Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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13
Lucia
Al despertar a la mañana siguiente, decidí dejar de lado la tristeza. Me enfundé en el mejor vestido de verano que encontré en mi equipaje: un diseño suelto de tirantes finos con un alegre estampado de flores amarillas. Amarré mi cabello en una coleta alta, dejando varios mechones sueltos para enmarcar mi rostro, y me apliqué un maquillaje fresco y natural.
Al estar lista, bajé al vestíbulo y caminé hacia la salida del hotel, escuchando los pasos firmes del equipo de seguridad de Carlos siguiéndome a corta distancia.
Carlos no había querido acompañarme; argumentó con total serenidad que salir y conocer chicos formaba parte natural de la vida y que debía experimentarlo por mi cuenta. Aunque sus palabras me dolieron en el alma al principio, en el fondo sabía que tenía razón: no podía pasarme la vida esperando un amor que jamás florecería.
Tras unos minutos de espera bajo el sol matutino, vi aparecer a Esteban caminando hacia mí con paso firme y una amplia sonrisa, sosteniendo un precioso ramo de margaritas amarillas en la mano.
—Buenos tardes, majestad —dijo con galantería, entregándome el ramo y dejando un beso cálido y pausado en mi mejilla.
Su aroma fresco y masculino me envolvió de inmediato; al igual que su presencia, me transmitía una extraña y reconfortante sensación de seguridad.
—Buenos tardes, Esteban —le respondí, sonriendo ante el detalle.
—Te llevaré a un lugar increíble, estoy seguro de que te va a fascinar —anunció, tomando mi mano con naturalidad.
Al principio, el contacto físico me pareció extraño, pero rápidamente se sintió fascinante. Dejé que mantuviera nuestras manos entrelazadas durante la caminata. Él no tardó en percatarse de la presencia de los guardaespaldas que nos escoltaban a unos metros.
—Olvídate por completo de ellos —le aseguré con una risita—. No moverán un solo dedo a menos que me encuentre en un verdadero peligro mortal.
—Vaya... parece que de verdad estoy paseando con la realeza —bromeó guiñándome un ojo.
—Algo por el estilo —respondí, esquivando hábilmente cualquier mención directa sobre Carlos.
Podía sonar excesivo, pero sí: Carlos me sobreprotegía de una forma casi obsesiva, aunque prefería no profundizar en ello. Quizás solo intentaba cuidarme a su manera.
—¡Tachán! Te presento oficialmente el Bar de Solecito —anunció Esteban con orgullo, señalando una hermosa estructura tipo quiosco a la orilla del mar. Era un lugar espacioso, construido totalmente con caña de bambú y madera clara, con una atmósfera sumamente acogedora.
La gente almorzaba tranquilamente en las mesas exteriores, algunos disfrutaban de tragos tropicales y la música suave de fondo completaba un ambiente veraniego perfecto.
—Es sencillamente hermoso —admití, dejándome guiar por él hacia el interior.
—Le pertenece a mi hermano mayor —me explicó Esteban, llevándome directo hacia el escenario de madera donde un joven se encontraba inclinado, organizando un enredo de cables de sonido.
—¡Oye, hermano! Quiero presentarte a alguien muy especial —llamó Esteban.
El muchacho interrumpió su labor, se incorporó y nos observó detenidamente antes de esbozar una sonrisa socarrona.
—¡Por fin traes a una chica a este lugar! Ya empezaba a pensar seriamente que eras gay —bromeó el hermano, bajando del escenario de un salto para pasarle el brazo por el cuello a Esteban en un gesto afectuoso.
—¡Oye, cállate! —Esteban se puso rojo como un tomate de la pura vergüenza—. Ella es una amiga... se llama Lucía.
—Mucho gusto —intervine divertida, extendiendo mi mano hacia él.
—El gusto es completamente mío, Lucía. Soy Enrique, el hermano mayor de este individuo no gay —dijo estrechando mi mano entre risas—. Por cierto... no eres de por aquí, ¿verdad?
Sonreí inevitablante, recordando que Esteban me había hecho exactamente la misma pregunta la noche anterior.
—¿Tan evidente es que soy una extranjera? —bromeé, a lo que ambos asentieron divertidos—. Bueno, sí, es verdad. Estoy aquí de vacaciones junto a un amigo.
Al mencionar la palabra "amigo", la expresión de Esteban se volvió repentinamente seria y distante.
—Veo que no trajiste a tu famoso amigo contigo... —comentó Esteban, y pude jurar que detecté un destello indudable de celos en sus ojos.
—No... él mismo me dijo que una chica joven debe salir a conocer el mundo y a chicos nuevos por su cuenta —explicé.
Al escuchar eso, la tensión en el rostro de Esteban se disipó al instante, reemplazada por una sonrisa radiante, como si mis palabras le hubieran devuelto la vida.
—Bien, ¿les preparo una mesa en la terraza? —ofreció Enrique.
—Todavía no, hermano. Primero la llevaré a caminar y a conocer nuestro rincón secreto —respondió Esteban, a lo que su hermano asintió comprensivo.
—Nos vemos más tarde, Lucía. Un placer —se despidió Enrique, y le devolví el gesto con una sonrisa cordial mientras nos alejábamos.
—¿A dónde me llevas exactamente? —le pregunté a Esteban mientras salíamos al exterior.
—Hay un lugar bastante apartado que muy pocos turistas conocen en esta franja de playa. Te va a fascinar —prometió, volviendo a entrelazar sus dedos con los míos mientras caminábamos orilla abajo.
Avanzamos juntos por la arena tibia, tomados de la mano, pero de repente, como un golpe brutal en el pecho, la memoria me trajo el recuerdo de Carlos y yo caminando de la mano durante nuestros años de secundaria. El choque emocional causó un verdadero estropicio en mi interior.
Los ojos se me llenaron de lágrimas al instante, sintiendo una opresión insoportable en la garganta... como si el simple acto de recordar mi pasado con él fuera una herida abierta que no dejaba de sangrar.