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Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Status: Terminada
Genre:Acción / Comedia / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13. Lo Que el Espejo Se Llevó

Aquella noche nadie durmió bien.

La diferencia era que Damián tampoco fingió intentarlo.

Se encontraba sentado en una de las terrazas más altas del palacio, observando las luces de la ciudad mientras daba vueltas a los mismos pensamientos una y otra vez.

La corona estaba rota.

La Corte del Espejo seguía activa.

Su madre estaba viva en algún lugar imposible.

Y la Puerta Sin Marco parecía esperarlos al final de todo aquello.

Era suficiente para quitarle el sueño durante un año.

—Sabía que te encontraría aquí.

Damián no necesitó girarse.

Reconocía la voz de Celeste.

—¿Vienes a sermonearme?

—Todavía no.

—Entonces aún tengo tiempo.

Celeste se sentó a su lado.

Durante unos segundos ambos contemplaron la ciudad.

El silencio no resultó incómodo.

Lo cual era extraño.

—¿En qué piensas? —preguntó ella.

—En muchas decisiones malas.

—La lista debe ser larga.

—Terriblemente larga.

Celeste apoyó los brazos sobre la baranda.

—Empieza por una.

Damián observó el cielo.

Quizá estaba cansado.

Quizá ya no le quedaban energías para ocultarlo.

O quizá simplemente había llegado demasiado lejos para seguir guardando secretos.

—La Corte nunca apareció por casualidad.

Celeste lo miró.

—Lo imaginaba.

—Yo los busqué.

—También lo imaginaba.

—No me detuviste para hacer la conversación más dramática.

—Quería ver cuánto tardabas en admitirlo.

—Eres cruel.

—Gracias.

Damián suspiró.

—Después de la caída de la Casa Umbra estaba desesperado.

Por primera vez, su voz perdió el tono ligero habitual.

—Busqué en bibliotecas.

Busqué en archivos prohibidos.

Busqué en ruinas.

Pregunté a personas que claramente no debían ser consultadas.

—Eso sí suena a ti.

—No era una época especialmente brillante.

Celeste permaneció en silencio.

Esperando.

—Entonces encontré referencias a la Corte.

Prometían respuestas.

Prometían conocimiento.

Prometían encontrar cosas perdidas.

Su sonrisa fue amarga.

—Debería haber sospechado.

—Las promesas fáciles suelen ser trampas.

—Lo sé ahora.

El viento recorrió la terraza.

Damián observó las luces lejanas.

—Les entregué mi reflejo.

—Lo sé.

—Pero no fue lo único.

Celeste lo observó.

Él tardó varios segundos en continuar.

—También les di un nombre.

Silencio.

La heroína bajó la vista.

Ya sabía cuál.

Aun así dejó que él lo dijera.

—El nombre de Elena.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Pesada.

Incómoda.

Real.

Damián cerró los ojos.

—Creí que me ayudaría a encontrarla.

—¿Y ellos lo usaron para encontrarla primero?

—Sí.

—¿Lo sabías?

—No.

—¿Lo habrías hecho igual?

Aquella pregunta fue más difícil.

Mucho más difícil.

Pasaron varios segundos antes de responder.

—No quiero creer que sí.

Celeste asintió lentamente.

—Pero tampoco puedes asegurar que no.

—No.

El silencio regresó.

Damián esperaba un juicio.

Una acusación.

Un reproche.

Algo.

Pero Celeste simplemente permaneció sentada.

—Eso fue estúpido.

—Lo sé.

—Egoísta.

—Lo sé.

—Y peligrosamente arrogante.

—Lo sé.

—Bien.

Damián parpadeó.

—¿Bien?

—No voy a absolverte.

—Gracias por la sinceridad.

—Pero tampoco voy a fingir que no entiendo por qué lo hiciste.

Aquello fue peor.

Muchísimo peor.

Porque resultaba honesto.

Y la honestidad siempre era más difícil de enfrentar.

—Todavía tienes que decírselo.

—Lo sé.

—Antes de que la Corte lo haga.

—Lo sé.

—Y probablemente saldrá mal.

—Eso también lo sé.

Celeste sonrió.

—Me alegra que al menos seas consciente.

—Mi optimismo ha recibido varios golpes últimamente.

—Lo he notado.

Detrás de ellos apareció un carraspeo.

Ambos se giraron.

Basilio estaba de pie junto a la puerta.

Sosteniendo un paquete enorme.

—¿Interrumpo algo?

—Posiblemente.

—Excelente.

—¿Qué quieres?

El mayordomo dejó el paquete sobre una mesa cercana.

—Organizar equipaje.

—¿A medianoche?

—El desastre no respeta horarios.

—Eso lo diría un mayordomo.

—Y tendría razón.

Celeste observó el contenido del paquete.

Mapas.

Provisiones.

Cuerdas.

Herramientas.

Mantas.

Muchas mantas.

—¿Por qué hay tantas?

—Fulgor participó en la selección.

—Eso explica demasiado.

Como si hubiera escuchado su nombre, el dragón apareció por la puerta.

Llevaba una manzana en la boca.

Y otra escondida debajo de una pata.

—¿Por qué siempre roba comida?

—Porque siempre encuentra comida —respondió Basilio.

Fulgor dejó ambas manzanas sobre la mesa.

Luego apareció una tercera.

Nadie sabía de dónde.

—¿Estaba escondiendo provisiones?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—No estoy seguro de querer saber la respuesta.

El dragón parecía muy orgulloso de sí mismo.

Hasta que algo cayó al suelo.

Un pequeño tubo de cuero.

Damián frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Basilio lo recogió.

Lo abrió cuidadosamente.

Y quedó inmóvil.

—Interesante.

—Cuando dices eso nunca traes felicidad.

—Es verdad.

Del interior apareció un mapa antiguo.

Muy antiguo.

La tinta estaba desgastada.

Algunas zonas apenas eran visibles.

Sin embargo, una marca negra destacaba claramente.

Una flor.

Una flor oscura dibujada sobre las montañas de Salmor.

Celeste se acercó.

—¿Esa es...?

—La marca de Isolde —susurró Elena desde la puerta.

Nadie la había visto llegar.

La joven avanzó lentamente.

Sus ojos permanecían fijos en el mapa.

—Mi madre dibujaba esa flor en todo.

—¿Por qué?

—Era una costumbre familiar.

Elena tomó el pergamino.

Lo observó con atención.

Y entonces descubrió una inscripción oculta.

Pequeña.

Casi invisible.

Damián la leyó en voz alta.

—"No abras para recuperar. Abre para elegir."

El silencio regresó.

Aquellas palabras parecían dirigidas específicamente a ellos.

A Damián.

A Elena.

Quizá incluso a Isolde.

—No me gusta como suena eso —dijo Celeste.

—A mí tampoco.

—Parece una advertencia.

—Definitivamente es una advertencia.

Elena dobló cuidadosamente el mapa.

—Entonces iremos a Salmor.

Nadie discutió.

Porque todos sabían que tarde o temprano tendrían que hacerlo.

La Puerta Sin Marco los esperaba allí.

Y probablemente también algunas respuestas.

Lo que resultaba bastante preocupante.

Porque en la experiencia de Damián, las respuestas casi siempre eran mucho más peligrosas que las preguntas.

Mientras el grupo se preparaba para partir al amanecer, Fulgor robó discretamente una manta adicional.

Basilio lo anotó.

Celeste fingió no verlo.

Elena intentó no reír.

Y Damián observó a las personas que lo rodeaban.

Por primera vez en mucho tiempo no estaba solo frente a la oscuridad.

Seguía teniendo miedo.

Seguía cometiendo errores.

Seguía cargando culpas que no desaparecían.

Pero ya no caminaba solo.

Y quizá, pensó mientras observaba el mapa de Isolde, aquella era la única razón por la que todavía tenía esperanza.

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