurora está vacía, ¿no? Es amplia, bien ubicada. Que se instalen ahí. Así todos quedamos contentos y yo puedo mudarme tranquila.
El rostro de Adrián Del Valle se descompuso. El edificio Aurora. El apartamento donde vivía Sofía Mendoza. El nido.
—Esa casa… está ocupada —balbuceó—. Un amigo mío vive ahí temporalmente.
—Pues que tu amigo se busque otro sitio, o que compartan. —Valeria Montes lo miró con ojos grandes y limpios—. Adrián, es tu tío. ¿Vas a poner a un amigo por delante de la familia? ¿Delante de tu propio hijo?
Lo tenía acorralado y ambos lo sabían. Si se negaba, tendría que explicar quién era el «amigo». Si aceptaba, echaba a Sofía Mendoza de su propio nido para meter dentro a los parientes de su madre.
—Está bien —dijo al fin, la mandíbula tensa—. Yo me encargo. Tú descansa.
Salió del hospital a toda prisa, con el teléfono ya en la oreja.
Valeria Montes esperó a que el auto abandonara el estacionamiento y pidió un taxi.
Llegó al edificio Aurora a tiempo de ver la escena desde la acera de enfrente, resguardada bajo la marquesina de una cafetería. Adrián Del Valle y Sofía Mendoza discutían en el vestíbulo de cristal. Ella gesticulaba, furiosa; él intentaba tomarla de los brazos. En un momento, Sofía Mendoza alzó la mano y le cruzó la cara de una bofetada que se oyó incluso a través del ventanal.
Valeria Montes levantó el teléfono. Foto. Foto. Foto.
Los vio salir juntos, tensos, subirse a un auto y perderse en el tráfico. Más tarde, un contacto discreto le confirmaría que la pareja había terminado la noche en la suite de un hotel de cinco estrellas.
Ella guardó el teléfono con una calma helada.
Una casa recuperada. Un nido desmantelado. Y la amante durmiendo en un hotel porque yo lo decidí.
De pie bajo la marquesina, con la ciudad encendiéndose alrededor, Valeria Montes se llevó una mano al vientre —esta vez de verdad— y pensó que, por primera vez en tres años, era ella quien decidía qué hacer con su vida.