Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 19. No te vayas
Papá recuperó la presidencia hoy por la mañana.
Después de un poco más de cuatro meses volvió a ocupar su lugar en la sala del consejo, recuperado y dispuesto a ignorar todas las restricciones que mamá llevaba días recordándole.
Yo había esperado aquel momento desde la primera noche en el hospital. Debería haber sentido únicamente alivio.
Y lo sentía.
El problema era que el regreso de papá significaba también que James ya no tenía ninguna razón para quedarse, bueno, aún seguía siendo accionista.
Dirigió la reunión por última vez. Presentó los resultados de aquellos meses, explicó los asuntos pendientes y dejó cada cosa en orden.
Cuando terminó, cerró la carpeta frente a él.
—Eso es todo.
Se levantó y dejó libre la cabecera.
Papá lo observó antes de ocuparla.
—Gracias.
James negó ligeramente con la cabeza.
—No tienes que agradecerme.
—No hablo solo de la empresa.
Papá lo abrazó.
James tardó un segundo en responder, quizá porque ambos sabían todo lo que quedaba contenido en aquellas palabras. Había estado en el hospital, había sostenido la empresa, había acompañado a mamá y soportado a Adrián.
Había estado conmigo.
—Siempre voy a estar —dijo finalmente.
Bajé la mirada.
Aquella frase permaneció conmigo durante el resto del día.
La empresa recuperó su ritmo habitual casi de inmediato. Papá volvió a su oficina, Adrián comenzó a entrar y salir con documentos y mamá apareció antes del mediodía para asegurarse de que su marido no confundiera “volver a trabajar” con “intentar recuperar cuatro meses en un día”.
Todo parecía regresar lentamente a su sitio.
Todo excepto las cajas que comenzaron a aparecer en la oficina de James.
Por la tarde entré y lo encontré guardando sus cosas.
No pregunté si necesitaba ayuda. Tomé algunas carpetas y comencé a ordenarlas.
Durante tres meses habíamos hecho precisamente aquello: trabajar juntos sin necesidad de llenar cada silencio. James había cumplido su palabra. No volvió a besarme, no buscó tocarme ni utilizó ninguna de las innumerables horas que pasamos solos para acercarse.
Nada había ocurrido entre nosotros.
Y aun así me había acostumbrado a él.
A encontrarlo por las mañanas. A escuchar su voz desde la oficina contigua. A discutir por un informe, compartir café o simplemente saber que estaba cerca.
Por eso aquella oficina comenzaba a parecerme demasiado vacía.
Encontré una de mis tazas dentro de un cajón.
—Esto es mío.
James levantó la mirada.
—La abandonaste hace meses.
—Porque tú me la robaste.
Sonrió.
Me quedé con ella.
Era una tontería, pero mientras la sostenía entendí que iba a extrañar incluso eso.
Terminamos de recoger cerca de las seis. Mi trabajo llevaba casi una hora terminado, aunque ninguno mencionó que yo seguía allí sin ninguna razón.
Bajé con él al estacionamiento y cargué una de las cajas.
James guardó ambas en el maletero.
Cuando lo cerró, nos quedamos sin nada más que hacer.
—Entonces te vas mañana.
—Temprano.
Tres semanas.
Tal vez cuatro.
No era tanto tiempo.
El problema era que después de sus vacaciones James no volvería allí. Regresaría a sus empresas, a sus compromisos y a la rutina que había tenido durante los últimos cinco años.
Una rutina en la que yo podía pasar semanas sin verlo.
—Voy a volver, Lizzie.
—Ya sé.
Me observó un momento.
—No parece.
—No voy a llorar otra vez.
James sonrió y yo también terminé haciéndolo.
—Disfruta tus vacaciones. Descansa... y contesta el teléfono.
—Voy a contestarte.
Asentí.
Eso debía bastarme.
James sacó las llaves del bolsillo.
—Cuídate.
—Tú también.
Dio un paso hacia el auto.
Pensé que aquello era todo.
Entonces se detuvo.
Se giró y volvió hacia mí.
No tuve tiempo de preguntarle nada.
James se acercó hasta eliminar la distancia que durante meses había cuidado con una disciplina casi absurda. Su mano rodeó mi cintura y me atrajo suavemente hacia él.
Contuve la respiración.
Mis manos terminaron sobre su pecho.
Hacía tanto que no me tocaba así que mi cuerpo pareció recordar de golpe todo lo que yo llevaba meses intentando ignorar.
Levanté la mirada.
James estaba demasiado cerca.
Sus ojos descendieron hacia mi boca.
Sus dedos se tensaron ligeramente sobre mi cintura.
Y supe que si me besaba no iba a detenerlo.
Mis manos se cerraron sobre su camisa.
James lo sintió.
Durante un segundo creí que finalmente iba a olvidarse de todo.
Pero su mirada descendió hacia mi mano izquierda.
El anillo.
Siempre el anillo.
James respiró profundamente.
Después se inclinó y besó mi frente.
Cerré los ojos.
No fue un beso rápido. Permaneció allí unos segundos, con una mano todavía alrededor de mi cintura, como si después de tres meses de mantenerse lejos se estuviera permitiendo una última debilidad.
Yo quería abrazarlo.
Quería pedirle que no se fuera.
No hice ninguna de las dos cosas.
Cuando se apartó, su frente quedó apoyada contra la mía.
—Voy a extrañarte.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—James...
Su mano abandonó lentamente mi cintura.
El frío ocupó inmediatamente su lugar.
—Adiós, Lizzie.
Lo vi marcharse sin detenerlo.
Esa fue la parte que más me atormentó durante el camino a casa.
Adiós.
No había dicho nos vemos cuando vuelva.
Había sonado como si James estuviera cerrando algo.
Cuando llegué, encontré a mis padres en la sala. Papá ya intentaba trabajar y mamá estaba quitándole unos documentos de las manos. Pasé junto a ellos casi sin prestar atención y subí a mi habitación.
Allí todo seguía exactamente igual.
Mi vida también debería haberlo estado.
Papá estaba recuperado. La empresa volvía a funcionar con normalidad. Maxton regresaría pronto y podríamos retomar los planes que habían quedado suspendidos.
Eso era lo que debía querer.
Me senté frente al tocador y bajé la mirada.
El anillo seguía en mi mano.
Habían pasado tres meses desde el último beso con James.
Tres meses sin que hiciera absolutamente nada para alimentar lo que había entre nosotros.
Y no había desaparecido.
Ese era el problema.
Ya ni siquiera podía convencerme de que simplemente lo deseaba.
Lo iba a extrañar.
A él.
A su presencia, sus silencios, su manera de cuidarme sin decir que lo estaba haciendo. Lo extrañaba cuando apenas llevaba unas horas lejos.
Y Maxton regresaría pronto.
La culpa apareció inmediatamente.
Maxton no merecía aquello.
Tampoco James merecía seguir esperando algo que yo ni siquiera era capaz de enfrentar.
Pero esa noche no tenía respuestas.
Solo una certeza que llegó tarde y de golpe.
No quería que James se fuera creyendo que aquel era el final.
Me levanté.
Intenté decirme que debía pensar, esperar hasta el día siguiente, hacer las cosas correctamente.
Entonces recordé sus labios contra mi frente.
Adiós, Lizzie.
—Al carajo.
Agarré las llaves y bajé.
Mamá levantó la mirada cuando atravesé la sala con demasiada prisa.
—¿A dónde vas?
Me detuve junto a la puerta.
—Necesito hacer algo importante.
—¿Ahora?
—Ahora.
No esperé más preguntas.
Salí de casa y subí al auto.
James pasaría aquella noche en la hacienda antes de marcharse.
Noventa kilómetros.
La misma carretera que había recorrido meses atrás para pedirle que salvara la empresa de papá.
Solo que esta vez no iba por papá.
Ni por la empresa.
Iba porque no podía permitir que aquel beso en la frente fuera nuestra despedida.
Encendí el motor.
Y fui detrás de James.